Onelio en mí

Marilyn Bobes • La Habana, Cuba

Confieso que Onelio Jorge Cardoso no es uno de mis escritores favoritos. Lo leí en mi temprana juventud y nunca más he vuelto a revisitarlo. Tal vez porque autores más urbanos y cosmopolitas se ajustaban mejor a mis intereses como autora y sus narraciones pletóricas de personajes y situaciones de la vida rural  me parecían demasiado alejadas de un mundo personal que se nutría —y aun se nutre— de experiencias más cercanas a lo que me toca vivir.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, lo recuerdo. Reconozco las virtudes que lo hacen considerar a muchos críticos, especialistas y lectores como uno de los grandes no sólo de la literatura cubana sino también hispanoamericana, al mismo tiempo que sus cuentos permanecen en mi memoria como inolvidables, cosa que no me ocurre con otros escritores que veneré en algún tiempo e incluso ahora sigo venerando.

Recuerdo la tarde de 1973 en que llevé mis primeros poemas al círculo de jóvenes de la entonces Brigada Hermanos Saíz que se reunían cada sábado en la UNEAC. Yo iba de la mano de Roberto Branly. Y cuando digo de la mano habló metafóricamente, por supuesto, ya que fue Branly quien me “descubrió” como escritora cuando yo apenas tenía 17 años.

Llegamos temprano a la mansión de 17 y H y Branly me condujo hacia los jardines de la casona donde un círculo de hombres mayores conversaban amparados por la sombra de los árboles.

Entre ellos estaba Onelio. Y de todos es a él al único que recuerdo. Tal vez porque su tierna reciedumbre me recordó a mi abuelo. Algo había en él de Panchito  Bobes y de la autoridad que emana de los hombres seguros de sí mismos y sin pizca de afectación o paternalismo hacia los más jóvenes.

Eso lo pude comprobar cuando me pidió que le mostrara mis manuscritos. Con cierta timidez se los entregué y el los leyó con profunda atención. Se rió de lo lindo. No porque fueran tan malos que solo pudieran provocar esa reacción. Tal vez lo fueran. Pero Onelio se mostraba encantado ante el desparpajo de aquellos poemas que ironizaban todos los prejuicios que prevalecían entonces ante la sexualidad y otras convenciones morales y que, de vez en cuando, utilizaban malas palabras y otras provocaciones lingüísticas y conceptuales. Puras influencias de la anti-poesía de Nicanor Parra.

Creo que le caí simpática y desde entonces establecimos una relación cordial aunque nuestras diferencias de edades o no sé que otra cosa nunca permitieron que fructificara entre nosotros lo que pudiera llamarse una amistad.

Fue él, como Presidente de la Sección de Literatura (hoy Asociación de Escritores) de la UNEAC quien me entregó el diploma que me reconocía como ganadora del Premio David de Poesía algunos años después.

Claro que entonces busqué sus libros y todavía conservo en mi librero aquel volumen publicado por la editorial Letras Cubanas en 1975 bajo el título de Cuentos. Un libro manoseado y vuelto a manosear ahora por mi madre que se convirtió en una fanática de Onelio, su autor de cabecera junto a Salinger.

Le debo a Onelio y a Salinger el rostro iluminado y la risa benefactora que le ocasionan a la mujer que más quiero en el mundo esos dos autores tan diferentes entre ellos, pero que poseen tal vez algo que no abunda en la literatura universal: sentido del humor.

Si no es Onelio uno de mis escritores favoritos estoy segura que ello se debe a mis limitaciones. Quizá a una estrechez de miras que, sin embargo, no me impide reconocer la poesía que subyace en su escritura escueta, la generosidad y justicia que lo llevaron a dar voz a sus pescadores, campesinos y carboneros, extrayendo de ellos esa vida espiritual que otros  no han sabido o no han podido poner a sus guajiros estereotipados.

Quizá haya autores más valorados como Carpentier o Lezama en nuestro nebuloso canon literario que se recompone por oleadas de acuerdo a las estéticas de las diferentes generaciones. Pero si de algo puede vanagloriarse Onelio es de su capacidad de entendimiento con los lectores, especialmente con aquellos que buscan a un contador de historias capaz de introducirse como un amigo simpático e inteligente en los hogares, los muchísimos hogares donde sus viejas ediciones permanecen como presencia obligada y placentera.

En estos días en que tantos artículos y testimonios han sido publicados para recordar su centenario, he sentido la tentación de releerlo. Quizá una nueva lectura varíe un poco mis reticencias y me ayude a comprender a ese hombre inolvidable, el porqué de mis negativas a colocarlo en mi panteón. Y seguro lo haré. Hasta entonces seguiré agradeciéndole los ratos de placer inmensos que le ha regalado a mi madre.

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