Teatro

Muerte por agua en Mayo Teatral

Fernando León Jacomino • La Habana, Cuba

La primera etapa de programación del Mayo Teatral 2014 nos trajo el espectáculo boliviano Hamlet de Los Andes, con dirección de Diego Aramburo y diseño escenográfico del también actor Gonzalo Callejas. Se trata de una puesta en escena de largo aliento y grandes pretensiones que destaca, en primer lugar, por la funcionalidad de los elementos que ocupaban el amplio escenario del Teatro Mella, apenas acotado en los laterales por dos filas de telas verticales, traslúcidas y giratorias que juegan un  papel decisivo en las transiciones de un ambiente teatral a otro.

Imagen: La Jiribilla

El predominio del color negro es contrastado a voluntad con la piel de los protagonistas, bien iluminada, y con algunos elementos de metal plateado que tan pronto evocan el contexto original de la obra como ridiculizan los más corrientes utensilios domésticos del presente. Tales objetos complementan y enfatizan la agresiva presencia del aluminio opaco empleado para el principal y casi único elemento escenográfico: la mesa que sostiene al padre muerto al principio de la obra y que devendrá pórtico, altar, despeñadero, cruz, pesada carga, trampa y mesa de disección para Ofelia, muerta por agua.

Lo más interesante del trabajo actoral, atendible en muchos aspectos, es la capacidad de los intérpretes para desarrollar simultáneamente y con gran verosimilitud los dos planos de sentido que integra la puesta en escena. Deleita mucho el discurrir natural de escenas en las que se trasluce la narración original de William Shakespeare sugerida apenas, trenzada con vida y milagros de las personas que protagonizan el hecho escénico, en pugna con sus respectivos roles artísticos y hasta con la historia reciente del colectivo teatral.

La concepción del espectáculo es de una eficiencia verbal y física y a la vez de una amenidad muy poco frecuentes en nuestro ámbito escénico y, por eso mismo, modélica y disonante con la presencia relativamente escasa de teatristas cubanos en la enorme platea del Mella. Los intérpretes Alice Guimarães, Gonzalo Callejas y Lucas Achirico, que además asumieron, con similar acierto, la mayoría de las especialidades del montaje, dictaron cátedra sobre la organicidad y el compromiso con un texto complejo y manido, recontextualizado a su imagen y semejanza y manipulado desde una sobriedad que elude o parodia la pompa retórica del original.

Imagen: La Jiribilla

De forma casi siempre inesperada, la obra nos va presentando los pasajes más reconocibles de la conocida tragedia, sin sucumbir a la tentación de recitar una vez más las grandes tiradas de textos que tantas veces hemos escuchado, especialmente el famoso monólogo de Hamlet, que recibe aquí tratamiento coral y se diluye en la referencia al propio Teatro de los Andes y los avatares de su supervivencia.

Es muy funcional también el trabajo coreográfico y de vestuarios, que alcanza su plenitud cuando muchos hombres de negro trasiegan de un lado a otro del escenario, tributando paralelamente a la tensión del relato y al delicado sentido del humor que caracteriza al montaje. Pero aún así, a veces le queda grande al grupo boliviano la enorme explanada del Teatro Mella, sobre todo cuando los actores se ubican juntos al centro del escenario y la acción dramática abusa de los planos horizontales, en especial de aquellos que transcurren bajo la mesa, a nivel de piso.  En este sentido, la muerte de Polonio constituye el momento menos logrado de la puesta en escena, ya que se soluciona de forma pueril y se ubica a medio camino entre la verosimilitud y la parodia, contrastando así con la urdimbre coreográfica que caracteriza al resto del montaje.  

Otra relación forzada y por momentos grotesca es la que se establece entre el cuerpo muerto del padre y los trozos de carne colocados sobre su rostro, al principio de la obra. Más allá del ademán canino, que Callejas intenta subrayar, tales acciones no alcanzan la fluidez ni el sentido que caracterizan a las escenas subsiguientes, comprometiendo así su posible enlace con la carnalidad que se deriva de la relación adúltera entre la madre y el tío de Hamlet.

Imagen: La Jiribilla

Otro aspecto a destacar es la belleza de la banda sonora, dirigida por Lucas Achirico y la organicidad de su ejecución en vivo, respaldada por Helder Rivera. La diversidad de ritmos, géneros y estilos de interpretación, y su tratamiento lúdico y por momentos farsesco, así como la coexistencia armónica de música grabada y ejecución en vivo, convierten al diseño sonoro en un lenguaje paralelo, que se cuestiona creativamente la relación entre lo local y lo universal poniendo a dialogar, siempre en función dramática, a instrumentos de muy diversas procedencia; lo cual refuerza la pertinencia del conflicto para un contexto como el boliviano, aparentemente tan distante del original.

Sin embargo, nada merece mayor alabanza en Hamlet de Los Andes que su artesanía teatral y la capacidad probada de todo el equipo para obtener el máximo de sentido de cada uno de los elementos y su manipulación. Es evidente que el montaje fue de mucho trabajo y de mucha inconformidad con los lugares comunes de la acción teatral. La precisión con que se maneja cada objeto y la explotación de sus potencialidades en su papel de nexo entre personajes y cadenas de acciones otorgan a la representación una densidad que alcanza su punto más elevado en la cama de agua donde languidece Ofelia, muerta como en el original shakesperiano y a la vez símbolo de un universo en decadencia que amenaza con mojarnos a todos.  Ofelia y las dos perlas de su mirada no vienen sino a corroborar lo que desde un principio se sospechaba: Hamlet no es más que un simple pretexto para hablar de un país, de un continente, de un mundo que nos implica y compromete, incluso más allá de nuestra voluntad.  

Imagen: La Jiribilla

Por suerte, falta mucho por disfrutar del Mayo Teatral 2014, pero aún si así no fuese, estas tres jornadas de teatro boliviano pagarían con creces los desvelos que hacen posible la más coherente y esperada de nuestras temporadas teatrales.

Imagen: La Jiribilla

 

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