Augusto Enríquez

Te doy una canción

Joaquín Borges-Triana • La Habana, Cuba

Aunque a nivel mundial la industria discográfica no vive un buen momento y, a tenor con las transformaciones impuestas por las nuevas tecnologías, se teoriza mucho sobre los cambios que habrán de producirse (y que ya están dándose) en cuanto al modo de distribución y comercialización del producto musical, afortunadamente nuestros compatriotas continúan regocijándonos con la edición de sus fonogramas.

Si bien a tono con los tiempos que corren, a veces pareciera que el síndrome de la decadencia también se impone en el panorama sonoro actual, por suerte todavía sigue haciéndose música de verdad, de esa que nos emociona y nos pone a reflexionar. En ese sentido y como muestra de lo falso del criterio de quienes afirman que la buena creación musical en Cuba está en crisis, propongo a los lectores que escuchen un fonograma como el tríptico realizado por Augusto Enríquez en torno a la obra de Silvio Rodríguez y que lleva por título Te doy una canción. Este homenaje a uno de los fundadores de la Nueva Trova quedará en la historia de la música cubana como un trabajo sencillamente imborrable, porque la producción discográfica va más allá del objetivo de rendir tributo a tan importante trovador y deviene un canto a una manera específica de asumir el arte.

A la hora de enfrentarse a la realización de un álbum como este, existen dos tendencias. Una parte de reproducir en lo fundamental la creación del artista o grupo que es homenajeado, mientras que la otra apuesta por reapropiarse de las piezas seleccionadas para el tributo, con miras a traerlas al aire personal de quien la estuviese versionando. Esta última variante fue la escogida por Augusto Enríquez para el triple CD registrado por él a través del sello Colibrí.

Llama la atención al escuchar el disco Te doy una canción el hecho de que Augusto ha interpretado el repertorio de Rodríguez en las mismas tonalidades en las que Silvio diera a conocer el puñado de temas aquí grabados. Esto resulta doblemente significativo porque las canciones datan de muy diversas fechas y en ese lapso de tiempo (más de 30 años), como resulta lógico, la voz de Rodríguez ha ido cambiando y ya no interpreta en los tonos altos en los que se movía musicalmente durante la segunda mitad de los 60 de la anterior centuria. Ello implica para Enríquez tener que cantar en un diapasón muy amplio, para respetar en ese sentido lo hecho en los temas originales.

Otro aspecto que es sobresaliente en la producción fonográfica viene dado por el universo de las orquestaciones de las piezas ahora compiladas. Esa labor, que tuviese como artífice principal al desaparecido Pucho López, aporta un valor adicional a las ya formidables interpretaciones por parte de Augusto Enríquez y demuestran un saber hacer musical en verdad impresionante. Las orquestaciones transitan por distintos formatos, géneros, estilos y épocas de la música cubana y universal y en algunos casos apelan a la utilización del recurso de la intertextualidad.

Porque hay que decir que en esta propuesta, se percibe a las claras que todo ha sido pensado hasta en el más mínimo detalle. Así, por poner solo un pequeño ejemplo, cada uno de los tres discos que conforman el material comienza con una canción relacionada con el agua: “La gota de rocío”, “Llover sobre mojado” y “Llueve otra vez”. No por gusto, la nota de presentación del tríptico está escrita por Leo Brouwer, quien dadas sus múltiples ocupaciones y rigor artístico no se tomaría el trabajo de hacer algo así si el producto musical no fuese de excelente factura. Prueba de esta última afirmación se pudo apreciar en la reciente emisión de Cubadisco, cuando el jurado decidió otorgar uno de los premios especiales del máximo certamen de la discografía cubana a Te doy una canción, en virtud de sus sobresalientes valores.

Fonograma que representa un estadio superior para su protagonista y a la vez un reto en cuanto a lo que él se proponga para trabajos futuros, esta producción ratifica una idea de Fernando Ortiz, expresada allá por 1911 en su discurso titulado “La solidaridad patriótica”, pronunciado en la distribución de premios a los estudiantes de las escuelas públicas de La Habana, ocasión en la que afirmaba que la práctica de la música popular proveía un espacio sociocultural que, al ser compartido por todo el pueblo, a su vez ofrecía un camino para alcanzar un nivel más alto de consolidación nacional. Y concluía su intervención con palabras proféticas, escritas como para nuestros días: “Porque ella [la música popular] es algo más que la voz del arte, es la voz de todo un pueblo, el alma común de las generaciones”.

En fin, hay que dar gracias A Augusto Enríquez y a su equipo de colaboradores, por corroborarnos en la certeza de que, como asegura Silvio Rodríguez en su composición “Llover sobre mojado”, “el sueño se hace a mano y sin permiso”.

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