Edificio Bacardí

Entre la admiración, la indulgencia
y la reserva

Jorge Sariol • La Habana, Cuba
Fotos: Jorge Sariol

Aunque es emblemático en la arquitectura cubana solo lo “vemos” cuando alguien, de pasada, lo menciona. Ocurre en la vida citadina, agitada e intensa, que percibimos solo lo que está a pocos pasos de nuestros pies, y no levantamos la mirada para distinguir y tantear lo que resalta.

Y emblemático es el edifico Bacardí, aunque la sumatoria vaya de la  admiración a la indulgencia o la reserva.

Hay quienes lo veneran y quienes lo tildan de presuntuoso. Unos, tal vez, porque lo asocian con el divino licor; otros porque lo ven enorme, recargado y mal situado en el entorno urbano elegido para servir de guarida a un murciélago cuasi rampante.

Imagen: La Jiribilla

Pocos son los capaces de evaluar sus apegos a la corriente Art déco, que imperó en los primeros años del siglo XX, de abundantes líneas fraccionadas, pleno de zigzags y geometría de las formas, con uso de bloques cubistas o rectángulos y perfecto empleo de la simetría. No muchos pueden interpretar su talante opulento que exagera en el uso de bajorrelieves, herrería, vitrales, gráfica y lámparas; en materiales de gran solidez y pureza como el concreto, vidrio, bronce y mármoles de diferentes colores y procedencias.

Y sucedió que fue la época del Art déco el momento elegido por el emporio comercial del ron Bacardí, para hacerse de un edificio que diera al negocio asiento en la capital.Y se dio a subastar el derecho a pensar —el premio era de mil pesos— en el qué y cómo hacerlo.

El jurado estuvo integrado por Henri Schueg Chassin, presidente de la Bacardí, y los arquitectos Leonardo Morales, Enrique Gil, Emilio de Soto y Pedro Martínez Inclán.

Cuentan que el edifico iba a ser ecléctico, pero el equipo ganador en la puja venía permeado del muy en boga Art déco, con el  arquitecto Esteban Rodríguez Castells al frente y  Rafael  Fernández Ruenes y José Menéndez Menéndez como arquitecto e ingeniero asociados.

Imagen: La Jiribilla

La ejecución de la obra se concedió a la firma Arellano y Mendoza, por la suma de 498,675 pesos.

El 6 de enero de 1930 comenzó a edificarse el inmueble, en la esquina de las calles Monserrate y San Juan de Dios, completando un solar de más de mil metros. El plazo de terminación exigía concluir en 300 días naturales.

Por razones de seguridad y dada las características del terreno fue necesario clavar 500 pilotes de jiquí y júcaro negro. El hormigón usado en la obra fue calculado para una resistencia de 2,700 libras por pulgada cuadrada. Adicionalmente la Compañía Bacardí adquirió y pagó directamente 121,325 pesos por parte del equipamiento, los ascensores, los herrajes, las turbinas, etc.

En la construcción se usó granito natural labrador oscuro de Noruega, en la fachada  granito rojo de Baviera  y en el lobby  granito rosado de Baviera. Los trabajos fueron ejecutados por la Compañía Grasyma, de Wunsiedel, Baviera, quien puso en Cuba el pedido a los cuatro meses de enviados los planos de trabajo a Alemania. El verde suave del mármol de las paredes, fue utilizado por primera vez en Cuba.

El suministrador de los mármoles voceaba con orgullo que el edificio tenía “mármol y granito de todas las naciones de Europa” aunque en verdad solo siete naciones —Alemania, Suecia, Noruega, Italia, Francia, Bélgica y Hungría— habían aportado material.

Imagen: La Jiribilla

Sus 12 plantas, con una superficie total cubierta de 7,031 m le daban realce en el mundo comercial. Entonces, cinco plantas estuvieron dedicadas al alquiler de oficinas —558 m, descontando pasillos y servicios—, distribuidos en 21 locales de diversas dimensiones.

Cuatro elevadores dieron vida al edificio: dos de pasajeros con capacidad de 1,500 libras —10 personas cada uno— y una velocidad de 350 pies por minuto, otro de carga para transportar enseres, con una capacidad de 4 mil libras y el cuarto entre el sótano y el primer piso para transportar mercancías.

Tal vez lo más destacado sigue siendo hoy el primer piso, con un área de 1,075 metros. Y naturalmente el pórtico: paredes, pisos y techos todos revestidos de granito natural.

La fachada y los dos vestíbulos también se cubrieron, hasta el techo, de mármol.

En su torre principal, como vigía, se yergue el  murciélago, símbolo de Bacardí, pues según se dice fue Doña Amalia Lucía Victoria Moreau, esposa del  patriarca Don Facundo, quien propuso utilizar el murciélago como marca de fábrica del ron. También se cuenta que alrededor de 1862 en las instalaciones primigenias de la destilería santiaguera hacía nido una formidable bandada de aquellos quirópteros del orden de los mamíferos euterios, con fama entre la población local de traer salud, fortuna y unidad familiar. 

Imagen: La Jiribilla

Terminado a finales del propio año 1930, el edificio Bacardí fue en ese momento el más alto de La Habana.


Fuente: 500 AÑOS DE CONSTRUCCIONES EN CUBA / Licenciado Juan de las Cuevas Toraya / Servicios Gráficos y Editoriales, S.L.

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