Burlador de la muerte

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Una tarde de 1974 entré en la librería La Moderna poesía y compré dos libros que al cabo de varias décadas se han mantenido como piezas valiosas en mi biblioteca: Elogio de Marco Polo de Félix Pita Rodríguez y El hilo y la cuerda de Onelio Jorge Cardoso. Ambos los devoré en pocos días, en una destartalada casa de Miramar que servía de alojamiento a los inquietos participantes en un festival cultural estudiantil. Así, en altas horas de la noche, pude encontrarme con el inolvidable personaje de Francisca, esa anciana que tiene tantas razones prácticas para vivir que nunca puede ser alcanzada por la Muerte, quien se fatiga de casa en casa, de finca en finca, sin alcanzarla jamás.

Imagen: La Jiribilla

Hoy, retrospectivamente, me sorprende un poco que el joven que yo era tuviera sensibilidad suficiente para comprender la altura de aquel relato en apariencia tan sencillo. Por entonces yo estaba fascinado con los orbes barrocos de distinto signo de Lezama y Carpentier y materialmente apresado por los versos de Eliseo Diego. Ese cuento de franco sabor campesino, prosa ligera y desenfadado tono conversacional era lo menos indicado para atraer al aprendiz de escritor que era por entonces.

Confieso que el resto de los relatos de El hilo y la cuerda los he olvidado, pero Francisca continúa acompañándome y quisiera aprender de ella esa ligereza de cuerpo y mente, para hurtar lo más posible el bulto a la Muerte, que no siempre llega a nosotros de modo tan franco y campechano, sino a través de esos insidiosos auxiliares que son la rutina, la vejez, el desánimo.

Por los años en que llegué a tal libro, Onelio era un escritor harto reconocido. Sus cuentos aparecían en las revistas de mayor circulación y tanto el teatro como la televisión ofrecían adaptaciones de algunas piezas suyas, tan repetidas que llegaron a constituir casi lugares comunes: El cuentero, Mi hermana Visia, sin olvidar Un brindis por el Zonzo, que convertido en espectáculo unipersonal lo mismo se reiteraba en festivales de aficionados como aquel en que yo estaba participando, que en puestas profesionales y hasta en programas de la radio.

Por esas fechas vivíamos en lo que después se llamara el “quinquenio gris” y ciertos funcionarios creían que los relatos de Onelio eran simples alegatos contra los males del pasado, sencillos y al alcance de todos. Eran justamente lo contrario de ciertas obras “problemáticas” y, por tanto, debían ser paradigmas para los autores noveles. Todavía en plena década del 80 del pasado siglo, era habitual que en los encuentros de jóvenes narradores apareciera algún dómine con un sermón bien preparado sobre la importancia de que los aspirantes a autores siguieran las huellas de Cardoso y escribieran así, fácil y claro, para ser entendidos por los guajiros y se olvidaran de modelos foráneos, siempre contaminados por la mano sucia del capitalismo.

Esos intentos de reducir y manipular la obra de este creador tuvieron una inevitable consecuencia. Una vez cambiadas, felizmente, las circunstancias culturales, los narradores sintieron que se les abría un mundo nuevo, ese que se anunciaba en los cuentos de Virgilio Piñera, las novelas de Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, en el monumental Paradiso de Lezama, sin olvidar la presencia de Auster, Carver y un largo etcétera. Cardoso pasaba a una especie de castigo en la sombra.

El centenario de este autor debe propiciar una reconsideración de su obra. Por una parte, urge la reedición de sus cuentos, en tanto aquellos supuestamente “completos” que dio a la luz Unión en 1975 ni siquiera lo eran y hoy son una curiosidad bibliográfica. Releerlos nos ofrecerá muchas sorpresas.

Seguramente la crítica social no será el único motivo de interés de estas piezas. Saltará a la vista que Onelio deriva de un movimiento narrativo, aquel que sentó sus reales en las revistas Social y Bohemia de los años de 194… en deuda con Hemingway y otros narradores norteamericanos, pero que ayudó a salir a la luz o a consolidar el prestigio de autores como Lino Novás Calvo, Félix Pita Rodríguez, Carlos Montenegro, Guillermo Cabrera Infante. Cardoso, ganador del premio “Hernández Catá” en 1945, aprendió en aquellas revistas la síntesis, la economía de medios en el desarrollo del cuento, el valor del final inesperado. Sin necesidad de consultar el decálogo quiroguiano, tenía al alcance de su mano un repertorio semanal de ejemplos casi siempre buenos.

Lo otro lo puso su talento. He vuelto sobre algunas de sus piezas más conocidas y descubro en El cuentero y en El caballo de coral, una poderosa capacidad de sugerencia, una altura poética, que no creo que provenga de ninguna estrategia estudiada, sino de la riqueza espiritual que el autor quiere compartir. Cardoso no es únicamente el implacable observador de la precaria vida de campesinos y pueblerinos, sino el hombre que no tuvo una religión pero sí una rica espiritualidad, una fe humanista en algo que no era palpable pero debía, de algún modo, alimentar la vida.

Si algunos críticos contemporáneos se detuvieran un instante ante el cuento “La rueda de la fortuna” se sorprenderían de que en 1957 alguien pudiera en Cuba asociar dos elementos de la cultura de masas: las figuras de yeso del kitsch popular y el cine comercial de Hollywood para mostrar cómo podían convertirse en lentes a través de los cuales alguien pudiera mirar la realidad con un color distinto. Sin saberlo, el escritor parecía anunciar allí algunas preocupaciones posmodernas.

Cardoso ha demostrado ser como Francisca. Si algo en su quehacer nos resulta ya lejano, hay en su escritura muchas incitaciones, muchos nuevos llamados, que siguen jugando a las escondidas con la suprema forjadora del olvido. Que sea así por varios centenarios.

Comentarios

Análisis bien importante para nunca olvidar, gracias Cardoso.

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