Los salmos no tan oscuros de Frank Castell

Alberto Marrero • La Habana, Cuba

Los salmos son el corazón de las Sagradas Escrituras o el manual de un gran coro terrenal, me han dicho o he leído en alguna parte. Son en esencia cánticos de alabanza y en ocasiones quejas y lamentos de gente que sufría en épocas de crisis personal o calamidad nacional. También podría sumarse alguna que otra imprecación (siempre hay enemigos que abominar) o meditaciones que festejaban un estado de gracia que solo no es dado al cabo de un vivir intenso (y atento) que algunos llaman sabiduría. Esto y mucho más pasó por mi mente cuando topé por primera vez con un manojo de poemas intitulados Salmos oscuros, del reconocido poeta Frank Castell (Las Tunas, 1976), publicado por la Editorial Oriente y que viera la luz en la recién concluida 23 Feria Internacional del Libro de La Habana. Yo conocía una parte significativa de la obra poética de Frank —entre los que destaco los libros Confesiones de la eternidad y Corazón de barco, este último de una agudeza lírica extraordinaria, fruto de un ejercicio arduo y profundo de la poesía y el pensamiento—; sin embargo, de nuevo fui impactado por la fibra telúrica de una poesía intimista, meditabunda, incisiva, ora de un claro aliento metafísico, ora de una acritud realista, escrita desde el desgarramiento, la espuma de la soledad, los altibajos de la fe, la sombra que asfixia, las paredes sin eternidad o el naufragio, que para Frank Castell parece ser el símbolo elegido del desastre (vive en una casa frente al mar y a escasos metros de la costa se divisa un barco varado y roído por el salitre). De tono sosegado, más bien susurrante, como olas que van y vienen, estos poemas evaden todo el tiempo grandilocuencias y en su lugar prodigan brevedades de una amplitud cósmica.

Imagen: La Jiribilla

El cuaderno está estructurado en tres secciones.  La primera se titula Bajo este salmo oscuro y agrupa textos que a mi juicio constituyen una introspección sobre el acto de la escritura poética y su vínculo indisoluble con las encrucijadas y angustias del Ser. Tal vez las horas frente al papel en blanco me impiden llorar, dice en el poema “Las marcas del suicidio”, cuya autenticidad deslumbra y emociona. Son muy pocos los poetas que hoy se atreven a escribir un verso como este que acabo de citar. Quizá porque temen ser acusados de melosos y, en el peor de los casos, de falsarios. Por eso muchas veces esconden sentimientos bajo capas sucesivas de metáforas que al final forman una coraza difícil de penetrar, incluso para el lector más experimentado. Pero no los critico. Cada cual escoge sus armas de expresión con mayor o menor eficacia. Las de Frank Castell tienen la gracia de una sinceridad creíble (hechizante) y un acento de gravedad que borra cualquier síntoma de palidez. (La palidez de los poetas es engañosa, me dijo un amigo mirándome desde un abismo que indicaba lo contrario). En el poema “Heredia y yo” declara: Yo también he sido un desterrado, y más adelante: Es duro que nadie nos comprenda / y seamos dos hombres / vencidos por la soledad. Consecuente consigo mismo y con la realidad que afronta sin detenerse ante los riesgos, dice en el poema que da título a la sección: Bajo este salmo oscuro / vive mi verdad: horrorizada. En el poema “Ejercicio para ver la luz desde la calle” asegura: Nada es más sucio que conocer los límites. Es evidente que el poeta se refiere a los límites que nos ahogan, a esas empalizadas que crecen en el alma como demarcaciones que inmovilizan.  Si yo pudiera convencerme de la realidad / no me jugara a diario la vida escribiendo, afirma el poeta en “Filosofía de lo invisible”. Conocedor de que somos un minúsculo e imperceptible soplo en el universo que se expande, escribe con fina ironía en dos poemas seguidos (“Frente a la pared” y “Futuro”): porque la historia es una foto absurda / en la que no eres bienvenido, dice en el primero, y, en el segundo: Nadie sabrá si fui un buen hombre, / si abandoné mi casa para escribir la historia, / triste juego de un país.

La segunda sección del libro se titula Paisaje humano y es una sabia continuidad de los temas esbozados en la primera, solo que aquí la mirada del poeta se ensancha a otras excavaciones. Y digo así no para complejizar el discurso ni adornarlo con palabras más o menos enigmáticas. Uno siente que el poeta excava en el paisaje humano que tenemos delante, en el drama cotidiano de la vida con sus continuos desgastes, embrollos, flaquezas, decepciones e iniquidades. Quienes me ven olvidan mi cara. / Quienes parten con el resplandor saben que viajo cada día al sitio de los olvidados. / Quienes ríen no comprenden la intensidad de las caídas. Como en los salmos antiguos, Frank profetiza: Veo la noche, / su intensidad, / el odio y la estrechez, dice en el poema “El ciego” y en otro  titulado “La verdad” alerta: Siempre hay una puerta /advirtiéndome el peligro/ de cuestionarlo todo.

La tercera y última sección del cuaderno lleva por título Lejos de Dios y constituye una suerte de diagnóstico o tal vez una exploración de si mismo y de sus contemporáneos, acompañada de incesantes preguntas. Acude a Dios, pero no con la simpleza y ceguera con que a veces se despliega cierta poesía que aspira a un misticismo trivial. En “Itinerario del manso” escribe: la proximidad a lo inasible / abre una zanja que me recuerda / el resplandor de una mujer distante, / la vacuidad de amanecer desnudo / entre la multitud. En el brevísimo poema “Residuos íntimos” asevera: El aire sobre mi cabeza, / los versos que perdí, / los tragos en un bar, / la suerte de escribir el fuego, / o atravesar los límites / me dejan solo / entre el absurdo y Dios. Con amargura que estremece pregunta en el poema “Examen”: ¿Quién responderá las preguntas / que dejaré sobre las calles de esta ciudad? En el magnífico poema “Los días del tren” se resumen muchas de las tesis (¿tesis?) que Frank ha venido proyectando a través de todo el libro: La infancia está en los ojos / cuando mi padre susurra: “Ese es el humo, hijo. / Esa es La Habana, / la capital más triste”. Quizás el tiempo borre las fotografías. / Pero mi rostro está signado / por el crujir de hierros. ¡Ah, el tren!/ Yo he visto pasar interminables trenes / que la memoria asume sin fronteras, / íntimas razones / de un niño alucinado. El tren como alegoría material del tiempo y también de lo que está más allá, en un zona ignota a la que siempre queremos partir como atraídos por un maleficio invisible. El tren como ruptura del tedio, la soledad y el vacío, eso parece decirnos este hombre que en el poema “El yo profundo” proclama abiertamente que siempre saldré al encuentro de quien soy.  En “Lejos de Dios”, un poema que retoma métrica y rima (ya lo había hecho con un excelente soneto de la segunda sección titulado “Hambre de eternidad”), señala en unos de los versos: No es necesario el odio si hay un puente / encima de la fe y el canto adverso.   

Frank Castell conoce muy bien las terribles paradojas y otras veleidades de la existencia. No cierra los ojos ante ninguna realidad, por pintarrajeada que aparezca. Su poesía refleja la madurez de un hombre que no desdeña el dolor humano ni trafica con panaceas de inocencia.  Por eso no miente. Por eso sus poemas convencen sin necesidad de recurrir al artificio ni a la típica verborrea de los mediocres. En el último poema expresa: No me pidan cambiar las horas. / No me pidan cambiar lo que no existe. Excelente final para un libro que no comulga con banalidades ni alabanzas oportunistas. Y uno llega a la conclusión de que estos salmos más que oscuridad esparcen luz. Una luz que sale de las vísceras de un poeta que tiene mucho todavía por decir y que no se engaña con vino ni con festines, ni pierde las apuestas.

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