Érase un buen cuentero que amaba a los niños

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

Algo que siempre agradeceré al periodismo es la posibilidad de haberme permitido conocer a muchas personas interesantes del mundo. Me iniciaba en estas lides en el año 80 en el diario Tribuna de La Habana y, cierta vez, al terminar una actividad literaria en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), tuve el placer de conversar larga y despreocupadamente con Onelio Jorge Cardoso, algo que todavía hoy considero un privilegio inmerecido, sobre todo por el largo tiempo que el célebre autor dedicó a un entonces joven y desconocido estudiante que le acosó a preguntas y tejió para él toda clase de conjeturas literarias.

Imagen: La Jiribilla

Amén de ser denominado por entonces “El cuentero nacional”, ya la crítica le consideraba con justicia uno de los pilares fundacionales de la nueva etapa de la literatura dedicada a los niños en Cuba. Pero a la vez Onelio fue un maestro de tantos y tantos autores que en los años 60, desde la redacción del inolvidable semanario Pionero, crearon una de las publicaciones más apreciadas por los muchachos y de la cual saldrían escritores por él formados como Ivette Vian, Froilán Escobar, Magaly Sánchez, Félix Guerra, entre otros.

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Desde sus primeros cuentos, Onelio había manifestado un serio interés por la infancia, interés que rebasaba al niño como pretexto para escribir una historia entre más, sino que prefería tomarlo como protagonista y/o destinatario en muchos de sus argumentos más famosos y valientes, los cuales solían estar ubicados en el ambiente rural, con sus miserias y sufrimientos en una ominosa época de penurias para el campesinado.

Mucha de esta producción fue recopilada en los 80 en un pequeño folleto que para el Ministerio de Educación (MINED) preparó la investigadora Alga Marina Elizagaray y que, bajo el título de Crecimiento (Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1980) devolvía al lector una selección de célebres cuentos de Onelio en los cuales volvía al niño como pretexto de sus historias. Como tantos grandes, él no era partidario de mentirle a la infancia, por eso en los relatos “Caballito Blanco”, “Los tres Pichones” o “El cangrejo volador”, siempre se da un reto al protagonista, determinado conflicto que bien puede ser un viaje lleno de peligros y peripecias, que para el iniciado significa una experiencia de crecimiento, un vuelo más alto hacia las verdades de la vida.

Onelio Jorge defendía como Mirta Aguirre preparar a la infancia para las aristas duras de la vida y eso lo dejaba bien claro en sus libros, llenos de lecciones implícitas y de una moral muy clara. Por eso aconsejaba escribir desde la experiencia personal y no desde el fingimiento de contar por contar.

Es conocida una anécdota suya que Eduardo Heras León siempre relata a sus alumnos del Centro de Formación Literaria que se honra con el nombre del cuentero, sobre el tono que Onelio consideraba debían tener las historias para niños: se refiere al cuento que un adulto le hacía a una niña y que todo el tiempo utilizaba diminutivo tras diminutivo hasta el punto de que, exasperada y molesta, la pequeña había dicho a su madre: “¡Pero, mamá qué historia tan come mierdita!”

Al igual que Andersen con su patico feo o su sirena que muere de amor, el Martí de “Los zapaticos de Rosa”, Hilda Perera con sus Cuentos de Apolo o la propia Nersys Felipe en obras como Cuentos de Guane o Román Elé, Onelio Jorge fue un abanderado en abordar los temas difíciles relacionados a la infancia, tanto en su narrativa para adultos como, por supuesto, en sus pocas —pero muy bien pensadas— historias para los niños.

Cuando aquella memorable tarde conversé con el autor de “Caballo”, cuento que escuchado en su voz era capaz de estremecer a cualquiera —y que siempre me produce la misma renovada emoción de desconsuelo e indefensión hacia la injusticia de lo inevitable— advertí de inmediato su profundo amor y respeto por los niños, pues hablaba de ellos con un gusto y una pasión que en muy pocos adultos he visto.

En realidad, la vida me ha demostrado algo bastante confuso y es que muchos autores que presumen de escribir para la niñez, en realidad no simpatizan con ella, lo cual me resulta bastante contradictorio. Sin embargo, habría que sentir como él, ese mismo respeto y amor, para ser un escritor que, como él, fuera leído, entendido y, por supuesto, amado por alguien que da sus primeros pasos en la lectura y en la vida.

Con su cubanía y jocosidad proverbial, aquella tarde Onelio me destejía anécdota tras anécdota, historia tras historia y uno era capaz de retrotraerse al universo mágico de “El caballo de Coral”, “Mi hermana Visia” o cualquiera de esas historias que transmiten demasiado dolor y sufrimiento, pero también tanta esperanza y deseos de aquel mejoramiento humano del que hablara José Martí.

Imagen: La Jiribilla

Onelio era como sus historias: auténtico, sencillo, lleno de anécdotas y vericuetos argumentales, siempre con una palabra ocurrente y agradable a flor de labios, poseído por ese candor natural de los humanamente grandes en verdad y remiso a dejarse influir o sentirse alguien especial en virtud de su digno oficio de escritor. Se puede decir que era un hombre bueno en esencia. A la vez, cuando le escuchabas, de su voz salían recuerdos con ancestral olor a campo y a sudor y a llanto, pero con aroma a viento y a mar, con esa espuma metida en los ojos y un cielo alumbrando el universo, como solo pueden tejer los soñadores.

Su primera entrega para la infancia fue La lechuza ambiciosa (publicado por el Departamento de Cultura del Gobierno Municipal Revolucionario, Santa Clara, en 1960). Luego aparecen Tres cuentos para niños (Editorial Gente Nueva, La Habana, 1968); Caballito blanco (Editorial Gente Nueva, La Habana, 1974) —y de la que hay muchas ediciones posteriores, en Cuba y en el extranjero—; Los indocubanos (Editorial Gente Nueva, La Habana, 1981); su noveleta Negrita (Editorial Gente Nueva, La Habana, 1984, Premio La Rosa Blanca, 1985); Dos ranas y una flor (Editorial Gente Nueva, La Habana, 1987); El canto de la cigarra (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2002); Los tres pichones (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2006) y por último, El caballo de azúcar (Antología de cuentos publicada por la Editora Abril, La Habana, 2006).

Imagen: La Jiribilla

Creo que este hombre, que se alejó de nosotros prematuramente dejándonos un 29 de mayo de 1986 a los 72 años, es un ejemplo de esa humildad que no siempre uno encuentra en otros creadores. Me gusta recordarlo sonriente, con sus espejuelos de brillos desencontrados, su mirada franca, diciéndome aquella frase memorable que he tomado como axioma en mi vida: “Un poco quiero decir al niño que hay que enfrentarse, defender las ideas y a los padres que se dediquen a la educación moral y no carguen la mano en cuanto a imponer una senda a los hijos, una convicción si ellos tienen la suya o un amor por determinada cosa...”. No podría imaginarme hoy a Onelio pugnando por la tarifa más o menos alta que le paguen por alguno de sus libros, cuestionando su lugar en tal o cual antología o feria internacional, o haciendo gala de su gran y laureada obra entre los más jóvenes con la vana intención de impresionarlos. Onelio volvería una vez más a los talleres literarios para transmitir sus experiencias sin exigir el pago de una resolución 35, acompañaría a todos sus colegas en momentos buenos y malos y mantendría por siempre esa alegría innata de quienes consiguen ser felices con muy poco, porque saben que hay un universo promisorio detrás de cada palabra escrita, pronunciada o que siquiera se piensa. Por eso, cuando hace apenas dos años Eldys Baratute propuso a Gente Nueva la selección Vuelve a cantar la cigarra, que congregaba a autores que se inspiran en sus personajes y en el ambiente de alguno de sus cuentos, me pareció que era el mejor tributo para quien trabajó tanto por la literatura y la juventud cubana.

Definitivamente, Onelio Jorge Cardoso era alguien de posturas firmes como un gran árbol, de esos que crecen solos y erguidos en medio del monte, que soportan huracanes y cataclismos de toda índole, que buscan alzarse mirando hacia la luz que viene de lo alto y que resisten cuanto venga (sea el fuego o sea el agua), porque su madera es de las más fuertes y genuinas, de esa que, por desgracia, ya casi no abunda.

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