Literatura

Comedia escénica y literatura: presentando a Omar Franco

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Por las dimensiones de su esqueleto pudo ser jugador de basket. Por el registro de su voz, debió dedicarse a cantar boleros. Por su belleza física, un anunciador de camisetas, por el carisma que derrocha, alcalde y por la gracilidad con que se mueve, profesor de ruedas de casino. Pero resulta que estudió algo tan enrevesado como Ingeniería Electrónica. Y encima, se graduó, aunque desde los 27 años se dedica a otra cosa. Salvo los equipitos que simuló componer cuando encarnó a Jesús, el técnico de la película

Habanastation, no debe haber metido sus manos en ningún otro aparato electrónico el grandísimo y polifacético actor del que hablaremos hoy, Omar Franco. Aunque no dispongo de herramientas teóricas suficientes para juzgarlo desde el punto de vista de crítica actoral, y no alcancé a disfrutarlo como el payaso Triquiñuela, pareja de una tal Soñolina durante los años más duros de la dureza de los 90, sí me asiste el derecho que otorga ser espectadora, público, integrante de eso tan vago como inclemente que se llama muchedumbre.

Imagen: La Jiribilla

Omar nos acompaña como actor profesional desde hace 22 años, para suerte de todos y de todas. Su presencia en todo tipo de escenario, de pantalla, de espacio abierto o tras la cortina de humo de un cabaret, asegura siempre la calidad de cualquier espectáculo. Podría decirse que estamos ante un hombre de éxito, quien por suerte no acaba nunca de creérselo. Su primera gran fortuna, fue, si no me equivoco, que ese grande de las tablas y de la enseñanza dramatúrgica que es Armando Suárez del Villar, lo descubriera y asumiera la tarea de dirigirlo durante varios años. El Ñico, el Bocachula y El Pirey de Santa Camila de La Habana Vieja, personajes encarnados por Omar con igual rigor, dan fe del inicio de su versatilidad. Bajo la égida de otros grandes del teatro cubano (Carlos Díaz, Tony Díaz, Osvaldo Doimeadiós); lo hemos visto desempeñarse en papeles difíciles, de los cuales sale no simplemente airoso, sino marcando una pauta, dejando una huella difícil de  superar. Con particular énfasis recordamos en teatro sus interpretaciones de Freddy y de Pepe. El primero, cuyo texto, escrito por Abilio Estévez, se presentó en el Trianón inmediatamente después del antológico Santa Cecilia, asumido más que actuado de forma inigualable por Doimeadiós. Recuerdo mis temores al asistir a esa función doble cuando además, había un calor de mil demonios. En ese entonces yo no conocía personalmente al actor que hablaría del cantante de Queen, así que no tenía ninguna predisposición a su favor. Más bien me resultaba peligroso que el director de El Público colocara a Omar detrás de Doime, con un parlamento de referencias británicas luego del cubanísimo Santa Cecilia, y con dudas en el resultado de tal osadía, me dispuse a seguir sofocándome en el asfixiante ambiente del teatro de la calle Línea casi esquina a Paseo. Omar resultó deslumbrante en Freddy. Superó el durísimo reto, y convenció a todos. Fue, para mí, su consagración, aunque no precisamente en primavera, sino más bien en un verano infernal.

De ahí que no me extrañara su Pepe de Penumbras en el noveno cuarto, dirigido por quien lo precedía aquella  noche que ya mencioné antes. A partir de entonces, su carrera actoral no ha hecho más que subir, y se ha convertido en uno de los rostros más amados de Cuba. Cuando Charly Medina lo escogió para llevar al cine el mismo Pepe que ya habíamos visto en la sala Llauradó, acertó de forma sobresaliente. El éxito de la película Penumbras, lo confirma. Entre los muchos reconocimientos que con justeza ha obtenido Omar Franco en su vida, a pesar de que no tiene ni 50 años (tres Premios de Actuación en los Festivales del Humor Nacional , cuatro Premios Caricatos de la UNEAC por mejor actuación masculina en diferentes géneros), destacan dos  Premios Internacionales al mejor actor, uno de ellos, en el Festival Internacional de Cine de Puerto Rico del año 2013 como protagónico, precisamente  en Penumbras.

Su participación en 14 películas, en incontables programas televisivos para niños y para adultos, donde se transforma en personajes trágicos, serios, donde lo mismo hace de policía que de bandido, y su talento para el difícil arte de la comedia rigurosa y exigente, cualidad esta que lo llevó a integrar dos grupos de humor; Los hepáticos y Humoris Causa, pero sobre todo su autenticidad, su modestia y su entrega, conducen a afirmar que estamos ante un actor realmente consagrado, lo cual, si nos ajustamos a la significación exacta del vocablo, quiere decir destinado, y aún más, un actor ratificado. Teniendo en cuenta que este espacio debe abordar la literatura, no es justo relegar la importancia que tiene para Franco la matriz literaria, el guion, el texto en el cual se apoya para sus fabulosas actuaciones. Arturo Sotto, conocido director de cine, para quien ha trabajado Omar en más de una película, es también autor de varias narraciones, algunas de las cuales utiliza este actor en sus divertidísimos y particulares monólogos. Por todo ello, debe reconocerse el valor que este actor otorga a la literatura, y lo presentamos en esta columna de La Jiribilla, desde una arista en la que poco se le ha identificado, en estos tiempos en que tanto se critica la banalización de la comedia, y del arte en general.

Comentarios

Sí, completamente de acuerdo, Omar Franco es un gran actor, un actor de peso en cualquier diapasónen que se mueva.

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