Como un río de música

Un adiós que canta y baila

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo
Mire la calle.
¿Cómo puede usted ser
indiferente a ese gran río (…)?

Nicolás Guillén

 

El sonido me llega desde el fondo de la casa. En alguno de los edificios que me circundan tengo un vecino, melómano total, capaz de pasar desde el más excelso Led Zeppelin al más olvidable Braulio. Aunque, valga decir en su defensa, por lo general sus festivas libaciones de fin de semana van acompañadas de cualquiera de los éxitos setenteros que caben entre un Chicago, un Lynyrd Skynyrd o un Credence. Sin embargo, hoy está oyendo a los Van Van. Opacado por las paredes, mientras escribo, siento el rebote de los violines, de la flauta, las voces del Lele y de Pedrito, los ecos del sello inconfundible.

Imagen: La Jiribilla

Yo no bailo. Pertenezco a esa pecaminosa categoría, casi de doble escarnio en nuestra resonante Isla, de los llamados “patones”. Irremediablemente, bajo los efectos de líquidos espirituosos o sin ellos, en fiestas privadas o multitudinarias, mi desafinada anatomía inferior no pasa de un deplorable par de pasos, más dignos de perdón que de burla.

Yo no bailo. No obstante, humana o divina ley de las compensaciones, al menos sí escucho. Y desde que tengo memoria musical, esa inasible pero cierta gaveta que vamos llenando de sonidos y recuerdos, los Van Van han estado siempre dejando sus canciones en ese espacio. Juan Formell ha sido de esos raros compositores, capaces de hilvanar a la vez el más sabroso de los tumbaos y la mirada más penetrante y lúcida desde sus letras. En esa no muy extensa lista de autores “bailables y escuchables”, donde caben un Benny Moré (con el valor agregado de su voz portentosa), un Adalberto Álvarez, un Rubén Blades y un Juan Luis Guerra (o hasta un Issac Delgado cantando en su respetuoso y bien hilvanado estilo bailable temas “nuevatroveros” clásicos en un disco como Versos en el cielo), y sin que sea demasiado largo el etcétera, ha estado desde siempre el creador habanero. Y en mis sonidos personales, en la banda sonora de mi vida, si no bailada al menos coreada, están sin dudas los temas del emblemático piquete vanvanero.

Imagen: La Jiribilla

Tal vez por eso, cubano al fin y al cabo, puedo reconocer y percibir que aquello que suena es irresistiblemente atractivo para desgoznarse cinturas y tobillos, y todo lo demás, pero mi goce como escucha se movía en otras direcciones. Desde el inenarrable placer de ver moverse a una mujer, con poderes de ritual hipnótico, con la impudicia de un estadio de celo y al mismo tiempo el inalcanzable señorío de una reina, de ese modo único en que lo hacen cubanas (y perdonen mi chovinismo). Hasta descubrir, detrás de aquellos sonidos atronadores, la gracia criolla, la profunda mirada, el chispeante y agudo retrato capaz de emerger de las letras de aquellas piezas concebidas, en primer orden, para bailar.

Siempre ávido escucha de lo bueno que suena en cualquier género, por ende siempre seguidor del trabajo de los vanvanes, al no poder devolver en agitados pasillos lo que de esas obras recibía, desvié el disfrute en otras direcciones. Hace algún tiempo, en estas mismas páginas de La Jiribilla, reflexionaba un poco en un trabajo este escriba, sobre las relaciones, explícitas, confesas incluso, de Juan Formell con la trova. El propio músico destacaba sus comienzos, en paralelo con las primeras luces sonoras de un Silvio o un Pablo. Y en buena medida, influencias como el filin, como Los Beatles, y el rock, también fueron filtradas, bien asimiladas, y mejor devueltas, con inequívocos visos propios y cubanísimos. Alimento transformado en savia, en raíz.

Como compositor, como artista fuera de predios vanvaneros, cualquier subrayado es también insuficiente para abarcar las alturas de Juan Formell. Ojalá nuestra televisión recuerde en estos días ese recital fantástico que ofreciera el maestro hace algún tiempo, sólo a pura guitarra. Enamorado, susurrante, con los dedos en enigmáticas y retorcidas combinaciones sobre trastes y cuerdas. Y con una fuerza, a la vez íntima, cálida, y arrolladora, con los mínimos recursos de seis cuerdas y una voz, como un buen balazo directo a lo sensible, que pocos artistas pueden lograr en estos tiempos de ruidosas entregas sonoras. Un regalo de buen gusto ese concierto.

Imagen: La Jiribilla

En otros terrenos, hay verdaderas joyas de Juan Formell, por sólo citar un ejemplo, en los cantos de doña Elena Burke, que por fortuna tenemos ahora en una edición como parte de la colección Las voces del siglo. Grabaciones, que incluso con menos connotación bailable, no pierden nunca sus valores y que siempre deleitan por sus arreglos atrevidos y de vanguardia.

Uno escucha aquellas canciones de los primeros años, y además de reconocer de inmediato el sello irrepetible, saltan de inmediato algunas señas únicas. Es en verdad asombroso que ese tren de hoy, con vigorosos metales reforzando las cuerdas frotadas, con una batería que en no pocas ocasiones recuerda la de una banda metalera, sonaba antes igual de invencible, igual de poderoso, con mucho menos blindaje en su formato. Desde una flauta, sobre los indetenibles violines, capaz ella sola de convocar todos los poderes y hechizos congregados en el baile, más la percusión y los tumbaos, regalos inapreciables de Changuito y de Pupy, hasta las voces de sus cantantes y sus coros, se movía el mundo. Todo, mojado con las salpicaduras universales, rockeadas y cubanísimas a un tiempo, del bajo, y sobre todo, por el genio mágico de Formell, capaz de reunir en un ajiaco único, de sabor imposible de igualar, semejantes ingredientes.

Termino estas líneas y mi vecino sigue oyendo a los Van Van. Sin embargo, aun opacada por las paredes, noto que afuera crece un coro mayor. Como en un cauce que se ensancha, ese gran río de ruidos y vida y música que son nuestras calles, las flautas se multiplican, las voces se escapan, los metales, tambores y violines andan sueltos, enérgicos, libres. Como el anuncio de un adiós, que a pesar de lo doloroso, no puede nacer desde otro sentir que no sea la música y el baile, si despiden al mismo que puso a bailar, y a escuchar, a un pueblo entero.

Desde muchos balcones, ventanas y patios, estallan alegres reclamos que piden recíbeme, ay, mamá; que gritan jonrones con el bate de aluminio y cambian temba por tumba; que enamoran de nuevo a Marilú, incluso con la cabeza mala y una nostalgia de seis semanas; que cantan al carnicero, a la barbacoa, a las historias más tristes y alegres y vivas de los cuarenta y tantos años más recientes del pueblo de esta Isla. Que desmienten, aunque ahora mismo afirmen, y lo disfruten, a toda voz, que nadie quiere a nadie.
El maestro, el músico, el cubano en mayúsculas se nos ha ido. Pero los Van Van siguen, y seguirán, sonando. Porque a Juan Formell, desde este gran río de música que hoy le canta y baila en despedida, sí lo queremos todos.

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