La manzana de Eva

Afuera, la multitud corea su nombre como la antífona de un culto ancestral; el padre Benítez le ha leído el pasaje del Génesis en que se narra la caída de la gracia; lo ha hecho para recordarle la influencia de la mujer en las decisiones (aún las manos felices), su rápida evolución desde una costilla a la consejera del varón, pero la tocaya de la primera mujer queda pensativa, como preocupada por lo que le sugiere el pasaje bíblico.

—Yo nací también de una costilla, padre, la de Perón, mas ahora apenas me quedan mis propias costillas en hueso vivo.

—Ay, señora, Ud. no pierde su sentido del humor...aunque sea negro. Bueno, en otro momento le leo más, ahora tengo que marcharme...quede con Dios.

No sé si queda con Dios pero sí con sus muchos recuerdos. Desde que la enfermedad avanza lo hace también su capacidad asociativa, su flujo de evocaciones: la memoria es el único músculo sano, adonde no puede llegar la mordida inclemente del animal que la carcome toda por dentro.

 “...Viví como mareada por mi deseo de triunfo, por querer ser actriz, por querer ser...”

sí: sólo tiene fuerzas para mirar atrás y recordar, o sea, volver a vivir aquellos años, sobre todo los primeros en que llegó a Buenos Aires; justo considera el adverbio, pues los años realmente iniciales en su vida, aquella infancia en Junín con sus hermanas y su madre, se le escapan, no los retiene. 

Piensa en otro fruto, metafórico; a diferencia del que causó la perdición humana, a ella le reportó con el tiempo su salvación, y tanto espacio ocupa en su mente “la gran manzana”, esa desafiante capital federal que ella conquistó a fuerza de voluntad, que los tiempos de Los Toldos, aquellas dos décadas en que comenzó su vida junto al siglo, aquellos días pegados uno a otro con la familia, en el centro de su transcurrir, se le borran; apenas el episodio del velorio (al que tanto se refería su madre), del padre casi desconocido y ya olvidado para siempre; la humillación ese día de la “otra” familia, los ricos y déspotas, son, literalmente, historia antigua.

Pero la llegada en el tren a Buenos Aires —que no lo serían para ella hasta mucho después—con su vestidito limpio y planchado pero humilde, la maleta de cartón siguiendo como un perrillo faldero a su primer mentor, Magaldi, aquel otro zorzal que la deslumbró en su pueblo, eso sí le aparece como una película nítida y hermosa, semejante a las muchas que viera a partir de entonces.   

No tenía 16 años y ya estaba en Buenos Aires. Había vencido a mi madre y toda su legión familiar...no me acuerdo si el cuarto miserable de la calle Sarmiento tenía una humedad grande como el mapa de un enorme país imaginario ¿no?. De la pensión de La Boca me acuerdo un poco más, porque para llegar a mi cuartucho de chapa había que cruzar un patio con macetas y gatos misteriosos y entrar por un puente o una escalerita de hierro” , evoca Eva, dentro de su cuarto oloroso a medicinas, mientras a unos metros de esa cama que prefigura la tumba, la enfermera simula una indiferencia que es sólo fijeza en cada gesto, preocupación por cada balbuceo de la agonizante y a unos cuantos metros más, allá abajo, la multitud insomne ruega fehaciente por un milagro que les preserve a su Señora, a esa Primera Dama a la que aman aún más que al Coronel, reafirmando que no es otro ser quien gobierna espiritualmente la nación.

Pero esta mujer que ya ni siquiera pregunta si han enviado los últimos pedidos a sus “grasitas” (desde las dentaduras postizas hasta las casas o las sillas de rueda), sólo recuerda, recuerda, y más que eso, visualiza sus luchas cotidianas en la jugosa y a la vez lejana fruta que le extrajo el jugo a ella dentro de aquel cuerpecito diminuto y magro, ahora casi inexistente, sin apenas carne para que el inmenso crustáceo hunda sus molares.

Ahí está, 20 años atrás, frente a las carteleras de la calle Corrientes, los grandes retratos de los actores en boga...

“Por favor —dice al obeso empresario del teatro San Martín—¿me da un pequeño papel; cómico, dramático, lo que sea, algo que me permita demostrar lo que soy?

“—Demostrar qué, qué sos vos?”—le responde preguntando a su vez el bien comido señor.

“—¿Cómo que qué soy? ¡Soy actriz y busco trabajo!, Óigame —agrega suavizando el tono—¿no hay alguna del elenco enferma?”

Y ante la mirada entre sarcástica y molesta del otro, se marcha, nunca vencida, a tocar otra puerta. Y esa puerta se abrió un buen día, y le parece que en este día tan malo, hoy, los aguijonazos, las mordidas de su depredador se atenúan un poco ante el imborrable, glorioso recuerdo...Eva Franco, la estrella de la compañía, se halaba los pelos:
“—¿Y de dónde me saco yo ahora una actriz joven que haga la mucama?.Es cierto que son cuatro palabras pero ¿quién las dice?...¡Me voy a volver loca!

Evita la mira, suplicante, y como su mirada no fuera suficiente, le implora:

“—Si Ud. quisiera yo...”

La actriz principal no lo piensa dos veces:

“—Vamos, qué espera, ¡al escenario!: cuando se lo indiquen debe Ud. decir: « La mesa está servida »...

Fue tanta su energía en el mínimo ensayo que la Franco la corrige:

“—Muy bien, incluso...demasiado bien. Tenés cierta experiencia, no hay dudas, pero quitale energía al parlamento: una mucama no se dirige a sus amos con tal actitud... intentalo de nuevo”.

La criada había salido respondona. Claro, cómo iba ella a contener aquellas ansias antiguas pero siempre renovadas buscando su oportunidad. Y enseguida el contrato, 80 pesos mensuales mientras la obra permaneciera en cartel, aquel título que no olvidaría, La señora de Pérez, de Ernesto Marsali, y hasta el suelto en Crítica: “Muy correcta en sus breves intervenciones, Eva Duarte”.

“Ay, sí, la mesa estaba servida, y yo empecé a devorar sus provisiones, con cuánta voracidad, con qué ánimos”, se dice la moribunda mientras la enfermera le toma la temperatura, y de inmediato piensa: “es otra la mesa que ahora se sirve: yo misma, o lo poco que queda de mí, a los gusanos”

No imaginaba ella por un instante que tras la muerte, su cuerpo intacto, sin acceso a la mínima dentellada de los vermes, protagonizaría tantos y tan diversos avatares como los sufridos en vida, pero esa es otra historia que, por supuesto, ella no puede avizorar, no tiene sitio en el pensamiento de esta mujer que recuerda y busca, desde la lectura bíblica, su culpa, al ritmo acompasado de la multitud que corea su nombre a unos metros de ese cuarto henchido de pócimas y de evocaciones:

“Mi culpa ha sido esencialmente amar con locura a un hombre y a un pueblo”. Y esto dice en voz casi alta, para desconcierto de la enfermera que le acomoda la almohada:

“—Ud. no tiene culpa de nada, señora. Ud. sólo tiene que descansar ahora y no pensar en nada”

“—Para descansar voy a tener la vida entera, la muerte entera; déjame dar marcha atrás a la cámara, sólo así encuentro las pocas fuerzas imprescindibles para dilatar ese último suspiro que me amenaza cada segundo...”

Algo en esos gritos de sus descamisados—que se le antojan sólo susurros, al menos que recibe como tales—la lleva a seguir arañando una presunta falta, un pecado original que le hinca un poco, junto con las mucho más potentes embestidas del “ejército de células enemigas”, como gusta llamar a la enfermedad.

“—¿Dónde estuvo mi culpa? ¿en qué momento cedí a morder el fruto prohibido que me tendía la serpiente, llamándome incluso con el mismo nombre de la madre de todos,de  la mujer primera?”

Y se ve entonces en el Luna Park, la ardiente noche de un 22 de enero, dentro de aquel maratón artístico destinado a recaudar fondos para las víctimas del terremoto de San Juan, cómo avanza decidida, indetenible, hasta el palco del Coronel, quien entonces lideraba la Secretaría de Trabajo y Previsión; ya se habían visto alguna que otra vez en Radio Belgrano por asuntos sindicales, pero de manera muy superficial. Ahora ella preveía el encuentro definitivo, y con la resolución de sus grandes decisiones se acerca al palco regio, se sienta en la silla de su detestada Libertad Lamarque (quien en ese momento acaba de subir al escenario y comienza a interpretar Madreselva, un tango que ahora escucha Eva de nuevo, adora de nuevo, al ponerla a caminar por la calle Roque Vázquez de su Junín natal) y le dice a Perón con un toque de sensualidad en la mirada firme:

“—Gracias, Coronel, por ser, por existir”

¿Se acercó ella a Perón en busca de poder (el que necesitaba para acabar de instalarse en la farándula, para ascender en la misma)? ¿buscaba la protección que la había arrojado a los brazos de anteriores amantes? ¿Preveía desde entonces su entrada triunfal al mundo de la política que dominaría a la perfección?.

De cualquier manera, el impulso utilitario se transformó poco a poco en amor verdadero, incondicional, y así se lo confiesa ahora, resuelta, en busca de una absolución que no precisa de sacerdotes ni extremaunciones; sólo quiere paz en su conciencia, sólo necesita matar ese gusanillo que la carcome (ya que no puede hacerlo con los otros cientos que castigan sus células).

“—Yo lo amé, lo amo más que a mí misma, a él y a la causa que representa”

Y hablando de ésta, ¿fue sincera o se montó otro personaje al estilo de los Lady Hamilton, María Estuardo, Waleska (aquellas heroínas radiales) o los que encarnó en La cabalgata del circo y La pródiga , durante su etapa cinematográfica?... todo ese rollo de los pobres, los descamisados, los “grasitas”, esos cientos de ancianos, mujeres y niños que atendía hasta el agotamiento en interminables jornadas de sol a sol, en su oficina, que tantas veces era móvil , rodante, y se trasladaba a los campos, los pueblos de provincia para resolver problemas, ¿surgía de una auténtica vocación social?

A la vez evoca los tantos a los que Perón y ella reprimieron, la de mucha gente que tuvo que abandonar el país por el simple delito de militar en otro partido, de pensar diferente.

Ve muy claro, de pronto, a aquel humilde proyeccionista del Rialto  al que le dijo sin ambages:

“—¿Sos peronista?

  • Sí, señora.
  • ¿Y por qué no tenés la insignia puesta?
  • Es que trabajando me gusta andar lo más ligero posible, señora, hace calor y mi oficio es incómodo.
  • Sí, pero vamos, ponete la insignia que ya te envío esa dentadura postiza.”

O aquella vez en que unas damas a las que hizo  (des)esperar dos horas, y despidió a los cinco minutos, le espetaron:

“—Ud. dice querer mucho a los pobres, pero viste como cualquiera de nosotras.

  —Por supuesto, queridas, yo tengo que utilizar en esta guerra vuestras propias armas”

Y se viró, dejándolas con la palabra en la boca (y el odio aumentado en el alma)

“Pero bueno —se dice a manera de consuelo—, todas las grandes causas tienen que apretar las clavijas para subsistir, eran muchos los enemigos, los hijos de puta...”

Tampoco se arrepiente de sus groserías, sus desplantes, sus veleidades —no sólo para con los opositores, los de otros bandos—pues ante la gran balanza le parece que hizo mucho por los que tenían poco, que hizo algo por quienes tenían nada, y eso es su principal antídoto contra la duda tenaz que la atenaza hace días.

“Si fue un personaje —concluye—lo incorporé como a ninguno. Dicen que no era buena actriz, por lo menos en el cine...en la radio creo que logré una manera muy personal de proyectar la voz...ahora, mi labor con esos que ahora me llaman, los que repiten mi nombre como un tango infinito, de una sola nota, fue mi obra verdadera, la única por la que se me recordará. Todas esas mujeres que animé en el éter seguirán siendo ellas por ellas mismas, ya,  en definitiva, eran famosas; a las que dí vida en la pantalla están entrando ya mismo en el olvido, pero a mí no me van a olvidar, a mí me van a interpretar también en el cine, en el teatro, van a escribir libros sobre mí; me van a recordar por lo que fui, por lo que soy y seré...seré millones”.

Esto lo dice casi, lo susurra al menos mientras se acerca el padre Benítez, conducido por la puntillosa enfermera.

“—¿Qué está conversando y con quién esta muchacha desobediente, o es que estamos rezando?

—¿Cómo le va, padre? ¿es la hora?

—La hora de que se porte Ud. bien, querida, y de tomar su tisana.

—Padre, decime con sinceridad: ¿lo que hice fue por ellos o por mí misma?

   ¿amé al Coronel de veras, o sólo buscaba un lugar en la Historia, a su lado?

—Pero vamos, Evita, cómo se le ocurre dudar a estas alturas?

—Justamente, padre, desde lo alto se ve mejor cuando se mira al fondo.

—A ver: ¿cree Ud. que esos miles que  esperan por su recuperación allá abajo, sin moverse, harían lo mismo por una simple actriz?... ¿andaría tan alicaído Perón si no estuviera seguro de su amor de Ud. por él?

—Ay, padre, quiero convencerme de ello, pero esa duda me atormenta más aún que el dolor físico, que esta enfermedad implacable...

—Lo que tiene que hacer Ud. es no pensar más en pavadas...mire, le he traído el rosario que me pidió, dígame si no es una belleza.

Y Eva toma el regalo, lo acaricia, lo recorre cuenta a cuenta, mientras su mirada se pierde entre el techo y la ventana por la cual entra su nombre desde una voz múltiple y gigante.

 

Especial para La Jiribilla, en homenaje al 95 aniversario del nacimiento de Evita. Tomado del libro Cuentas y cuentos, Ed. Latin Heritage Foundation, Estados Unidos, 2011.

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