Conversación con Ernesto Fernández

Hombre revelado, a cien años
de su hallazgo

Imagen: La Jiribilla

El lenguaje fotográfico se nos impone cual constante humana de vulnerar los tiempos. Una vieja y anhelada decisión de destrozar el paso inexorable de Cronos, pervive en el obturador de hombres que, a lo largo de la historia, han jugado a detener una imagen.

Este antojo hizo presa a Osvaldo Salas cuando surcaba los oficios de soldador y electricista. El contacto con un aparato fotográfico, se jugó para “el viejo” el todo ante el sueño frustrado de ser pintor, opción con amplitud rebasada por el gesto oculto del lente. Comunicador de imágenes de una tradición raigal, nunca presumió de su magisterio, sin embargo, prefirió nuclearse de aprendices.

Era impensable que a un experto fotógrafo en el año de su centenario no le fuera otorgado el beneficio de su legado. Uno de sus discípulos, el Premio Nacional de Artes Plásticas 2011, Ernesto Fernández Nogueras, accede a mostrarnos la bondad y el talento de Osvaldo. Para ello se dispone, como su preceptor le enseñara, a revelar lo que la gente no ve y está ahí.

Ernesto, ¿cómo usted recuerda al maestro Osvaldo Salas?

Cuando conozco al viejo Salas yo todavía no había cumplido los 20 años. Le decíamos “el viejo” porque era el mayor de todos nosotros. Igual había un fotógrafo que era el viejito Núñez con las características de las personas viejas: esos de novelas que están todo jorobaditos. Salas no. Era más erguido, pero se veía mucho más viejo: un hombre ya bastante mayor. Osvaldo es como la suerte que tienen los lugares, las cosas, los momentos. Él viene a Cuba al triunfar la Revolución, no fue casual, pero llega en un momento muy importante para la fotografía que mucha gente no conoce.

La gente puede hablar de Salas ahora y mencionar su bondad, lo buen fotógrafo que era, pero yo sí te puedo decir que llega en un momento muy interesante para la fotografía cubana. Esa fotografía épica que después se conoce por un grupo de nosotros, aunque fueron muchos los que hicieron fotos que no se han visto. En algún momento se verán las de Miralles, las de Collazo, las de infinidad de gente, incluso las del viejito Núñez del que hablaba. Nada más se conocen las nuestras y lo que hizo Marucha con el libro de los 60, donde está Salas, Mayito, Corrales, Korda y yo que era el más joven de todos ellos.

Cuando el viejo Salas llega aquí estos fotógrafos, entre los que me incluyo, procedíamos de la revista Carteles que era donde ya se realizaba un nuevo tipo de fotografía. Estaban las cosas que Corrales venía haciendo con la publicitaria Siboney, la campaña aquella De mi padre lo aprendí: unas fotos maravillosas. La fotografía en general estaba cogiendo una fuerza muy grande dentro de la publicidad. Para los países subdesarrollados era muy difícil. Ya estaba llegando aquí la película Kodak en formato grande, aunque de muy pocas asas, y había que hacer cosas más o menos de naturaleza muerta.

Y fue esta gente: Agraz, Korda, Corrales y yo que  estaba aprendiendo y ya hacía todos mis trabajos con fotografía a luz de ambiente, la que pasó automáticamente a Revolución. El conjunto de la revista Cuba es el que le da el tono gráfico importante al periódico Revolución. Y también el mismo estilo de trabajo que había desarrollado Franqui para hacer de ese periódico, además de uno noticioso, uno muy gráfico. Ese grupo, que no vamos a decir profesional, era gente de muy poca experiencia en la prensa. Korda venía de una agencia de publicidad y llevaba solo un año trabajando en este otro ámbito. Corrales estaba haciendo sus primeras cosas importantes, pero en publicidad, como ya comentaba.

Cuando llegamos al periódico Revolución veníamos con formatos pequeños, con las cámaras grandes de 4x5, con los flashes. Todos entramos ahí tomando fotografía a luz de ambiente, y en ese momento llega este hombre: Osvaldo Salas, que es la única persona verdaderamente profesional, primero por edad, segundo por buen fotógrafo y tercero por venir de Nueva York —que aunque dice el hijo suyo, Roberto, que él era colaborador, sé que “el viejo” hizo mucho trabajo profesional y no como colaborador, pues era corresponsal de la revista Bohemia y de otras más aquí. Y recuerdo los grandes reportajes —a pesar de ser muy joven en aquellos años— que se publicaron en la revista Bohemia, hechos por Osvaldo Salas. Como el caso de aquel puertorriqueño, Robles, que se fajó con la policía de Nueva York a tiros y lo dejaron muerto en la escena. No sé si de un cuarto o quinto piso, pero estuvo casi 24 horas disparándole a la policía que estaba abajo. Uno de sus trabajos increíbles, compartido además con Vicente Cubillas, fue la pelea de Kike, en el momento en el que a Cubillas un fotógrafo le da con una cámara de 4x5. Cubillas era un hombre con mucho carácter y su agresor le corta el rostro de un buen piquete. La colección de fotos que hace el viejo Salas del rostro de él es impresionante. Cubillas le dice: “Deja las cosas como están y retrátame así, echando sangre por la herida”.

Para mí en particular cuando llega Salas lo reconozco tranquilamente así: como el único profesional que estaba entre nosotros. Era una persona de muy buen carácter. Siempre se estaba riendo. Hacía un chiste detrás de otro constantemente. Se da cuenta de la fuerza que tenía la fotografía en todo el proceso revolucionario. Fue de los primeros que con Benítez planteó la necesidad de hacer una exposición que se llamó 10 años de Revolución, por mí considerada hasta este momento como la exposición fotográfica más importante que se haya hecho en 50 años. La serie reunía desde el Moncada hasta 1963 cuando se inaugura. Recorrió el mundo entero con un éxito tremendo. La llevó con Benítez, pero quien la organizó fue el viejo Salas.

Todos nosotros trabajábamos en los primeros años del proceso metiéndonos en cuanto lugar había. La lucha para hacer la buena fotografía. Eso duró los años de 1960-1961. En 1962 ya empezaron los primeros problemas a la hora de hacer algún tipo de fotografía. Había que estar muy acreditado. No todo el mundo podía entrar. Eso empezó a dificultar, sobre todo a una gente como Salas, que había iniciado viejo. Como pasó con Corrales, y con casi todos que empezaron a apagarse a partir de 1963-1964.

Yo no me apagué porque me lancé enseguida hacia el reportaje. Cubrí algunas cosas que estaban dentro de mi programa de trabajo, pero trataba por todos los medios de dedicarme a los reportajes porque me daba cuenta que no podía hacer otra cosa. Me imagino que para “el viejo” tiene que haber sido muy difícil porque era un fotógrafo muy activo, una gente de mucha vitalidad. Como lo fue para Korda también en un momento determinado cuando le intervinieron el estudio y tuvo que empezar a hacer fotografía submarina.

Y de pronto con la ofensiva todos nos tuvimos que situar. Yo, por ejemplo, trabajaba en el Colegio de Arquitectos, en la Casa de las Américas, en el Mella, en Revolución… me pasaba la vida trabajando y mucha gente hacía lo mismo enlazando un empleo con el otro. De repente me llaman para ofrecerme una chequera con la condición de que debía laborar en un solo sitio, el que escogiera. No quiero hablar ni de eso. Aquel licenciamiento era muy cómodo para la gente que no le interesaba trabajar, que pretendía recibir un sueldo sin tener que hacer nada. ¡Una pensión de 350 pesos en una época donde el salario máximo era de 250! Al final me dieron la chequera por diez años.

Para mí que me gustaba mi trabajo aquello era demoledor. Me vi trabajando solo en la revista Cuba. A partir de ese momento no podía cobrar los servicios solicitados por el resto de las instituciones con las cuales había colaborado. Me llamaba el Colegio de Arquitectos y tenía que hacérselo gratis, pero bueno, a mí me gustaba el trabajo. Me imagino que el viejo Salas cuando dijeron “para un lugar”… Después se le veía desayunar en el hotel Riviera siempre por las mañanas. Así se fue apagando. Eso es lo que te puedo decir de “el viejo”, que llegó en una circunstancia en la que todos nosotros aprendimos de él. Salas era muy profesional y nosotros tenemos mucho de su profesionalismo. Era muy pausado. Disfrutaba mucho la fotografía. Gustaba de enseñar las cosas que dominaba. Esa para mí es la historia.

Imagen: La Jiribilla

¿Comparte el legado de Salas cuando expresó que una fotografía se compone de un 5 % de técnica y un 95 % de imaginación?

No pienso la fotografía así. Al menos a lo que comúnmente llamamos imaginación. Siempre le digo a la gente que uno, al igual que las computadoras, tiene un disco duro. Y eso me ha pasado también con personas con una obra muy grande a las que les he preguntado cómo la han logrado.

Uno tiene un reservorio. Es como una especie de gran archivo: almacenas y almacenas. Y hay gente que comenta: “¿Para qué almacenas tanto?”. Almacenas tanto como una persona dedicada a guardar papeles. Y eso no importa, en algún momento los necesitarás. Quizá nunca, pero el día que te haga falta ya paga todo el tiempo y el espacio que ocupó. Para mí la fotografía es tener muchas imágenes y un día salir y dejar que ellas salgan. Ellas están ahí.

Todos los fotógrafos que se dedicaron a retratar la ciudad de Nueva York estuvieron por ahí haciendo fotografías. Fíjate que todos partían de un criterio: empezar a hacer una cosa y después las imágenes iban llegando y llegando. Claro, hay que tener, desde luego, una sensibilidad y gustarle el oficio. No sé si eso tenga algo que ver con lo que dice el viejo Salas, pero lo que siempre le aconsejo a la gente es que todo tú lo tienes en la cabeza. Dale chance a que salga. Nadie sabe lo que tiene cada cual en la cabeza. Hay gente que están copiando al cerebro una cosa y copian y copian… A lo mejor estás pensando algo pero a él le está entrando información de otra naturaleza.

Uno lo que tiene es que darle oportunidad al cerebro a que genere lo que tiene guardado porque en eso también hay una base genética, que me imagino que el ser humano no utilice, o utilice muy poco porque no la sabe utilizar o porque no le ha sido necesario. Al ser humano muchas veces se le revela en sueños, cuando ve cosas que no sabe explicar de dónde salieron y, sin embargo, lo ve perfecto. Para mí la fotografía siempre es eso.

Al principio pasaba mucho trabajo en mis reportajes porque me dedicaba cuando salía algún periodista amigo mío a tratar de crear porque todo el mundo se siente creador (ese es el grave problema), y de pronto mi compañero me decía que ya había acabado cuando a mí me faltaba aún concretar las imágenes. “Yo soy un profesional, yo sé cuáles son las mejores imágenes”. Lo primero que tenía que hacer era matar el reportaje. Cuando tiras las primeras 15 fotografías ya todo sale. A los diez minutos él seguía escribiendo y me daba cuenta de que ya tenía mi reportaje convencional, profesional.

Yo te enseño fotografías que miro y me asombra cómo pude haberlas logrado. Ese es el quid: las imágenes están dentro del mundo. No es la forma que tienes de mirarlas, como dicen todos, es lo que hay que la gente no ve y está ahí. Eso tiene como una trampita que aprendí yo, nadie me la enseñó. Para fotografiar esa silla, por ejemplo, era muy usual que lo hicieran desde la altura de un metro y medio de la vista hacia abajo. Para hacerlo hacia arriba tendrías que encaramarte porque nuestro campo visual detecta desde abajo hasta un metro y medio. Así la vería todo el mundo. Yo, o me agacho o me encaramo encima de otro soporte o la tiro desde atrás. Tengo que tomarla de una forma que la gente no esté acostumbrada. Que cuando choquen con la silla les llame la atención porque lo primero de lo que se van a dar cuenta es que la están mirando de un ángulo desde el cual no la ven. A partir de ahí hice todas mis fotografías. Luego que sea la mente la que disponga. Debe haber dado algún resultado porque mis fotos se miran.

¿Cómo sedimentan los sucesos fotográficos desgarradores que ha registrado como fotorreportero en su vida como ser humano? ¿Qué enseñanzas del viejo Salas activa en estos casos?

Norberto me decía a mí una cosa. Estuvimos en las tres guerras: en la lucha contra piratas, contra bandidos y en Angola. Angola fue la más difícil de todas porque fue una guerra convencional en un momento determinado y después una guerra irregular, que es la más peligrosa de todas. En la regular te cae la bomba y no sabes de dónde viene, pero la otra variante es peor porque en esta vas caminando y sabes que todo lo que te rodea puede ser malo. Y así fue en algunos aspectos. Pero siempre me desligaba de aquello. Tuve mucha suerte. Le decía a Norberto: “No me veo entre los muertos”. Y veía los muertos en Playa Girón y los veía en Angola, pero yo no tenía nada que ver con ellos. Estaba ahí como cuando filmas una película o la proyectas. Sí te puedo decir una cosa: algo tiene que afectar. Ahora mismo me hablas de eso y me siento muy mal. Y es que en varios momentos de mi vida he estado sentado en un lugar y me he puesto a llorar. No me preguntes por qué. Me ha durado días.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuál es la foto más desafiante que ha logrado captar y cuál la nunca apresada —aunque pretendida— por su obturador?

Eso nunca me lo he cuestionado. Considero que la única vez que bajé la cámara salvé mi vida gracias a eso. Me pasó cuando los sucesos de La Coubre. En ese momento el hermano de Vilma, Iván, me había dejado en el hotel Plaza, donde trabajaba mi madre. Tenía 19 años y llevaba tres días tomando fotos en la Ciénaga de Zapata. Celia me da el aventón hasta La Habana y estando dándole un beso a mi madre en el instante en que Iván me deja, suena el bombazo. Cuando alzo la vista y miro por Zulueta lo que venía eran miles de gente corriendo y gritando y una humareda detrás. Los primeros que pasan decían que en la ruta 35, que salía del cuartel de Corrales, habían puesto una bomba. Tenía todas las cámaras encima. Salgo corriendo para allá y en la tercera estación de la policía veo que traen a un moreno atado. Parecía un Cristo. Lo traían halando de un lado a otro y tal pareciera que lo iban a descuartizar. Voy a tirarle la foto, pero cuando la voy a tomar veo a unos dándole golpe y bajo la cámara. Empiezo a increpar a la horda enfurecida. En aquella época no te podías lanzar contra la gente. Cuando intento aplacar los ánimos me empiezan a gritar: “¡Esbirro, esbirro! ¡Míralo como tira fotos!”. Pero como eso ocurría en la misma esquina de la estación de policía me empiezan a halar para dentro. Y tenía en el bolsillo de la camisa un papel que me había dado Celia porque en el momento en que yo me monto en el carro con Vilma Espín, ella me pide que le hiciera una foto para tenerla de recuerdo. Entonces me da la tarjeta con sus teléfonos. Cuando la gente comienza a apalearme entonces saco la nota y amenazo con que iba a llamar a Celia. El policía ve el papel y, comprobando su autenticidad, me dice que él lo que intentaba era protegerme para que no me golpearan. Entonces me empieza a quitar la gente de encima. Se oye una voz que dice que el problema ha sido que han volado un barco y hay un montón de muertos. Reacciono y en el momento en que me mando a correr por Zulueta: la segunda explosión. Y se hunde el barco con todos los bomberos adentro. Si no llego a bajar la cámara y tomo esa foto, hubiera seguido hasta donde estaba el barco y hubiera muerto a la par de los bomberos. Puedo asegurarlo. Esa fue la única vez en la que bajé la cámara.

¿Encontramos discípulos promisorios de Osvaldo Salas en la fotografía cubana actual, profesionales que puedan llegar a ser/hacer(lo)?

No tiene nada que ver una cosa con la otra. Pueden existir mejores porque la sociedad es dialéctica, cambiante. Pudieran ocurrir cosas iguales desde ese punto de vista que en el año 59, pero las cámaras son distintas, los hechos son diferentes.

Hay una fotografía conceptual muy fuerte en Cuba. Es impresionante. Fui de los que dijo hace diez años que no sabía qué se iban a hacer los fotógrafos. Los reportajes han cambiado: yo salía a hacer reportajes de los trabajadores, por los trabajadores, para los trabajadores, sobre lo importante que era la producción para la vida como forma de trabajo y de existencia. De pronto un día vi como cualquiera me decía lo que tenía que hacer, hasta que todo se fue malogrando. Por eso me dediqué a la publicidad, a vivir, como dice Pánfilo, del cuento… Ahora hay una fotografía conceptual que dice más que la de nosotros. Creo que con los cambios que están habiendo en Cuba, toda esta fotografía que se supone crítica, entre paréntesis, pueda ayudar a la gente a quitarse todos los tabúes y miedos. Hasta ahora en 50 años de Revolución no he visto yo dentro del arte y la intelectualidad cubanos, nada ni nadie que haya podido calumniar en un momento determinado algo de este proceso. No ha tenido cabida. Que todo el mundo haga lo que quiera y que todo el mundo piense. Están los oportunistas, pero ellos se van como llegaron. Lo único que desarrolla al mundo es el trabajo. A cada cual según su necesidad, a cada cual según su capacidad. Si quiero que me hagas una buena entrevista, y yo dirijo el periódico, a mí lo único que me interesa es que sea buena, si no te despido. Ni me va interesar tu conciencia, ni lo buen trabajador que eres. El buen trabajador se demuestra cuando hace el trabajo por el cual gana su dinero.

¿Cuál cree usted que sea la mejor manera de honrar la memoria de Osvaldo Salas en el año de su centenario?

Defendiendo toda la fotografía que hicimos nosotros al principio de la Revolución. Toda la épica. Lo que llamamos la gente de la épica revolucionaria. Que no quiere decir la guerra porque el término es relacionado con esta a menudo. Creo que todo fue lucha: los asaltos, las manifestaciones, los Primeros de Mayo, todos tenían un contenido distinto. Se hacía con un amor tremendo y conllevaba una voluntad de acero de la gente de hacer la Revolución en ese momento. Y realmente todos la hicimos, todos luchamos. No vamos a hablar de sacrificios porque uno se divierte mucho cuando está haciendo algo que merece la pena hacer. Y me siento muy feliz, ni la guerra pudiera verla como algo malo. Al contrario, todo eso me sirvió para formarme. La guerra fue uno de los caminos que escogí. Otro día me tocaba un Primero de Mayo, pero todo lo disfruté.

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