José Ibáñez Noriega: Chicho “con su tres”

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

De él se dijo que era difícil realizar una “valoración correcta de tan compleja e insólita personalidad, en la cual se conjuga y sintetiza un conjunto de vivencias culturales ancestrales…”.         

La opinión la vertía nada más y nada menos que el maestro Odilio Urfé, y el centro de tan raro elogio era  el tresero y  compositor José (Chicho) Ibáñez Noriega, un músico popular cubano, nacido el 22 de noviembre de 1875, en la localidad de Corral Falso, municipio Pedro Betancourt, en la provincia de Matanzas.

Discípulo del tresero Eduardo Fusté, Chicho Ibáñez recorrió, con una vida intensa, un largo panorama de la música popular, tanto como los 112 años que vivió, en un país donde no escasean trovadores longevos, encabezados por el enorme Sindo Garay [1].

El maestro Urfé, pianista y musicólogo —profesor de Historia de la música cubana en la cátedra de musicología del Instituto Superior de Arte— no habría sustentado una caracterización sobre Chicho Ibáñez por pura cortesía. Aún más, dijo del viejo trovador que devenía en “un recipiendario profundo e inagotable de muchas cosas vistas, oídas y protagonizadas a lo largo y ancho de su Cuba querida”.

Joven y parrandero iba a sonar su tres por las colonias de cañas de la zona, a cuanto guateque rompiera el bregar diario. Pero eran tiempos complicados y Chicho Ibáñez se fue a la ciudad de Cárdenas, en la propia Matanzas, donde integraría el grupo Peonía y el de Benito Tumborombo. Como los viejos juglares, su peregrinar lo llevó más al este y en la ciudad de Ciego de Ávila trabajó en un restaurante de ambiente español llamado El Baturro, donde era común ver y oír a aquel joven negro y flaco interpretar aires portugueses y gallegos en folías y muñeiras.

¿Cómo aprendió a interpretar géneros tan disímiles? Esto pudiera ser tema para una compleja investigación, para la que ya no se podrá contar con el protagonista, pero el maestro Urfé asegura que esa síntesis de vivencias ancestrales iban desde “…el punteado característico de los tañedores de la España medieval, renacentista y barroca, al  peculiar despliegue rítmico de los tocadores de balafón guineano y la kimbila bantú, desde los melismas árabes y el pregonero andaluz a los tonistas de los coros de guaguancó, desde los tientos cabezonianos a los pasacalles de un bolerista a lo Sindo Garay o a un bolerosonista como Miguel Matamoros, desde elementos peculiares del lirismo de un Guarionex Garay y un Benny Moré al colorido  inconfundible  de un enkamista abakuá…”.[2]

Sin embargo, José (Chicho) Ibáñez Noriega es desconocido hoy.

Su estilo de vida un tanto bohemio también lo había llevado, en 1906, por tierras guantanameras, a sonar el ritmo del changüí. Dicen que por tierras del Guaso le dedicó un  son a Luis Toledano, “inventor de patines para deslizarse sobre las aguas” y en cuyas divertidas estrofas advertíanLuis Toledano se cree /Que el agua es tierra /Le voy a fo