Onelio en la memoria

Eduardo Heras León • La Habana, Cuba

Ha sido necesaria la conmemoración del centenario de su natalicio, para que la figura y la obra de este gigante de las letras cubanas comience a ser recuperada por el pueblo que aprendió a disfrutar de sus maravillosas historias desde la década de los años 40. ¿Quién que haya leído los cuentos de Onelio no atesorará en ese lugar del espíritu donde se guardan las cosas entrañables, la emoción contenida, el hálito poético, la profunda sabiduría que penetra por nuestros sentidos para enriquecer nuestras más viscerales experiencias?

Para mí que lo conocí y disfruté de su amistad, que recibí en su propia voz, los más disímiles consejos para la vida y para el oficio de escritor, hablar de Onelio es como convocarlo a que nos acompañe en la diaria labor de creación, es tenerlo aquí cerca compartiendo nuestras cotidianas preocupaciones, como el amigo que siempre quisimos tener, como el escritor que siempre quisimos admirar.

Lo  conocí  en 1968, presentado por mi hermano de afanes y esperanzas Germán Piniella, estudiante de la Escuela de Periodismo como yo. Germán había publicado un cuento en la revista Bohemia y sorpresivamente Onelio había escrito una nota elogiosa sobre el cuento en el periódico El Mundo. Sorprendido y estimulado por aquella generosidad, German lo contactó de inmediato para agradecerle y apenas unos días después nos llevó a conocerlo. Onelio era en aquella época un verdadero dios para nosotros y  conocerlo era un regalo que la suerte nos concedía y que iba a resultar decisivo para nuestra formación de escritores. Todavía no repuestos de la emoción, nos sentamos junto a él en el portal de la UNEAC y de repente, aquel hombre de pico fino comenzó a contarnos historias y aquel portal comenzó a tomar vida, a poblarse de seres creados por su imaginación y animados por la magia de su palabra, y desde ese momento nos ganó para siempre.

Guardo entre mis más preciados recuerdos los viajes que dimos juntos a varias provincias, donde, a pesar de que él me insistía todo el tiempo para que leyera alguno de mis cuentos, yo prefería presentarlo a él, escuchar  su voz grave y su inconfundible entonación pausada que cautivaba la atención del auditorio. Siempre recordaré una visita al preuniversitario de Colón, en Matanzas (esta anécdota la he contado otras veces, pero no me resisto a la tentación de repetirla). Esa mañana habíamos visitado una fábrica de tabacos y si no recuerdo mal, una cooperativa. Cuando llegamos al pre, eran alrededor de la una y treinta de la tarde y rápidamente entramos al aula del 12 grado, repleta de estudiantes un tanto inquietos por la tardanza. Onelio y yo habíamos acordado que él leyera “El caballo de coral” en tanto que yo lo presentaba, lo que hice de inmediato. Como se sabe, el cuento no es muy breve, diríamos una media hora de lectura que Onelio aceleró un poco por la hora. Pues bien, al terminar la lectura con la famosa frase “el hombre siempre tiene dos hambres”, yo les pregunté a los alumnos si alguien quería hacer algún comentario. Por el fondo del aula, un joven levantó la mano,  pidió la palabra y dijo lo siguiente: “Mire, Onelio, a usted nosotros lo admiramos mucho porque hemos leído y estudiado algunos cuentos suyos en la clase de Literatura; incluso ese que usted leyó, ya lo conocíamos. Y entonces, yo quería pedirle algo: usted dice en el cuento que un hombre siempre tiene dos hambres, pero mire, ya son las dos de la tarde y nosotros tenemos no dos, sino tres hambres, ¿podemos irnos?” No tengo que decir que Onelio les dio el permiso en medio de una salva de aplausos.

Esa misma noche en Colón, nos separamos: yo iría a realizar una lectura de mis cuentos en una granja de presos políticos y Onelio asistiría a una sesión de un taller de decimistas reunido en la propia casa del asesor literario. Yo me fui a mi lectura, que no pude efectuar porque al llegar me esperaba el director para decirme que todos los reclusos estaban esperándome en el comedor para mi charla sobre el 10 de Octubre de 1868. Casi en el preámbulo de un  infarto, le dije: “Pero yo vengo a leer los cuentos de mi libro La guerra tuvo seis nombres”. “No, me respondió él, aquí tengo la carta que me enviaron donde dice que usted va a impartir la charla sobre el Grito de Yara. Y bueno, prepárese porque esos presos se saben muy bien la historia de Cuba”. Tuve que cumplir la encomienda como pude, aunque el resultado fue satisfactorio.

A mi regreso me llegué al taller de decimistas. Cuando entré en la casa del asesor literario, en la amplia sala, estaba Onelio sentado, yo diría que casi acostado, en un largo sofá, y rodeado como por cerca de 15 campesinos decimistas. Uno de ellos le decía: “Mire, Onelio, ahora va lo que el marrano le dijo a la puerca”, y soltó la décima. “Y ahora, lo que la puerca le contestó al marrano”, y allá fue la otra décima. E inmediatamente, se adelantó otro decimista: “ahora, el drama de la yegua con los dos caballos que querían montarla” y un nuevo par de décimas. Onelio, al borde del suicidio, me hizo una seña para que me acercara, y cuando me incliné sobre él, me dijo suplicante: “Chino, por tu madre, sácame de aquí”, cosa que hice inmediatamente aduciendo el cansancio de Onelio, que me dijo al salir: “Dios mío, faltaban como diez todavía”.

Anécdotas como éstas, nos acercaron mucho en esos años. Cuando cumplió los 70, el Instituto Cubano del Libro (ICL) organizó un panel homenaje en el cual participamos  Denia García Ronda, su exégeta mayor, Josefa Hernández Azaret (ya desaparecida) y yo. Allí leí un texto, luego publicado en Revolución y Cultura, que titulé: “Eh, taita, diga usted cómo”, que a él le gustó mucho. Así me lo dijo, casi llorando, al darme un conmovedor abrazo. Poco tiempo después, nos fuimos al centro de la Isla, a Cruces, Cienfuegos y algún otro municipio. Y  cada vez que llegábamos a un nuevo lugar,  él me hacía un guiño de ojos y ya yo sabía lo que tenía que hacer: una nueva lectura de mi trabajo. “Chino, es que me gusta mucho”, me decía sonriendo como un niño después de una travesura.

Así era Onelio. Así lo recuerdo yo.  Como recuerdo una de las más valiosas lecciones del oficio que me hizo conocer en esos años, bien duros y difíciles para la cultura y la literatura cubanas. Eran los tiempos en que se discutía mucho acerca de la conveniencia o no del panfleto y el antipanfleto en la literatura; de la intromisión explícita de la ideología en la obra literaria, y otros entuertos. Pues bien, uno de esos días, cuando discutíamos el asunto con bastante vehemencia, él nos dijo: “Usted puede hacer un cuento que se llame “Patria o Muerte”, a condición de que jamás mencione esas palabras en el texto. Lo fundamental es que el lector, al terminar la lectura, se diga por dentro: Patria o muerte.  He ahí la clave del asunto”.

Entonces, ¿cómo no recordar a este hombre, a este grandísimo artista que escritores como Mario Benedetti o Gabriel García Márquez, entre muchos otros, admiraban sin reservas? ¿Cómo no rescatar una obra que inexplicablemente está siendo olvidada por sus contemporáneos y por los más jóvenes narradores? Esta tarea de rescate, de revalorización es de todos nosotros. Por lo pronto, desde hace más de 15 años, un Centro de Formación Literaria, por el que han pasado más de 800 jóvenes narradores, lleva su nombre, como perpetuo homenaje a su memoria.

Porque Onelio Jorge Cardoso tiene aún mucho que decirnos.

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