Tres erres esperanzadoras para el teatro
de títeres

María Laura Germán • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de la autora
 

Reconocimiento

Es bueno saber que no somos los únicos titiriteros del mundo. Respetar la tradición está bien. Está muy bien. Y lo aplaudiré siempre. Pero esto no significa que sigamos bailando el areito…

(Pausa. Transición.)

Este inicio parece el comenzar de una apología hacia el eurocentrismo, pero no se trata de eso. La historia comienza así:

En el recién (exitosamente) culminado 11no Taller Internacional de Títeres de Matanzas, estuvo presente Joan Baixas impartiendo un taller con el nombre: “El cuerpo en ascua: material de base para la animación de títeres”. No quiero ahondar sobre lo importantes que son estos espacios de confrontación e interrelación profesional porque es algo que ya todos sabemos (y que me haría quedar como una tierna graduada universitaria que recién descubre la experiencia, sin contar las líneas que me ahorro…), pero al tercer día de ejercicios, justo cuando todos pensábamos que íbamos entendiendo todo, Joan Baixas se sentó frente a nosotros y dialogó sobre la importancia no solo del impulso y la creatividad, sino de la información actualizada y el descubrimiento de las nuevas tendencias modernas en todas las manifestaciones.

Imagen: La Jiribilla

Por supuesto que los cubanos siempre justificaremos las deficiencias (aunque luego en la soledad lo pensemos mejor) y aquello del bloqueo y la falta de internet nos favorece mucho en estos casos, pero la realidad es que al salir todos nos miramos diferente; como si entender que con tan solo honrar la raíz no significa que estemos haciendo buen teatro, nos hubiera movido por dentro.

Es común en la práctica de los titiriteros que confluyen en el taller internacional, apreciar a lo largo de los dos años que le siguen un estreno con el sello de “los talleristas más destacados”, pero ¿de qué nos sirve el intento si se queda en la mera reproducción de lo aprendido? ¿De qué sirve honrar las raíces si el cuerpo y la mente no las comprenden en totalidad, o si no logramos que el público las reciba acorde a una nueva era en la que el teatro (también) tiene nuevos códigos?

Creo indigna (totalmente) la traición a las fuentes de donde bebimos para hacernos fuertes; no estoy hablando de eso. Estoy hablando del abuelo muerto que casi todos tenemos: el que nos contaba las leyendas o el que nos arrastraba por la piedras para llevarnos al baño; ese al que ahora debemos agradecer las fortalezas de las formas que corresponden a nuestro tiempo; y puede que estas no sean precisamente las que nos enseñaron nuestros antecesores.

Renovación

En una de las funciones que presencié los títeres de guantes contaban una historia sin muchas complicaciones en la que un pirata español intentaba robar el oro de Latinoamérica. Al concluir, la madre de la familia titiritera habló a niños y padres de la importancia de esta historia que contaban, que resultó abordar temas sobre violencia de género, la importancia de la mujer en la salud social de los pueblos de América, la honestidad… “Está bien, me dije, es un discurso bonito y emotivo”.

Imagen: La Jiribilla

Pero a los padres y los niños que estaban allí, ¿les habrá funcionado igual ver a esta señora emotiva, o lo habrán traducido como un discurso que retarda la función 15 minutos más?

No estoy hablando de prostituir el arte en dependencia de las exigencias del público (al que conocemos bien, o debemos hacerlo, y muchas veces no concuerda con nuestro “público ideal”), sino todo lo contrario. Estoy hablando de seducir al público a la misma velocidad que puede hacerlo “la película del sábado”, y esto no ha de ser necesariamente con violencia, sexo y lenguaje de adultos.

Siempre he valorado a Les Luthiers por sus fórmulas humorísticas inteligentes; porque odio que los artistas se aprovechen de la fragilidad del público hacia la política, y desaten, uno tras otro, los mismos gags que han funcionado durante toda la historia del teatro cubano. Siempre he valorado a Lope de Vega, porque realmente sabía untar lo culto de popular, y viceversa, sin manchar siquiera los bordes. Siempre he valorado a los discípulos que, saliendo de la falda del maestro, se reconocen libres de homenajear su arte mediante una nueva destreza.

No se trata de período especial, genocidio o bloqueo. Se trata de algo más. Se trata de imaginación y (otra vez) de reconocimiento. Se trata de observar y canalizar esa sensación de superioridad, igualdad o inferioridad en una obra de arte de entereza creativa. No hemos de mirarnos solos al espejo, sino mirar el espejo de los otros, colocar el espejo ante el público y saber lo que este mira cuando sale del teatro, romper el espejo, recomponerlo e intentar reconocernos entre los trozos que quedaron sin azogue, y volverlo a romper si fuera necesario. Claro que el espejo nunca será el mismo; cuando entendamos eso, entonces descubriremos otra forma de mirar.

Respeto

Lo más bonito era el tono de su voz. La pausa que disfrutaba antes de acometer. La sabiduría con que demostraba desde la humildad que estaba de vuelta de todo. El tiempo que nos concedía para crecer. De ese modo nos respetaba, sin importar la distancia que existiese entre él y nosotros.

Lo más bonito fue ver tanta gente unida. Tantas palabras dedicadas a enorgullecernos de lo que hemos logrado. La fe que se destilaba en cada función. El sudor nervioso por el momento histórico. La fraternidad titiritera.

Aún así hubo disturbios. Aún así hubo guerra. Aún así siguió teniendo el teatro esos gérmenes que lo han hecho trascender por los tiempos de los tiempos: la burla, el escarmiento, la ironía. Y siguió siendo la catarsis un impulso más o menos airado, pero siempre muestra de confrontación. Y eso también fue hermoso.

Descubrir que mantienen nuestros escenarios esa luz de reconocimiento, renovación y respeto, me hizo feliz. Olvidé la tristeza momentánea que siento cuando me parece que alguien me regaña, y la transformó en estas palabras: en tres erres esperanzadoras para los títeres.

Es bueno saber que no somos los únicos titiriteros del mundo. Respetar la tradición está bien. Está muy bien. Y lo aplaudiré siempre. Pero esto no significa que sigamos bailando el areito… Y nuestro abuelo, donde quiera que esté, lo entenderá

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