Truffaut, deleite y remate del cine francés

Joel del Río • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo

El cine francés, como promedio, se ha vuelto al parecer mucho menos visceral y trascendente de lo que antes era, de acuerdo con lo que hemos podido comprobar en el más reciente Festival consagrado a nuevas producciones de aquella nacionalidad. Y la sentencia, que reconozco suena a epigrama de vejez nostálgica, con un viso reaccionario, tiene que ver con la simple comparación entre todo lo nuevo que hemos visto en estos días, carente por lo general de hondura y de novedad, y varios de los mejores filmes de François Truffaut incluidos en una retrospectiva antológica y de homenaje.

Imagen: La Jiribilla

Ya sé, ya sé que la comparación es teórica y epistemológicamente incorrecta. También estoy al tanto de que ni en París ni en Pekín ni en La Habana debiera el espectador vivir añorando las glorias de otrora, porque puede ser que deje pasar inadvertidos pequeños milagros que siempre nos regala el presente, si sabemos mirarlo con atención. Pero si me preguntan cuáles son mis recomendaciones para este Festival, sin dudar mencionaría varios títulos de Truffaut capaces de garantizar el deleite sorprendido a quienes no los conocen, y la agradable revisión en pantalla grande para quienes ya los vieron.

Entre los filmes de Truffaut que debiera ver cualquier espectador deseoso de entender la grandeza y singularidad del cine francés desde la nouvelle vague  (a finales de los años 50) hasta el momento del llamado nuevo look, a principios de los 80, deben mencionarse esa enorme declaración de amor al cine, La noche americana (1973) en la cual el actor Jean-Pierre Leaud se pregunta si las películas son más importantes que la vida. Y uno pudiera pensar que para Truffaut la respuesta era siempre afirmativa, a partir de que el cine era para él la manera de comunicarse con los demás, era una pasión compartida, un modo de reafirmar el arte y la cultura, de ratificarse como ser humano sensible e inteligente. Pero a pesar de todo ello, Truffaut amaba mucho más los placeres de la existencia que a las películas.

En un conocido artículo titulado La vida es tan corta, el cineasta asegura que el gusto personal dicta las elecciones y decisiones que implica hacer una película, a partir de un acto emocional que pone en juego sensibilidad e intuición. Con la firmeza que siempre caracterizó sus criterios, incluso los que estaban totalmente equivocados, el cineasta afirmaba que le parecía “un error creer que un cineasta es alguien que tiene algo que decir. Una película de 90 minutos dice muchas menos cosas que un artículo periodístico de tres mil palabras. Por otra parte la realización de una película dura ocho semanas para rodar no más de dos o tres minutos útiles cada día. Así pues, cualquiera que solamente desee entregar un mensaje urgente comprenderá enseguida que le resultará más eficaz la acción social, política o el periodismo”.

Imagen: La Jiribilla

En el párrafo anterior se vehiculan las principales opiniones de Truffaut sobre el alcance y las limitaciones del llamado séptimo arte. Puede decirse que el cineasta hacía películas como un acto confesional y de agradecimiento, más que con el fin de construir un espectáculo o de compartir ideas. Las películas de Truffaut aparecían colmadas de citas y homenajes, por ejemplo a Chaplin y a Renoir en la atrevida relación triangular que se establece en Jules et Jim (1960), La novía vestía de negro (1967) regresa el encanto medio equívoco de Jeanne Moreau y se inspira en Hitchcock, Dispárenle al pianista (1961) y Que viva el domingo (1983) reinterpretan con ironía burlona el cine negro norteamericano, pero cada préstamo y alusión aparecía naturalizada por una profunda cultura cinematográfica, asumida sin ningún complejo de inferioridad.

Su estilo siempre fresco, espontáneo y directo se materializó sobre todo en la serie de cuatro filmes casi autobiográficos en los cuales Jean-Pierre Leaud interpreta al alter ego de Truffaut, llamado Antoine Doinel. El actor aparece con 12 años en un reformatorio, tal y como le ocurrió al cineasta, en Los cuatrocientos golpes (1959), luego crece y se enamora (Besos robados, 1968), se casa y tiene un hijo (Domicilio conyugal, 1970) y finalmente se divorcia y se convierte en escritor (El amor en fuga, 1978). La naturalidad y sencillez de estas películas ocultaba a veces los traumas del ser humano en un camino hacia la adultez sembrado por la pérdida de inocencia, el abandono o la falta de afecto, y la dificultad para encontrar y sostener el amor.

Muy pocos cineastas, de los llamados autores, muestran una obra tan diversa en cuanto a tema y estilo como Truffaut, desde la pesadilla futurista y distópica de Fahrenheit 451 (1966), su primer trabajo en colores, hasta la reconstrucción epocal, a golpe de candelabro y melodrama que es La historia de Adele H (1975), con una Isabelle Adjani en perenne estado de infinito desamor. Hacia el final de su obra, rindió homenaje al teatro y ambientó en tiempos de la ocupación nazi El último metro (1980), en la cual se explora uno de sus temas favoritos: los límites entre el arte y la vida, entre la realidad y la ficción.

Imagen: La Jiribilla

Al igual que en muchos otros autores, franceses y extranjeros, Truffaut solía trabajar con un equipo fijo de colaboradores. George Delerue compuso algunas de las bandas sonoras musicales más agresivamente románticas con que cuenta el cine para Dispárenle al pianista, Jules et Jim, Piel suave, La noche americana, El amor en fuga y La mujer de al lado. Y la cinefilia casi obsesiva de Truffaut le valió para utilizar varias piezas de Maurice Jaubert, quien había muerto en combate durante la Segunda Guerra Mundial y le había puesto música a varias películas francesas de los años 30, en  L’Histoire d’Adèle H., L’Argent de poche, L’Homme qui aimait les femmes y La Chambre verte. En esta última puede apreciarse una escena, que ocurre en una habitación llena de fotos, donde se percibe claramente un retrato de Jaubert. Además de Delerue y Jaubert se cuentan entre sus colaboradores más asiduos Suzanne Schiffman, asistente y copartícipe de toda la vida, y el director de fotografía Raoul Coutard, cuyo estilo visual definió no solo un estilo para Truffaut sino para varios de sus colegas de la nueva ola.

Las películas de Truffaut respiran entusiasmo, lucidez, libertad de expresión y sobre todo transparentan el deseo del autor por conservar cierta inocencia irremisiblemente extraviada, de ahí el amor por los personajes muy jóvenes que protagonizan la mayor parte de sus películas. Quizá fue extremista y fanático aquel crítico que aseguró tajante “Truffaut es el cine”, pero a veces, en estos días por ejemplo, cuando su obra regresa a las salas en Cuba, uno está tentado a darle la razón.

Imagen: La Jiribilla

 

 

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