Factoría Habana: completar, no competir

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Hace unos días quedó inaugurada en la sede de Factoría Habana —institución que pertenece a la Oficina del Historiador y que desde hace cinco años se dedica a promover las tendencias más contemporáneas de la artes visuales– la exposición Miradas, muestra que cuenta con obras de un grupo de 17 artistas de las más variadas estéticas y generaciones: Aimée García, Antonio Fernández (Tonel), Belkis Ayón, Carlos Montes de Oca, Eduardo Ponjuán, Felipe Dulzaides, Ibrahim Mirada, José Ángel Toirac, José Manuel Fors, Jorge López Pardo, Lidzie Alvisa, Luis Enrique Camejo, Pedro Pablo Oliva, Roberto Fabelo, Sandra Ramos y Santiago Rodríguez Olazábal.

Imagen: La Jiribilla

La idea de Miradas surge durante la inauguración de la anterior exposición —Dios los cría, en torno a la obra de René Peña—, según nos revela Concha Fontenla, directora de Factoría Habana y curadora de la muestra, en entrevista ofrecida a La Jiribilla.

Ese día, asegura, “coincidimos con varios especialistas del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, de La Habana, y como este año se celebran los 30 de existencia de las Bienales de La Habana, me pareció que era un momento que Factoría no debía pasar por alto y aportar su mirada para homenajear un evento extraordinario que ha supuesto el reconocimiento internacional de muchos artistas y que ha colocado al arte cubano en el mundo”, dice. Pero, ¿cómo organizar esa amalgama tan diversa de estéticas?, le preguntamos a Fontenla, doctora en Historia de Arte Contemporáneo, y una mujer que hoy comparte su vida entre su natal España y esta Isla que, reitera, ama profundamente: “esperemos que nuevamente se consiga el milagro y articulemos un discurso y que la gente sea capaz de ir poniendo la mirada del espectador sobre la mirada del artista y lograr la comunicación”.

¿Qué manifestaciones de las artes plásticas incluye Miradas?

Hay absolutamente de todo, pero realmente lo más importante es establecer una comunicación y transmitir ideas, pero siempre pensando que será completada por la mirada del espectador. Esta es una humilde y sencilla propuesta de Factoría adaptada al espacio. En Cuba existen artistas que escapan a toda categorización.

¿Por ejemplo?

Roberto Fabelo, Pedro Pablo Oliva y muchos otros. Empecé a trazar esta exposición hablando de universos creativos —está claro que el de Fabelo no tiene nada que ver con el de Oliva; son universos creados, que no existen y que no trasmiten ninguna realidad, ninguna conducta social: es un mundo interior, un mundo a través del que se muestran sentimientos y sensaciones. Un Fabelo no puede ser otra cosa que un Fabelo y un Pedro Pablo no puede ser otra cosa que un Pedro Pablo; son lenguajes completamente diferentes y que pueden convivir juntos y al mismo tiempo, dos visiones de una misma sociedad, dos maneras de sentir y de vivir, pero son igualmente dos maneras absolutamente auténticas.

Imagen: La Jiribilla

No obstante, aunar dicha variedad de estéticas supone un complejo trabajo museográfico…

Trataré de aplicar lo tan aprendido aquí: “ir resolviendo sobre la marcha”. De Universos pasaremos a Mundos —no desde el género sino desde lo femenino, que es mucho más amplio. Ahí estarán los mundos de Lidzie Alvisa (que con su elocuente mirada hacia el exterior nos hace introducirnos en sus espacios), Sandra Ramos (con su mirada real y física). Pero también estará (José Manuel) Fors, que es el mundo de lo familiar, de lo privado, del microcosmos. Todos ellos van a estar articulados en la planta baja.

En la primera planta colocamos a artistas que tienen una mirada explícita —hay piezas que ya han sido vistas, pero que espero adquieran un nuevo contexto. De lo que se trata es que no solo cada uno de los artistas nos digan algo, sino que uno provoque la mirada del otro y que se vayan completando los lenguajes.

Tendremos las miradas de Belkis Ayón y de Santiago Rodríguez Olazábal: dos ojeadas diferentes de un mismo problema, dos maneras de apreciar una realidad muy enraizada en las ancestrales culturas afrocubanas, pero que también —en el caso de Belkis— tiene mucho que ver con una manera de vivir desde la cristiandad o de la religiosidad pensada en occidente que viene desde dentro, pero sale hacia afuera y se vuelve a juntar y forma un triángulo que está anclado en la tierra. También tiene que ver con cosas que la gente lleva dentro de sí, que siente, y que, de repente, no sabe por qué, pero están ahí y no hay necesidad de explicarlas.

Imagen: La Jiribilla

Luis Enrique Camejo es la ciudad y son sorprendentes esas superposiciones, esas capas pictóricas en grises, ese malecón después de la lluvia, los reflejos de luz que capta en gotas de pincel, esas raspaduras… la ciudad como sedimentada, borrosa, sucia, pero enormemente mágica y potente. Esta exposición, creo, también va a servir para descubrir a artistas magníficos.

Cuando hablaba de la ciudad pensaba en la obra de Ibrahim Miranda y sus mapaglifos

La obra de Ibrahim Miranda es más el universo, la geografía universal: es lo macro. Realmente, parte de los mapas, pero tiene esa visión de que puede ser un no-lugar. Mapas que muestran la realidad geográfica con esa potencia y riqueza física que tenéis y es inevitable a la hora de plasmarlo. Eso está muy presente en la obra de Miranda que va, casi, a unir o enlazar a Belkis Ayón con Olazábal. Pero, al mismo tiempo, la muestra va a continuar con la geografía histórica, las raíces de la identidad y la cultura y también de la religiosidad.  Un ejemplo de ello es (José Ángel) Toirac, quien  es un gran artista que maneja la historia como herramienta para expresarse. Cerramos con Jorge López Pardo, el artista que representa el paisaje hecho poesía y cuya obra se ubica frente a la de Camejo. 

Imagen: La Jiribilla

La tercera planta está dedicada a los Territorios…

El hilo conductor de la muestra te permite focalizar como si la lente se fuese acercando cada vez más al cerebro y, por lo tanto, todo se torna cada vez más conceptual. Aquí tendremos a Tonel (dibujos e
instalación) y a Pon Juan (dos grandes lienzos y tres fabulosos dibujos) —enfrentados, no confrontados— muy próximos en el espacio, pero con dos poéticas absolutamente diferentes. En la tercera planta nos aproximamos mucho más a la semiótica y al lenguaje propiamente dicho. Felipe Dulzaides estará con un video extraordinario que, creo, completa muy bien el discurso que pretendíamos tener en la exposición.

¿Por qué estos artistas conforman la muestra Miradas y no otros?

Porque siempre hay que escoger y todo tiene que ir encajando a lo largo de un hilo conductor. También existe una realidad: hay discursos que me son muy cercanos porque, como galerista, llevo trabajando muchos años con varios de los artistas que están en la exposición. Al mismo tiempo he ido poco a poco abriéndome a otros lenguajes y a otras manifestaciones estéticas y a otras generaciones.

Realmente, Miradas ha sido un esfuerzo muy grande para mí porque está organizada a partir de una visión externa, pero a partir del amor enorme por este país, por esta ciudad y por las artes plásticas actuales cubanas. No obstante, confieso que he tenido que aprender mucho; meterme muy a fondo en la obra de estos artistas. Hace unos días conversaba con Fabelo y tuvimos una comunicación inmediata, sin embargo, cuando inauguré Factoría nunca pensé que él podría estar en una exposición organizada por nosotros. Cuando nos despedíamos le dije algo que repito públicamente: “llegó en el momento que tenía que llegar”. Siento que, profesionalmente, me voy dejando llevar, pero exigiéndome cada vez más porque la gente te sube constantemente la parada y exige más de Factoría. Hemos creado una masa crítica muy potente y eso me tensa, me presiona y me estimula para continuar mejorando, al igual que al resto del equipo de trabajo. Miradas es un homenaje a las Bienales y también una manera en que Factoría se abre a otros lenguajes, generaciones, presencias; a todo lo bueno que acontece en la ciudad.

Factoría Habana —inaugurada en diciembre de 2009— cumple este año sus primeros cinco, ¿un breve balance?

Estoy enormemente satisfecha con el trabajo realizado y con el equipo, aun teniendo en cuenta las problemáticas cotidianas que existen a nivel de ciudad y de país. Repito siempre que pienso globalmente y actúo localmente. Para mí La Habana, la Oficina del Historiador y el espacio Factoría Habana es un lugar en el mundo y yo trabajo exactamente igual para aquí que para Nueva York, Berlín, Santiago de Compostela o Madrid. Ese es el contexto y estoy muy contenta con los resultados y, a la vez, muy agradecida con la receptividad de la gente. Me fascina Cuba y es evidente porque en septiembre de este año cumplo mi aniversario 20 de estar aquí; hace dos décadas que vengo ininterrumpidamente y va in crescendo: empecé con un viaje al año, luego dos, después tres, cuatro y cinco… pienso que en cualquier momento me quedo dentro si la situación lo permite. Ese sería mi sueño.

Los objetivos iniciales de Factoría, ¿cuáles fueron?

Realmente el proyecto comenzó mucho antes de la inauguración del espacio. Vine a Cuba a hacer una investigación titulada “Eusebio Leal Spengler de cronista de Indias a gestor integral de bienes culturales: la historia de una profesión”; es la trayectoria de un historiador que se hace restaurador y gestor de una ciudad. En aquel momento terminaba mi tesis doctoral y para la ampliación de la investigación en la Universidad de Santiago de Compostela me centré en lo que estaba sucediendo en La Habana vieja que, a mi juicio, era el ejemplo más importante que había en el mundo de una gestión similar. A veces, lo que tenemos próximo no tenemos perspectiva para verlo y —además me gusta mucho decirlo— en una época como esta en la que no corren buenos tiempos para nadie: la obra del doctor Eusebio Leal es un ejemplo único. Vine gracias a un convenio de colaboración entre la Universidad de La Habana y la de Santiago de Compostela a investigar sobre el asunto citado y me quedé fascinada: el personaje se convirtió en persona, la persona en amigo y ahora me convertí en devota.

¿Fue la historia, el arte, el patrimonio lo que la hizo a usted mirar hacia Cuba?

Evidentemente. Fue una ampliación de mi tesis  —estudiaba arquitectura histórica para usos contemporáneos— y extender el campo de investigación llegó a ser “Ciudad histórica para los contemporáneos”. Me pareció fascinante el proyecto de Leal y consideré que podía aportar un tipo de
restauración diferente, especial, mucho más contemporánea y no historicista. Después de muchos proyectos fui descubriendo que, quizá, podía aportar a La Habana vieja esos nuevos criterios de restauración arquitectónica —de esta arquitectura fabulosa—, de una intervención mínima, de un estudio profundo de los edificios y buscarles sus usos adecuados, no tergiversar la arquitectura sino resolver el proyecto —en el sentido literal en el que vosotros utilizáis la palabra resolver— de la mejor manera posible para que dialogara con el espacio, sacar el mayor partido del espacio al proyecto y el proyecto al espacio. Esto llevó bastante tiempo; dirigí la restauración con la colaboración de un excelente equipo: siempre trabajo en colectivo y aunque no somos cooperativa, podríamos serlo con las nuevas normas del país.

Así nació un proyecto muy colaborativo, muy consensuado. Factoría Habana pertenece a muchas personas aunque yo haya dirigido la idea. Esos fueron los inicios: incorporar la contemporaneidad a este fantástico proyecto que es La Habana vieja y aportar lo que la gente está haciendo. En estos momentos ya no es el arte contemporáneo lo que a mí me interesa trabajar, sino el actual, lo cual significa que debemos estar cambiando todo el tiempo, aprender, dar testimonio —a través de la mirada de los artistas y de la realidad poliédrica de la sociedad— que se transforma cada día. Eso es lo que hemos estado tratando de hacer todos estos años; el preámbulo fue la búsqueda del lugar más adecuado para sumar la contemporaneidad a la ciudad histórica.

Hasta que apareció el lugar físico…

Hasta que apareció Factoría porque tenía que ser un espacio histórico, pero contemporáneo o sea arquitectura industrial. Este edificio había sido la sede de la Talabartería Habanera; era un templo del
comercio, con una arquitectura excepcional y era un sitio en el que se gestionaba el comercio exterior de productos de cuero realizados aquí. Me pareció interesante establecer esa relación.

¿Cómo se concibió el espacio?

No lo concebimos, el espacio existía: la ciudad es. Al espacio no se le puso ni se le quitó nada, sólo se limpió y se detuvo la ruina. La segunda planta no existía porque estaba derrumbada sobre el primer nivel; había un lucernario deteriorado por el que penetraba el agua. Se hizo, casi, una labor de cirujano y de investigación y de leer sobre la arquitectura y volver a levantarlo todo como estaba antes. He ido adaptando el proyecto a lo que me iba dictando el espacio: la arquitectura manda; la idea es hacer la mínima intervención, con el mínimo gasto para el máximo de rendimiento: creo que esa es la forma de trabajar en un país como este con los problemas  económicos que enfrenta a diario. Por otro lado, a la arquitectura de La Habana vieja no hay nada que agregarle porque es tan explícita, tan fantástica que lo único que uno tiene que hacer es dejarla tal cual es, pero hay que leerla bien, aprender a interpretarla y saber descifrar lo que nos está diciendo e ir acomodando las obras como el espacio nos dicta. Se han hecho proyectos de los más diferentes perfiles y siempre funcionan bien: todo lo bueno lo acepta bien.

Aunque el espacio de Factoría Habana es el mismo, tengo la impresión de que —como cada exposición tiene una personalidad muy fuerte— es como si fuera otro sitio, es decir, que siendo el mismo lugar, parece otro, ¿hay algún secreto para ello? ¿Tiene usted esa impresión?

¡No sabes el piropo que para mí supone ese criterio! Ese es, precisamente, el objetivo: escuchar al espacio, ver lo que necesitamos hacer. Los proyectos los trabajamos de un año a otro —no así Miradas, que es una observación profunda, intensa y muy corta en el tiempo. El propósito final
es que la obra interactúe con el espacio, que se avenga a cada lugar y que seamos capaces de sorprender a la gente. Para mí es muy importante crear fieles al espacio, que Factoría esté bien ubicada en el circuito y que la gente esté pendiente de lo que se va a hacer y que no se pregunte ¿qué van a exhibir?, ¿qué se inaugura? para decidir si viene o no. Soñamos con que las personas conozcan el día que se inaugura una determinada exposición y sientan la necesidad de acudir.

¿Crear adictos al lugar?

Exacto, que sea un espacio que forme parte del circuito cultural de la ciudad y que la gente venga a disfrutar lo que le preponemos. Todo el tiempo estamos pensando en los espectadores para ofrecerles algo que les pueda interesar, siempre diferente a lo anterior. Vamos a ir tratando de completar nuestras propuestas, no competir con otros espacios del contexto. Vamos a estar atentos a las miradas, a las críticas, a los comentarios y siempre tomamos nota de ello para programar la siguiente exposición. Pretendo, siempre, desde la propia marcha volver a replantear, repensar y cuestionar constantemente el proyecto. Estamos en un momento en que, creo, la vida es así.

¿Cuál es su concepto de arte contemporáneo?

Para mí el concepto de arte contemporáneo no difiere mucho del concepto de cualquier otra etapa de la historia. El arte es un lenguaje —como la música, la poesía o el cine— cada vez más abierto, más mezclado, con más interferencias, más multicultural y con más transversalidades entre los diferentes géneros: ya no se puede hablar de géneros puros. El arte es el reflejo de la sociedad en que vivimos y entiendo que el artista o el creador es un poco el catalizador; es esa gente que tiene la sensibilidad para
captar lo que sucede y convertirlo en un discurso, en un vehículo de comunicación. El artista posee una mirada que la plasma según su sensibilidad y escogemos un tipo de discurso para expresar nuestras ideas. Hoy los artistas no son pintores, o escultores o grabadores sino que utilizan una disciplina o dos o varias a la vez, según lo que quieran transmitir. Cuando interviene la mirada del receptor, de quien recibe lo expresado por el artista, se cierra el círculo.

Pero, ¿usted entiende por arte contemporáneo el que se hace en la  actualidad? Le pregunto por la duda: ya que algunos críticos dicen, por ejemplo, que La Gioconda por sus valores y vigencia es arte contemporáneo.

Soy de la opinión que la historia del arte se tiene que reescribir. Los períodos históricos estrictos que se marcan —como el renacimiento, el barroco, el neoclásico, etc. — ya hoy no son tan diferenciables. Desde la contemporaneidad el arte tiene que reinterpretarse. El arte contemporáneo es el que se hizo en el siglo XIX si seguimos los parámetros de las fechas y de los cánones que manda la academia. Arte contemporáneo es un término demasiado amplio y es por eso que prefiero hablar de arte actual, lo que está sucediendo en este momento, en un presente continuo. Por ejemplo, Miradas abarca tres décadas.

Y los proyectos de arte efímero. Por ejemplo, una instalación que no se documente debidamente no queda para la posteridad…

A mí no me interesa cómo se dice sino lo que se dice; me interesa lo que siente el artista, lo que quiere expresar, el cómo llega a transmitirlo me interesa mucho menos. Puede ser una instalación, un video o una obra gráfica, todo depende de que lo que diga sea bueno, interesante, que exista la comunicación y se llegue al otro lado y, sobre todo, se cuente con el otro, es decir, con la mirada del espectador; ese vínculo que conecte es lo más importante: lo mismo que pretende el artista es lo que yo pretendo a nivel de proyecto con los espectadores: que el espacio acoja y conecte y que el espectador diga “esto me gusta más o me gusta menos, pero me interesa verlo”.

Hace poco leí que actualmente el llamado arte contemporáneo está perdiendo eso que a lo largo de la historia se ha llamado “el oficio del pintor” y que, por comunicar una idea, se están desechando herramientas que son inherentes al arte.   

La pintura, por ejemplo, durante una larga época sirvió para representar los campos de batalla o la imagen de reyes y reinas. Eso tenía la funcionalidad de transmitir hechos, al igual que los bodegones para decorar determinadas áreas. O sea, que el arte ha ido cambiando al igual que la sociedad.

Con Miradas quiero poner acento en el arte en medio de la época de la reproductibilidad técnica que tiene que ver con la revolución industrial y donde se pierde la capacidad aurática de la unicidad, de aquella pieza que tiene esa áurea de obra única. El arte ha cambiado de función y va teniendo
cada vez un destino mucho más interesante, participativo, social, de concienciación, de compromiso, de transmitir sensibilidades. Por ejemplo, la fotografía ha asumido muchos de los papeles que tenía la pintura y, posteriormente el video ha tomado muchas cosas que antes hacía la fotografía. El arte ha ido cambiando, igual que la sociedad, la forma de vivir y la manera de comunicarnos. Las manifestaciones artísticas han estado como cerradas en capsulas locales. Por ejemplo, en Italia se vivía determinada época y el arte era reflejo de eso. A través de él hemos ido entendiendo la economía, la cultura, el pensamiento, el tipo de gobierno, las costumbres y las formas de vivir.

Imagen: La Jiribilla

El arte en tanto reflejo de la vida tiene necesariamente que cambiar, pero ¿y los soportes?           
El soporte cambia según esa expresividad. Para mí lo más sorprendente es que La Habana —quizás por estar en el Caribe y por el lugar que ocupa— parece que tendría que ser puro barroquismo, explosión de color, pero también existen obras —como la de Tonel, de Toriac o tantos otros— que son puro concepto que se escapa de la floritura, de la lectura fácil y apela a capturar al espectador de una manera impactante, exuberante, para apelar directamente al sentido, a la cabeza y al corazón.

Usted tiene una mirada muy internacional con respecto al arte y está estrechamente vinculada a creadores cuyo trabajo se apoya en las nuevas tendencias, ¿la obra que hacen los artistas cubanos tiene cabida en los circuitos internacionales? ¿Es validada?

De hecho lo está. Lo realmente sorprendente es que en un espacio geográfico como el de Cuba —que cuenta con un número de habitantes de apenas unos 11 millones de personas— exista un número tan grande de artistas por metros cuadrados. Realmente en este país se ha impulsado una política cultural muy interesante, se ha apoyado mucho a los creadores, el estado ha hecho un compromiso de subvención de las artes que ha funcionado. También se ha creado una masa crítica de espectadores muy interesante. Realmente lo que más me fascina de trabajar aquí es que existe una inquietud enorme, un burbujeo constante y una interacción tremenda.

El cubano siempre opina, aunque a veces erráticamente…     

Lo importante es que la gente opine; es imprescindible escuchar y conocer lo que piensa el otro. El arte cubano sí está homologado internacionalmente. Por otra parte, vivimos momentos muy complejos. En mi país, España, la burbuja nos ha explotado en la cara. Nos hemos subido en un globo, en una burbuja tremenda que no sólo fue económica sino también social, cultural, de valores y el arte, obviamente, no ha escapado de esa situación. En Cuba las cosas están sucediendo demasiado rápido y, creo, que a los artistas jóvenes les está yendo demasiado bien: eso no será bueno para el arte futuro.

¿Por qué no será bueno?

Porque hay que crecer despacio, porque hay que parir con dolor y esos reconocimientos tan tempranos, a la larga, no son muy beneficiosos. En lo personal, lo que más trabajo me cuesta es saber escoger muy bien porque no todo el arte emergente va a perdurar. Realmente hay mucho de burbuja aquí y ha sido por varias razones: porque  ha habido un aporte muy grande, porque están vendiendo demasiado pronto, porque no existe una homologación del mercado a nivel internacional, porque son juez y parte —ellos son sus galeristas, son sus críticos— y es demasiado temprano. Hay que tener mucho oficio para poder hacerlo todo a la vez y en la vida todo requiere un tiempo de maduración.

¿En algún momento habrá en Factoría una exposición dedicada a lo femenino como género?

Siempre la mujer está presente. No puedo ver el arte dividido, es decir, hecho por hombres o por mujeres. Entiendo el arte a partir de individuos, de las personas que habitamos este planeta, que tenemos una problemática, que tenemos —afortunadamente— sensibilidades distintas no marcadas por el sexo sino que comunicamos de diferentes maneras. Sinceramente no veo el mundo blanco y negro sino lleno de grises, veo un mundo de interferencias y multicultural. Quizá me he identificado muy bien con  esta ciudad y me ha fascinado tanto porque es muy mestiza, muy mezclada: nada es lo que parece y todo es mucho más sutil y eso me gusta de Cuba. La mujer no necesita un espacio en Factoría porque siempre lo ha tenido y lo tendrá.

Imagen: La Jiribilla

¿Estuvo alguna vez entre sus sueños dirigir en Cuba una institución como Factoría?

¡No, qué va!, si me lo hubieran dicho habría salido corriendo porque me hubiera asustado. Me fui involucrando en el proyecto y siento que en ese sentido soy bipolar y me gusta ver el lado oscuro de las cosas y también el lado con más luz y, luego, mezclarlo y convertirlo en gris. Sinceramente vi una necesidad, me percaté de que en La Habana vieja faltaba un espacio para el arte contemporáneo actual que fuera sólido, potente, con un perfil solidario, condescendiente, versátil, multicultural y abierto a todo. Me parecía que al proyecto Habana vieja le venía bien —desde mi punto de vista— incorporar una masa crítica de gente joven, la más comprometida que, a su vez, es la más cuestionadora y también la más receptora.

Esa es la gente que habla desde el otro lado de la ciudad y que a veces no ha venido nunca y, de repente, comienza a hacerlo y cada vez se acerca más. Es muy fácil mirar desde el exterior y juzgar con una mirada excéntrica; pero a mí lo que me gusta es que la gente se sumerja en estos espacios, en esta complejidad de la arquitectura, en estas lluvias torrenciales que devastan un edificio de un momento a otro si no están bien limpios los desagües; y empezar a luchar con la geografía y con el clima, con los  pocos medios… La gente sigue disfrutando del milagro de este país y sigue inventando y reinventando cada día la vida.

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