Guerra con sabor a mar Caribe

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Hace pocas horas se conoció en Internet el (re)descubrimiento de “imágenes raras” de la Armada de EE.UU. tomadas durante la guerra hispano-cubano-norteamericana. Cerca de 150 fotografías en placas de vidrio originales, aparecieron en el “Comando de Historia y Patrimonio Naval”, en Washington D.C., institución que guarda iconografías de todos los aspectos de las guerras de los EE.UU., desde la logística hasta la diplomacia.

Imagen: La Jiribilla

La nota no dice si todo lo aparecido era fotografías de la época o también —pues en algunos casos lo parecen—, fotografías retocadas o dibujos e ilustraciones de la época.

Y es que sobre aquella conflagración, que Lenin calificara como uno de los jalones históricos de una nueva época de la historia mundial, habrá que seguir pistas y datos dispersos; hay historias poco claras y escasamente conocidas, algunas dignas de comedia, si no fuera por el sino trágico que  las envolvió.

Y en verdad, tal guerra tuvo un fuerte sabor a mar.

Uno de los hechos —tal vez el más inaudito— lo cuenta el cronista e historiador Gerardo Castellanos, en su libro Panorama Histórico (Tomo III, pág. 1211).

Castellanos registra que el 15 de julio de 1898, ya desatado el conflicto, el crucero estadounidense Annapolis, comandado por el capitán J.J. Hunker se acercó a la ciudad de Baracoa. Las fuerzas españolas habían instalado en el fuerte Matachín un largo cañón con sistema Krupp e inmediatamente realizaron ocho disparos al crucero. Aseguran que solo consiguieron matar una vaca que pastaba cerca de la costa. Por su parte el Annápolis ripostó con 72 disparos contra el fuerte, causando daños en el barrio de La Asunción.

Imagen: La Jiribilla

Buena parte de los historiadores coinciden que el primero de julio, es la fecha de inicio de las acciones militares de envergadura, momentos en que las fuerzas norteamericanas, auxiliadas por los mambises, tomaban el fuerte El Viso, cercano a El Caney, localidad de Santiago de Cuba. El combate por El Viso, sucedía tres días antes de la más famosa batalla naval del Caribe, cuando a las 9:54 de la mañana, el Almirante Pascual Cervera manda a todas las unidades de su escuadra salir de la bahía de Santiago. Tras una orden cursada desde La Habana, fueron masacrados por una poderosa flota norteamericana que iba “fusilando”, uno a uno, los navíos hispanos.

Una cronología —a la inversa— de acciones navales relacionadas con aquella guerra, ofrece una curiosa relación que está esperando por la mirada acuciosa de  investigadores históricos.

Se dice que el 20 de julio navíos USS bombardean Santa Cruz del Sur.

El 11  mayo de 1898,  incluso un día antes de que el Consejo del Gobierno Cubano en Armas ordenara dar apoyo militar a las fuerzas norteamericanas, una escuadra estadounidense había realizado un bombardeo de más de 300 cañonazos contra los edificios públicos de la ciudad de Cárdenas, acción que culminaría a media tarde.

Por la fecha, barcos de guerra yanquis, fondeados a la entrada de la bahía de Cienfuegos, la bombardean durante media hora.

Imagen: La Jiribilla

Cuentan que el 30 de abril 1898, en la Playa de La Herradura, en la zona pinareña de la bahía de Cabañas, ocurría una acción poco conocida  en la historia nacional. Tropas al mando de un coronel norteamericano procedentes de cuatro barcos, intentan un desembarco, fallido, pues fueron  batidos y obligados a reembarcarse por la acción de tropas españolas al mando del general Hernández de Velazco.

El 22 de abril los principales puertos de la costa norte de Cuba estaban bloqueados por barcos de guerra norteamericanos. Afirman que ese día a la vista del Morro podía apreciarse una armada norteña.

Para muchos la guerra había comenzado oficialmente el 20 de abril de 1898, cuando  el gobierno español recibía el ultimátum de EE.UU., procediendo a la inmediata ruptura de relaciones diplomáticas. Ocho días más tarde se declara formalmente la guerra entre ambos países.

Sin embargo, otros dan como el verdadero inicio de las hostilidades el día 15 de febrero de ese mismo año. A las 21:40 horas, en un muelle del puerto de La Habana, una explosión hundió con rapidez al USS Maine, un acorazado Clase II de la Armada de los EE.UU., llegado a la capital cubana el 25 de enero, en visita de “cortesía”.

El Maine había comenzado a operar solo cuatro años antes y la nota más relevante de su hoja de servicio fue la  explosión que lo hundió —con varios miembros de su tripulación dentro—, como sacrificio al juego de intereses imperiales. 

El suceso daba el pretexto para una guerra que ya se veía venir.

La idea inicial de invadir a Cuba proponía la zona del Mariel por razones obvias: cercanía a las costas de EE.UU. y la posibilidad de desembarcar una fuerza de más 40 mil hombres para iniciar un ataque rápido contra La Habana, solo a pocas millas.

Muchos tienen por cierto que el inesperado arribo de la flota del almirante español Cervera a Santiago de Cuba, el 19 de mayo, hizo variar los planes y llevar a la capital oriental el centro de las operaciones militares.

Imagen: La Jiribilla

Eliminado este obstáculo difícil, todo entonces sería expedito.

Sin embargo, es de suponer que la inteligencia naval de EE.UU. sabría que la escuadra naval de Cervera no tenía la potencia suficiente como para ser un enemigo formidable.

De modo que otro análisis considera que, en todo caso, un detalle —más difícil todavía— tendría que ser resuelto. Se precisaría el apoyo de las fuerzas libertadoras cubanas, pero el generalísimo Máximo Gómez, ya en el occidente de Cuba, en zona cercana a Mariel, había mostrado total desacuerdo con la idea de aceptar ayuda de  Norteamérica. Asumiendo que con “El Viejo”, no habría arreglo, los norteamericanos buscaron ayuda de Calixto García, el más importarte jefe militar mambí en el oriente; este intentó, infructuosamente, consultar al gobierno en Armas, basificado en la provincia de Camagüey.

La decisión, influida por un pronorteamericano como Tomás Estrada Palma,  entonces en Nueva York, ya estaba pensada de antemano.

La guerra, avisada, no impediría la muerte de muchos seres humanos de todos los bandos, muchos sacrificados en el mar, a nombre de la conquista imperial.

El viejo Castillo de San Pedro de La Roca (Morro de Santiago de Cuba) guarda entre sus murallas testimonio de aquellos tiempos.

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