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Un espectáculo para mi caja negra

Omar Valiño • La Habana, Cuba

Tebas Land, uno de los textos teatrales más importantes de la lengua hispana contemporánea, que viene siendo un hito internacional desde su estreno en Montevideo en 2013 por la compañía COMPLOT, llega a los lectores cubanos. Ediciones Alarcos publica por primera vez en Cuba, en su colección Escenarios del Mundo, a uno de los dramaturgos más prestigiosos y representados del momento, el también académico uruguayo-francés Sergio Blanco. El libro cuenta con edición de Abel González Melo, prólogo de José Luis García Barrientos, epílogo de Omar Valiño y diseño de Idania del Río. Sergio Blanco estará presente en el Sábado del Libro del día 7 de junio, pues viene a Cuba invitado por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y el Centro Cubano del ITI para impartir el curso "Construcción y des-construcción del monólogo" a jóvenes teatristas cubanos, así como para asistir a diversas actividades en torno a su creación, bajo el denominativo de El Tándem. Montaje y Desmontaje de Prácticas Teatrales, coordinado por la Casa Editorial Tablas-Alarcos.

Imagen: La Jiribilla

He aquí mi visión de la Tebas Land que disfruté en Montevideo en octubre pasado:

Tebas land ha quedado prendida a mis recuerdos. Texto y montaje, de Sergio Blanco, ponen en juego, de manera brillante, los vectores que atraviesan hoy la creación teatral contemporánea.  

Los espectadores nos colocamos en la perfecta visual de anfiteatro, de frente al espacio escénico. Sobre el escenario se dibuja un rectángulo mediano enrejado por sus cuatro lados. Dentro, un tablero de baloncesto, un buró metálico, un banco, una pequeña cámara sobre su trípode; filmando. Como un telón de fondo, en lo alto, una pantalla dividida en cuadros internos, a la manera de esos monitores de vigilancia que toman las imágenes de los sitios neurálgicos custodiados de forma permanente. También contribuye a esa percepción la textura  de la imagen y sus tonos en blanco y negro. A falta de un oficial de vigilancia frente al monitor, estamos nosotros, los espectadores. A la entrada del público, se proyectan en la pantalla imágenes del propio teatro y del arribo de los asistentes a la función en locaciones diferentes. En el cuadro correspondiente a la cámara que mira dentro del espacio escénico, la imagen se mantiene vacía, congelada, muerta; repite los objetos que vemos delante nuestro. Roberto Carlos canta hasta la saciedad “Amada amante”.

Un actor se presenta como el autor de la obra que veremos y explica al público los antecedentes del proyecto y sus objetivos: el de escribir una pieza sobre un recluso condenado por asesinar a su padre. La pretensión primera del autor fue hacerla ante el auditorio con el preso real, pero finalmente, nos cuenta, el sistema nacional de penitenciarías no lo aceptó por cuestiones de seguridad, así que ha sido necesario recurrir a un actor.

Entramos de lleno en el juego, pero la tan lograda sensación de lo real nos paraliza y nos confunde. Ambos actores andarán, en lo adelante, sobre la mortal cuerda floja de ser esos personajes que encarnan sin parecer que actúan: logran comunicar, hasta en sus más mínimos detalles, dicha sensación de lo real, de algo que está ocurriendo por primera vez ante nosotros, aunque sabemos que cada noche se repetirá la pauta con las variaciones inevitables de cada función; cosa que, por cierto, no puedo atestiguar porque vi el espectáculo una sola vez.

Tebas Land se desarrollará como un informe policial-forense. Esa conocida y centrada estructura narrativa deviene un eje firme sobre el cual jugar, al tiempo que, en otro nivel,  se devela como un cerrado marco conceptual que permite su despliegue de lenguajes y su concentrada estrategia: la revelación, en un informe ante el público, de un proceso de creación artística individual. Sergio Blanco ofrece una clase abierta sobre cómo escribir un texto teatral. El colmo de la auto referencialidad, que yo prefiero denominar auto texto.

Asistimos a la búsqueda, por parte del autor (creo que nunca se dice el nombre, tal vez se llama Sergio, asumido por el actor Bruno Pereyra), de su material para escribir la obra a través de las sucesivas entrevistas con Martín Santos, el asesino. En verdad, el tejido es doble: entre la realidad, digamos real, de Martín Santos y la transformación literaria del material por parte del autor. Y entre el personaje de Martín y el personaje de Federico, el actor a quien toca hacer a Martín, ambos personajes asumidos, además, por el mismo actor, Gustavo Saffores. Es decir, el diálogo, el trasvase permanente entre realidad y creación teatral. El obligado trato con lo real, pues con lo real siempre hay que negociar, según Marco Antonio de la Parra y José Sanchis Sinisterra. A su vez, un enorme espacio de invención, a pesar de que se trata de una “narración” (se usa la narración como lenguaje literalmente), en primera persona. Repito: cómo un escritor escribe un texto y encara su proceso creativo.

La invención consiste en que esto no fue así, pero lo parece. Su verosimilitud es total. Y, al mismo tiempo, todo aparece corrido de lugar, ese ejercicio delante de nosotros relativiza lo verosímil y nos coloca ante un ensayo. Me refiero aquí al ensayo como género literario: la puesta en un espacio crítico de un sistema de relaciones, al decir de Raquel Carrió. Aquí sobre un teatro desnudo, transparente, como si asistiéramos al cerebro de un escritor y su progresiva concretización. Una lección de anatomía teatral para ratificarnos el poder del arte en la revelación del alma humana.

Tebas Land resulta un monumental ensayo sobre el teatro actual, y sobre lo artístico. Varios pares de categorías oscilan entre atractivos polos: presentar-representar, arte-vida, copia-reinvención, origen del teatro (en Grecia)-tareas presentes del teatro, deporte-teatro, “espectacularización” de la realidad-realidad misma.

Ese notable “ejercicio” intelectual no vela, no oscurece la no menos extraordinaria emoción que produce el espectáculo a partir de la enorme humanidad de los personajes de Martín, el asesino y de Federico, el actor. Conmocionan las narraciones del asesinato, el tono confesional. Me recordó esa frase de Jean-Luis Barrault: el teatro es un estrado donde se discute siempre una situación de justicia.

Los móviles del parricidio, la reconstrucción del crimen real y su representación, la escena del crimen. El saber y la culpa. Hay culpa incluso cuando no se sabe. La jurisprudencia es tácita, pero no el arte que explora los intersticios humanos, la materia misma del arte. (Si en la lección de anatomía, de Rembrandt, se abre el cuerpo, hoy, a tono con el embrujo que el cerebro ejerce sobre la comunidad médica, el dramaturgo realiza una exploración del cerebro, esa es hoy su lección de anatomía).

Por supuesto, en Tebas Land están Sófocles, Edipo, los Karamazov, Dostoievski y la idea más general del parricidio: reverenciar a los antepasados y, a su vez, asesinarlos. Pero, sobre todo, la necesidad de comprender, de establecer relaciones humanas que derivan en la transformación de quienes la entablan y no solo de una de sus partes.

Al final, resultan tres personas transformadas por el arte, en un logrado apunte romántico. El escritor está dentro de las rejas, preso tal vez de su propia creación y Martín Santos, encarnado por Federico, afuera. La relación humana ha ido creciendo en el contacto. Hablan de gustos sexuales. El actor que encarna al autor, quien no es Sergio Blanco, ofrece datos sobre él: es gay, vive en Francia, es un artista contemporáneo que se arriesga.

Última escena: cementerio y teatro, pérdida y ganancia. Espacios de presos, los espacios que uno tiene presos dentro. El arte como protección humana y social. El escritor como un guardián protector, como un guardián del trigal. El escritor le ha regalado una tablet a Martín. Contiene libros, enciclopedias, películas, música, fotos, mapas.

Martín Santos lee Edipo Rey en su celda y escucha el Concierto No. 21 en do mayor, de Mozart.

No creo en el consabido carácter efímero del teatro. Sí en lo tácito, por supuesto, de una creación que fenecerá cada vez. Pero no en la desaparición, digamos vivencial y filosófica, del teatro guardado en la memoria. Suelo recordar con nitidez, por ejemplo, dónde vi aquellas puestas grabadas en mi caja negra. Sus imágenes, sus textos, el rostro o la acción de un actor/actriz, una melodía… aparecen claramente ante mí para enriquecer mi vida y ayudarla con el conocimiento que de tales se desprende.

Tebas Land ilumina. Su luz hace olvidar tanto mal ejercicio escénico. Tebas Land cura: devuelve la incurable pasión por el teatro.

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