Sueños y despertares en mayo
de Roberto Fernández

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Miércoles, 28 de Mayo y 2014 (10:46 am)
Fotos: Cortesía del autor
 

Roberto nació en mayo y en ese propio mes quedó dormido para siempre el pasado día 25. Lo primero que salta en mi memoria de Roberto Fernández Acosta es su peculiar manera de hablar, una voz clara y recta. Dicen algunos que era refunfuñón y peleonero, yo solo conocí su singular ironía y la retentiva poderosa de su mente para evocar sucesos y recuerdos pasados. Serví de puente entre él y Zenén Calero, en los años 90, para que ambos hicieran Román y Julieta, de Oscar Von Pfhull, un autor latinoamericano que conocía muy bien, pues de él también llevó a escena, con mucho éxito, Don Chicote Mula Manca y su fiel escudero Ze Chupanza. Fue un director correcto, de un gusto refinado; solo baste recordar su tierna concepción de la obra Pluff el fantasmita, de la brasileña María Clara Machado, ganadora de diversos reconocimientos en la década dorada del títere cubano. La eficaz versión para retablo de El flautista de Hamelin, la elegancia de su montaje La linda durmiente según el texto de Ignacio Gutiérrez, o La infanta que quiso tener ojos verdes (su última producción con el diseñador Jesús Ruíz, cuya unión creativa por muchos años fue siempre imbatible), entre otras puestas en escena realizadas en su larga vida teatral.

Imagen: La Jiribilla

Del teatro de actores al retablo transcurrió su vida. Fue un joven al que le gustó el olor de los telones, la iridiscencia de las luces y las voces colocadas de los intérpretes dramáticos. Amigo de Pepe Carril, Miguel Navarro, Liliam Llerena, Florencio Escudero o Roberto Blanco; colega de Modesto Centeno, Ramón Peláez o Reynaldo de Zúñiga, se apasionó desde los lejanos 50 con la magia de las tablas. Comienza al frente de las luces y del sonido, en una época bien difícil para mantener entusiasmos que no generaran seguros dividendos económicos. Allí, entre títulos de comedias, melodramas y tragedias, se formó su sólida visión teatral. En la experiencia de otros  encontró su propia práctica, su crecimiento como director de escena, para luego comandar, en 1961, el Teatro de Muñecos de La Habana, una de las compañías titiriteras que iluminaron la capital con su trabajo.

Nuevos modos que conoce  en la Europa socialista dinamitan su poética de trabajo, al tiempo que asume importantes responsabilidades relacionadas con el teatro de figuras y el teatro juvenil. Establece una relación amistosa y laboral con Nicolás Loureiro,  prestigioso actor y diseñador uruguayo perteneciente a la compañía El Galpón.  Se codea con creadores noveles como Tito Junco o Pepe Santos, nombres imprescindibles en nuestra historia dramática posterior. Su faena directriz lo conmina a relacionarse con los grupos de toda Cuba, con los cuales colabora, asesora o sugiere líneas de creación, hasta la llegada de la tristemente conocida “parametración”, que lo lleva a alejarse del retablo no por mucho tiempo.

Imagen: La Jiribilla

Armando Morales, Lázaro Duyos, Xiomara Palacio y Ángel Enrique Díaz en Don Chicote Mula Manca, 1987.
 

El teatro de calle, el de gran formato, los musicales o montajes puramente titiriteros conformaron el amplio espectro de su indiscutible talento. Del dramaturgo y director francés Moliere brincó a la gracia andariega de Javier Villafañe, para llegar luego hasta la criolla Dora Alonso. Fernández marcó fuertemente con su obra la década de los 80. Estrenó un título tras otro, con obras donde brillaban a la par los actores en vivo y los personajes animados. Ilusionó a todos sus contemporáneos en los 90  con la anunciada puesta de Los aretes que le faltan a la luna, una pieza del jovencísimo dramaturgo Joel Cano, la cual a pesar de tener hechos los diseños y una concepción general del espectáculo, nunca llegó a realizar.

Una vida es un tren de acontecimientos claros y oscuros, cuyo rumbo único puede dejar huellas o no. Los trazos de la existencia de Roberto Fernández pertenecen a los bronces o el maderamen del gran retablo nacional. No fui nunca su amigo personal, aunque siempre que pudimos intercambiamos palabras respetuosas y entusiastas. Fui responsable de su homenaje junto a Jesús Ruíz en el III Taller Internacional de Títeres de Matanzas, en 1998. Luego le celebramos un cumpleaños coincidiendo con la exposición que Jesús hizo en la galería yumurina El Retablo, donde gran parte de lo mostrado fue realizado durante sus muchos años de trabajo con Roberto. Su firma vive indeleble en mi evaluación como director artístico. ¿Quiénes de los que conocieron a Roberto Fernández y se acercaron a él, no recibieron sus consejos jocosos o iracundos y un grato impulso para seguir el camino de la titerería? Entonces, definitivamente no está dormido.

Roberto nació en mayo y en ese propio mes quedó despierto para siempre el pasado día 25.

 

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