Entrevista con Roberto Salas

Retrato vertical de Osvaldo Salas

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

La fuerza de la presencia humana, la poesía de las piedras, de las cosas, los valores del espacio, se trascienden y fijan en las imágenes magistrales de Osvaldo Salas”, dijo el Premio Cervantes de Literatura, el novelista Alejo Carpentier, sobre la obra de uno de los fotógrafos más connotados del siglo XX cubano.

Salas, quien se inscribe dentro del estrecho grupo de creadores que dieron origen a la llamada “fotografía épica en Cuba”, arriba este año al centenario de su natalicio, momento ideal para evocar el quehacer del singular artista que captó, para todos los tiempos, momentos únicos de nuestra historia más reciente: y es una alegría evocar al maestro a partir de las remembranzas que su hijo, el también significativo fotógrafo Roberto Salas, compartió con los lectores de La Jiribilla.

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo le contaba su padre que llegó al mundo de la fotografía? 

En la vida, a veces, puedes escoger la profesión que deseas y mi padre siempre sintió inclinación hacia el arte. De muy joven, con apenas 14 años,  —antes de ir hacia los EE.UU. en 1926— estudió en la Academia de Artes de San Alejandro.

A él siempre le gustó pintar, pero alguien dijo una vez que “los fotógrafos son pintores frustrados” y puede que esa aseveración se ajuste al viejo, pero en realidad él llega a la fotografía entre una casualidad y otra casualidad.

Mi padre era mecánico soldador —al igual que su padre, mi abuelo— y sufrió un accidente que le impidió hacer trabajos rudos por lo que comenzó a especializarse en lo que se denomina “soldaduras de banco”. Este tipo de soldadura se realiza sentado y es ideal para el acero inoxidable; en 1943 comenzó a trabajar en un laboratorio de la Internacional Telegraph and Telephone Company y en ese lugar había un club de fotografía.

Como el viejo era especialista en soldadura de acero inoxidable, iban a verlo muchos fotógrafos para que le hiciera tanquecitos y otros aditamentos que se empleaban en el cuarto oscuro. Así es que comienza a relacionarse con los fotógrafos y, al terminar la guerra, ya tenía su pequeña cámara fotográfica. En 1946 obtiene su primer premio de fotografía en ese club. Continúa conjugando el trabajo de soldador con el de  fotógrafo hasta que llega un punto en que tiene que decidir porque la jornada de trabajo comenzaba en la fábrica a las cinco de la mañana y cuando llegaba a la casa continuaba en el cuarto oscuro hasta las 11 de la noche. Se encontraba en la disyuntiva de ser soldador o fotógrafo: escogió lo segundo.

Salas vivió por muchos años —34 exactamente— en EE.UU. ¿cómo considera que influyó en la obra la permanencia en ese país?

Aunque, efectivamente, vivió más de tres décadas en EE.UU., siempre tuvo una añoranza por Cuba y estaba claro que en algún momento iba a regresar. Mi abuelo y mi tío se hicieron ciudadanos norteamericanos, sin embargo, mi padre no. Y no se trataba de asuntos políticos sino, sencillamente, que él no quería amarrarse. Mi hermana y yo nacimos allá, pero cada vez que tenía una oportunidad regresaba a Cuba; aquí conoció a mi madre y aquí se casó y siempre estaba buscando la posibilidad de poder regresar. Ya en enero de 1959 se le abrieron las puertas para el regreso y lo hizo bastante apresuradamente.

¿En qué sentido apresuradamente?

Cumplí los 18 años y él tenía miedo —años después me lo confesó— de que me enamorara y echara raíces allí y por eso su apuro. No quería hacer conmigo lo que su padre hizo con él y por eso regresamos a La Habana el 2 de enero del propio 1959, apenas un día después del triunfo revolucionario.

Su padre llegó a tener un estudio en Manhattan que tuvo éxito.

Conocido era, exitoso no porque realmente desde el punto de vista económico fue un desastre total. Nosotros en Nueva York tirábamos fotografías, pero nos hicimos verdaderos fotógrafos cuando vinimos para Cuba. En EE.UU. teníamos que hacer fotografía de lo que quería la gente: una boda, un bautizo, un carnet, imágenes por encargo de algún periodista que iba allá, etc. Lógicamente ese trabajo le creó al viejo un currículo que le sirvió posteriormente, pero se hacía lo que el cliente requería  y vinimos a hacer fotografías, lo que es la obra la hicimos aquí.

Para Osvaldo Salas el año 1955 fue importante en el sentido de que  tuvo un vínculo con la prestigiosa revista Bohemia que le abrió otros mundos…

Ya te dije, uno escoge la profesión que quiere, pero uno no sabe, exactamente, hasta dónde te va a llevar. Un día llega una solicitud de Bohemia para hacer varias entrevistas a un grupo de seis o siete personalidades de la política que estaban en oposición al gobierno de Batista. El grupo fue al estudio del viejo y le comunican que iban a tener algunos actos para recaudar fondos.

Conversaron, hicieron las entrevistas, se tomaron fotos y en ese momento es que nace nuestra vinculación con la revolución cubana porque el que iba al frente de ese grupo era, precisamente, Fidel. Cuando Fidel va de Nueva York hacia México nosotros continuamos la relación con las personas que quedaron allí. Y así, poco a poco, nos fuimos involucrando con el proceso revolucionario hasta el punto que el 2 de enero regresó a la patria. Días después estaba en un estudio de televisión y Fidel acababa de regresar del campamento de Columbia, ni remotamente imaginé que Fidel se iba a acordar de mí, pero no fue el caso. Me preguntó: “¿dónde está tu padre?”. Cuando le respondí que aún estaba en Nueva York,  me dijo: “pues dile que regrese porque hace falta crear un periódico”. Al saber que yo estaba tomando fotos me indicó: “pues quédate por aquí”. Ese es el principio de una larga historia.

Imagen: La Jiribilla

Gracias al trabajo de su padre, hay un testimonio gráfico e histórico de la visita de Fidel a Nueva York…

Fidel fue en abril, pero en febrero de 1959 se hace efectiva la primera visita de representantes de la revolución a EE.UU.  y esa delegación la encabezó Camilo Cienfuegos. El viejo cubre esa visita y toma imágenes de Camilo en Washington y en Nueva York. A mediados de abril yo salgo con la delegación de Fidel, pero el viejo estaba en Washington esperándonos. Nos unimos todos y fuimos a Nueva York, después de Washington, y luego hacia Canadá. Mi padre regresó a EE.UU. y yo continué con Fidel viaje por varios países de Latinoamérica

Su padre fue fundador del periódico Revolución y también del diario Granma y tuvo la gran suerte de estar activo prácticamente hasta finales de los 80.

Una semana antes de fallecer, el viejo acababa de regresar de España y de Inglaterra luego de inaugurar dos exposiciones. No te puedo decir con exactitud matemática, pero el viejo montó más de 70 u 80 exposiciones en el exterior. Creo que no hay un país en el que el viejo no haya tenido una exposición de fotografía que no hubiera ido a inaugurarla y siempre dejaba las imágenes: dejó su obra regada por España, por Italia, por Inglaterra… Comparado con otros fotógrafos de su generación, fue el que más exposiciones personales realizó. Y lo más interesante es que cada muestra era distinta a la anterior.

Creo que, tal vez hasta de manera inconsciente, Salas tenía una mirada de artista en un momento en que la fotografía aún no se estimaba en su real dimensión.

Definitivamente, sus móviles eran completamente artísticos porque en aquel entonces no había intereses económicos. A él le solicitaban una muestra y lo único que pedía era el papel fotográfico para imprimir… y así  hizo muchas. Era el momento de la utopía revolucionaria y, luego, esa obra se quedaba por ahí.

¿Regada por el mundo?

La familia tiene muy pocas cosas porque la mayoría de esas imágenes no regresaban.

¿Pero los archivos sí están aquí?

Mi padre me dejo de herencia toda su obra para promoverla, para divulgarla y para utilizarla. Lo que se quedó regado por el mundo fueron las copias, pero la familia posee todos los negativos originales, que son más de 200 mil. Hay negativos de todas partes del mundo y una obra que difícilmente se exhiba. Este año en que celebramos su centenario, tengo interés en hacer una exposición retrospectiva, pero que sea simbólica porque no quisiera incluir muchas fotografías sino seleccionar unas 80 que sean las que marquen la pauta. Mi padre es muy conocido por toda la fotografía que hizo a los comienzos de la revolución, pero también trabajó muchísimas vertientes.

Su padre fotografío a personalidades como Joe Di Maggio, Sara Montiel, Salvador Dalí, el Che Guevara, Celia Sánchez, Ernest Hemingway… hizo muchos retratos, ¿cómo evalúa su labor como retratista?

Cuando mi padre monta su estudio, lo primero que hace es una galería y empieza a hacer retratos de la novia, retratos del niño en el colegio, retratos de artistas…. Si se hace un paneo por su obra, uno se percata que él pudo salir del estudio, es decir sacarlo físicamente de la galería, sin embargo el concepto de la imagen de la galería no se pudo sacar de él. El viejo, por excelencia, se hizo un retratista y cualquier cosa, lo concentraba en un retrato; si analizamos toda su obra, el 75 por ciento son retratos y no creo que haya sido intencional sino la forma en que veía al mundo. Lo definiría como un retratista por excelencia: con frescura y con gran sentido de la composición, pero era un fotógrafo horizontal.

Imagen: La Jiribilla

¿Fotógrafo horizontal?   

Sobre eso me llamó la atención un periodista extranjero. Hace unos años atrás, le estaba mostrando algunas piezas del viejo mezcladas con las mías, pero las fotos no estaban firmadas y aquel hombre empezó a separar unas y otras y cuando le pregunté cómo sabía diferenciarlas me dijo: “es que su padre era un fotografo horizontal”.  Y era cierto, mi padre trabajaba de manera apaisada y sin embargo, yo soy un fotógrafo vertical.

¿Cómo eran los procesos creativos de su padre?

El viejo era muy espontáneo. Los fotógrafos, a veces, salimos a buscar una imagen y, consciente o inconscientemente, vamos hacia un objetivo determinado. Creo que la frescura y riqueza que tiene su obra se basa en la espontaneidad. Es muy difícil que él saliera a tomar una imagen determinada, aunque a veces lo hizo; por ejemplo, algunas fotos puntuales a artistas, pero normalmente prefería la sorpresa. Quizá por eso siempre andaba con una cámara encima y muchas de las obras que ya son clásicas fueron tomadas espontáneamente. Hay una fotografía que es una perfección de composición: la que aparece un hombre mayor caminando frente a la casa de Martí y eso no fue preparado.

¿Posaban para él?

Muy poco; quizá al final de su vida, pero eran imágenes de fondo que utilizaba para otros fines. En su última etapa trabajó mucho la fotografía iluminada, es decir, empezó a darle colores y a pintarlas. Hacía una imagen base para luego comenzar a trabajar  sobre ella.

Es muy significativo constatar que, ya siendo un artista de edad avanzada, se inclinara por la experimentación.

Siempre estuvo por los caminos de la exploración, aunque esa obra no se veía mucho. En los finales trabajó profusamente las texturas… creo que lo primero que en ese sentido hizo fue por los años 70. Entre ambos, concebimos un proyecto que se llamó 36 x 2 y que incluía 36 piezas por cada uno y todo era con imágenes muy experimentales. Años después hizo otra que ese tituló Salas Chrmone que era con fotografía iluminada, como técnicamente no había posibilidades de tomar fotografías en colores, empezó a pintarlas, pero no para rellenar la hojita en verde ni la florecita en rojo, sino con colores arbitrarios. Buscaba la creatividad.

¿Hizo algunos desnudos?

Mi padre jamás hizo un desnudo. No creo que por ninguna razón en particular sino, sencillamente, porque no le llamaba la atención. Tampoco fue muy paisajista.

Sin embargo, en su primera etapa sí retrató mucho la ciudad de Nueva York y en ese sentido sí hizo paisaje urbano.

Cierto, pero no siguió, no era amante del paisaje.

Puedo decir que el hombre fue lo que estuvo siempre en el centro de la mirada de Osvaldo Salas.  

Definitivamente. Lo mismo podía ser una personalidad de las artes, que un trabajador del campo, que un viejo sentado escuchado un discurso: el individuo, la persona fue su gran interés.

¿Y conversaba con usted sobre fotografía?, ¿lo aconsejaba?

Aunque parezca extraño con el que menos hablaba de fotografía era conmigo. Él hablaba con todo el mundo de mi trabajo, pero no me decía nada. Nunca se metió en lo que hacía.

En el año 1990 su padre dijo en entrevista a la revista El Caimán Barbudo: “la emoción mayor para un artista es lograr lo que se propone, verlo plasmado; si los demás lo reconocen es muy bueno, pero sin no se percatan el artista ya vivió en la intimidad ese momento maravilloso. Aún me quedan fotos por hacer”.

Todo un concepto ante la realidad. Mi padre tiraba fotografías para complacerse a sí mismo y si a los demás les gustaba o no, era secundario. Él hacía lo que quería. Sin embargo, siempre pensaba que todo se podía hacer mejor y creo que mientras un artista mantenga eso como pauta seguirá por buen camino. No es bueno creer que llegaste a la Meca, porque la Meca no existe.

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