Acercamiento a la gráfica de Patria

Jorge R. Bermúdez • La Habana, Cuba

A fines de 1891, Martí ha renunciado a casi todo lo que le obstaculice o impida llevar a término su tarea emancipadora. Es, realmente, el inicio de su apostolado. Viaja a Tampa, y antes que expire el año, dará cumplimiento a la invitación del Cayo. Allí, frente a las principales figuras del independentismo cubano, da lectura a las Bases y Estatutos Secretos del Partido redactados por él. Y allí se aprueba y constituye el Partido Revolucionario Cubano. Mes y medio después, en Nueva York, ante la emigración reunida en Hardman Hall, pronuncia el famoso discurso conocido como la “Oración de Tampa y Cayo Hueso”. En él expresará su fe inquebrantable en aquellos tabaqueros que, de manera generosa y sin condición alguna, aportaban los recursos económicos indispensables para la preparación de la guerra necesaria. Al recordarlos, diría: “surge, una desde Cayo Hueso a Nueva York, el alma cubana…”. Y  funda el periódico Patria, el 14 de marzo de 1892.

Imagen: La Jiribilla

Si el Partido Revolucionario Cubano es su gran obra política, Patria es la culminación de su quehacer periodístico. Hombre de la imprenta, tanto por su condición de periodista como por la de editor, traductor y escritor, a ella se deberá ahora con más empeño que nunca.  Patria surge “de la voluntad y con los recursos de todos los revolucionarios cubanos y puertorriqueños conocidos en Nueva York”.[1] Y así es. A su lado tiene como más cercanos auxiliares un puertorriqueño, Sotero Figueroa, y un cubano, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, quienes también se alternan en la dirección del periódico en ausencia de Martí. Además, están Benjamín Guerra, Abelardo Agramonte, Rafael Serra, Antonio Vélez Alvarado y Francisco González Marín, entre otros.[2] Ganado el pan de cada día, de noche hornean el de su ideal; y lo hacen de manera voluntaria, sin paga alguna. Martí se reserva para Patria: se siembra entre cajistas y prensistas, escribe sólo en sus páginas, y procura que el periódico alcance la cualidad de contenido indispensable para un acto mediático que no le cabe otro lujo que el de orientar, organizar y unir a todo un pueblo en el exilio, y en ambas islas a la vez. Bien sabe que “las grandes ideas no alcanzan acceso a las muchedumbres, hasta que una propaganda constante y abnegada no logra despertar el sentimiento del deber en las conciencias aletargadas por la acción represiva dominante”.[3] Y en pensar semana tras semana cada página, cada artículo, cada nota, la suya y la del colaborador de turno, y de valorar lo que es más conveniente de ser publicado según la situación política del momento, camina pensativo entre la anónima muchedumbre con un lío de periódicos y revistas bajo el brazo, como si aspirara a detentar un mundo en las noticias del día. Su destino: el trabajo ocasional, un acto político o Park Row 178, donde tienen su imprenta los italianos Frugone, Balleto y Gardella. Allí, por el momento, se imprime Patria. Y allí va con  asiduidad, a ver la prueba de plana, a delatar la errata, a veces, consecuencia del esfuerzo hecho por el cajista durante la noche, para que la página quedara lista para imprimir; otras, porque los nobles italianos no comprenden del todo el nombre de origen taíno de la toponimia cubana, y se reitera el error ya señalado. “Temblando me vine ayer, y bufando dejé al buen Frugone —le escribe a Sotero Figueroa—. Quedaba hablando un italiano de a vara. ¿Querrá Ud., creer que, en la prueba de plana, todavía decía Jauco y Camueyo? Pero me prometió, con los ojos honrados, compulsar una por una las correcciones”. Otras veces es la cita con un influyente simpatizante de la causa la que queda postergada, porque hay tareas de mayor prioridad. Y Patria se cuenta entre estas. “Y ahora, que me iba a despertarlo y a almorzar juntos, veo que tengo encima para esta misma mañana, todo el periódico y el arreglo de una reunión el sábado. ¿Cuándo lo veré pues? Hasta la una estaré doblado en la imprenta. Si va a esa hora, allí me halla”.[4] Pero, al final, no habrá mayor gozo para él, que el olor que despide el periódico recién impreso, porque es el de la patria…

A la cabeza de una plana de a cuatro columnas, todas henchidas de una literatura bizarra, destaca el título del periódico en altas, en una tipografía de palo seco, sin base (sans serif). Diseñada a inicios de siglo por el inglés Robert Thorne, esta tipografía recibe el influjo de la práctica publicitaria relacionada con la pintura de rótulos, la cual terminó por estandarizar los rasgos de las letras, dándole a los palos finos el mismo calibre que a los gruesos, con el consiguiente ahorro de tiempo y trabajo. Su concepción fue tan novedosa como inesperada y revolucionaria, lo que desconcertó al sector tipográfico de la época, que la subestimó. De ahí que, por la cronología, se la relacionara con el no menos controversial movimiento romántico, de donde deriva el carácter peyorativo y hasta arbitrario de los nombres con que se la identificó: “Antigua” y “Grotesca”. Estas particularidades de la tipografía de palo seco, y su consiguiente ruptura con las familias clásicas, no las pasó por alto el espíritu racionalista y tecnológico del siguiente siglo, siendo reivindicada por el movimiento que en diseño se conoce como Nueva Tipografía.       

No sabemos hasta qué punto los diseñadores-impresores llamados a crear la imagen de identidad de Patria, tuvieron en cuenta este aspecto propiamente ideoestético de la tipografía seleccionada. Tampoco Martí, ni colaborador alguno, dice nada al respecto. No obstante, sea cual fuere la causa de su elección, fue la mejor… Salvo el punto, de evidente sesgo antañón, y que también aparece en los títulos de los dos primeros periódicos hechos por Martí en su juventud: El Diablo Cojuelo y La Patria Libre. En cuanto a su uso, todo parece apuntar a la ortodoxia ortográfica de una rutina de trabajo que venía desde la imprenta colonial, cuando los títulos de los libros y folletos eran demasiado descriptivos y extensos, por lo que llevaban en cubierta una puntuación similar a la de un texto. Este criterio de diseño fue cayendo en desuso ante la dinámica que a los impresos le impuso el desarrollo de los medios de comunicación. Aunque, como todo proceso evolutivo, los cambios fueron imponiéndose gradualmente. A fines de la primera mitad del siglo XIX, todavía un número importante de periódicos estadounidenses hacían uso del punto al final del título, como el tabloide sensacionalista The Herald, de Nueva York.  Asimismo, importantes periódicos de este país usaron en sus titulares tipografías clásicas, amén de aquellas otras que dieron en imitar la escritura gótica, cual garante de una supuesta tradición y prestigio que los involucraba conceptualmente con el revival dominante en el diseño gráfico europeo, y del que fuera entonces su máximo exponente el inglés William Morris, fundador del Arts and Crafts. De ahí, pues, la significación ideológica y estética de la tipografía de palo seco empleada en el titular de Patria, por la cual se desmarcó de la tradición anglosajona de diseño dominante entonces en el periodismo estadounidense.

Imagen: La Jiribilla

En lo que al periodismo martiano respecta, tampoco escaparon de la comentada rutina de diseño los titulares de la Revista Venezolana y La Edad de Oro. La Revista Venezolana —tercer impreso de Martí—, en su primer número del primero de julio de 1881, lleva punto al final del título; el último, del 15 de julio del mismo año, no lo lleva. Su cuarto impreso, La Edad de Oro, tampoco está exento de tal anacronismo gráfico. Sin embargo, la tipografía y las ilustraciones seleccionadas en el diseño de cubierta y de página, tienen una real validez estético-comunicativa, al lograrse la unidad en la variedad de asuntos abordados, y cumplir en todos los casos su función de complemento y calce visual de los contenidos escritos.  Ni que decir de los juguetones putis, los que al descorrer las cortinas de la emblemática publicación, ya nos son tan familiares, que han quedado para siempre asociados a la imagen de identidad de La Edad de Oro.

En cuanto a Patria, es de destacar, finalmente, que a la muerte de Martí, y asumir Enrique José Varona la dirección del semanario, el anacrónico punto final se sustituyó por dos estrellas de cinco puntas a cada lado del título, lo que ocurrió a partir del número 279, del 2 de septiembre de 1896. Mientras que en las postrimerías, Patria concluye sin las estrellas a ambos lados del título, y aunque mantiene una tipografía de palo seco, esta aparece en una nueva versión con base, tal y como se observa en el número 522 y último de la emblemática publicación, correspondiente al 31 de diciembre de 1898.

En cuanto a la gráfica del semanario, también es de destacar su diseño de página[5]. Mucho y bien se ha escrito sobre su contenido y repercusión; pero, muy poco, para no ser absolutos, sobre su gráfica. De los periódicos hispanoamericanos editados en EE.UU. que se congratularon con la aparición de Patria, sólo El Yara, de Cayo Hueso, hizo mención a este importante aspecto, cuando señaló: “es un semanario elegantemente impreso…”.[6] En efecto, el número inicial es impecable, en particular, la primera plana. La sobriedad en el manejo de la tipografía, tanto la de las columnas de textos como la de las capitulares, se aviene con la trascendencia del contenido, dándole justo realce a lo que de visualidad tiene toda palabra impresa, en tanto imagen de la voz y el pensamiento. En consecuencia, se propicia una real correspondencia entre su contenido y el diseño que lo plasma y ordena en la página, el cual alcanza una excelencia equiparable al de su redacción, en este caso, de Martí, quien no sólo fue uno de los grandes pensadores políticos de Hispanoamérica, sino el que con más alto vuelo literario plasmó sus ideas.

Sin embargo, no siempre ni en todos los casos, se alcanzaron cotas de diseño igual de altas. A veces, domina la mezcla de familias tipográficas y puntajes en titulares de secciones y columnas. Hecho que contribuye a hacer más lento el proceso de esclarecimiento y, por consiguiente, de reconocimiento de las jerarquías de la información contentiva en una página o en el semanario en su totalidad, amén de no favorecer la homogeneidad visual relativa a alcanzar en todos los números, lo que hizo más ostensible su gran formato (52 x 36 cm.). Los cambios de imprenta y, por extensión, de impresores y personal técnico, así como la inmediatez y el voluntarismo dominantes en los mismos por períodos más o menos breves, incidieron en la práctica de los aspectos antes señalados y su intermitencia en cuanto a su optimización en términos de comunicación visual. La tirada en su etapa inicial, llegó a 1,500 ejemplares, disminuyendo con posterioridad, sobre todo, en víspera de la guerra. Su traslado a la Tipografía de La Gaceta del Pueblo, en 134 World Building 7th Floge, propiedad del puertorriqueño Antonio Vélez Alvarado, en febrero de 1893 —aunque Patria no lo refleja hasta el 24 de marzo—, evidencia una mejoría en el diseño. Otro tanto se observa durante su tiraje en la imprenta América, de Sotero Figueroa, sita en 284-286 Pearl Street, lo que ocurre a partir de enero de 1895. De hecho, el diseño gráfico del semanario mantuvo una media digna durante el tiempo que obró su acción mediática, teniendo momentos de real esplendor gráfico, tanto antes como después de la caída de Martí en Dos Ríos, lo que unido a su elegante redacción y excepcional contenido, hizo de Patria el periódico hispanoamericano más importante de los publicados en los EE.UU. este período.

 

[1] José Martí. «Patria: no ógano», en Patria, 19 de marzo de 1892. O. C., t. 1, p. 337.
[2] Estos dos últimos colaboradores de Patria, se disputan la autoría de la segunda bandera independentista de Puerto Rico, que imita el diseño de la cubana, pero con los colores invertidos —la primera fue la de Betances, de 1868—. Véase: Jorge R. Bermúdez. La invitada de la luz. Ediciones Bachiller, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 2002.
[3] O, C,, t. 2, p. 120.
[4] Carlos A. Aldao. Anuario del Centro de Estudios Martianos, nro.13, l990, p. 12.
[5] A partir del 5 de octubre de 1895, Patria  fue bisemanal, salía miércoles y sábado. También desde el 17 de junio de dicho año, costó diez centavos dólar el ejemplar; hasta entonces su precio había sido de cinco centavos dólar.
[6] O. C., t. 28, p. 300.

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