Convergencia...

Tengo frío…

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba
Un amigo es otro yo
Pitágoras

“Tengo frío, / ¿quién lo mata?”, son versos de Melvina Brown. No puede afirmarse que se trate de una frase poética lograda, ni su autora resultó ser una “personalidad de la cultura”. Pero ambos —versos y poetisa— han resultado inolvidables, para mí y para todas las  “muchachitas” que ocupábamos el primer piso de uno de los edificios de la Loma de Quintero; posiblemente la gran mayoría de los compañeros de aquellos años tampoco puedan olvidarlos.

Melvina fue una de mis tres compañeras de cuarto (la que traía un mundo “diferente” y a la vez, la que más se me instaló en nosotras), cuando el gobierno revolucionario otorgó las primeras becas para estudiar; exactamente durante el año 1963, en la universidad de Oriente.

Guantanamera; una jovencita alta y muy delgada, de apariencia tímida pero terca, amarrando la sonrisa, de pocas palabras, gestos  evasivos; entre “jabá” y negra colorá (eso no estaba claro), con el pelo trabajosamente abombado sobre la frente. Una creía que iba a terminar en un gran moño, pero en la nuca solo tenía un “culito’e pollo” de pasita amarillenta, seca, sujeto con enorme hebilla artesanal; destacaban la altura de su cintura y sus pies de giganta en ballerinas. Toda ella enfundada en un vestido de terciopelo rojo, estilo imperio, con mangas de globo, encajes y pasa cintas. Venía con una maleta de madera y tocó en el cuarto de las “de Letras”, nosotras.

— ¿Tú estás segura que te mandaron para este cuarto? —fue lo primero que le preguntó Adela del Valle (la Pampanini, que había sido reina del carnaval de Santiago en el 59, figúrense qué belleza), sin soltar la puerta, con la otra mano en la cintura, interponiéndose en la entrada.

—Yo vengo a estudiar Latín, me mandaron para aquí —murmuró Melvina, mirándonos fijo, seria.

—Lo siento, aquí no es, deben estar equivocados, anda ve y vuelve a preguntar —ordenó La Pampa, mientras Carmen Masó (hija del vicerrector de la universidad en ese momento) y yo, observábamos a sus espaldas.

 En realidad el cuarto era de cuatro —dos literas, arriba y abajo—, había una vacía, faltaba la cuarta becada de Letras. “¿Ustedes vieron eso?, ¡qué va, que se vaya para otro cuarto!”, argumentaba Adela, y todas  nos matamos de la risa. Al cabo, volvieron a tocar y era Melvina; no explicó nada. “Déjame pasar”, dijo al mismo tiempo que entraba, maleta por delante. La Pampanini tuvo que soltar la puerta y apartarse.

 Entonces nos sentamos a contemplar (¿vigilar?) cómo se instalaba en nuestro cuarto la negrita guantanamera. Antes, la propia Pampa le indicó la parte que le tocaba de las taquillas y su litera (debajo de la mía).

Melvina lo hacía todo en silencio y con los ojos bajos, concentrada (¿contenida?). Además de ropas dobladas con minuciosidad, un jarro (¿algo exagerado, aboyado…?), cepillo y pasta de dientes, descubrimos que traía dos enormes mangos verdes en su maleta de madera; todo lo fue colocando lentamente en el pequeño espacio rectangular de su taquilla y la cerró con llave. Dejó afuera toalla y bata de casa floreada, se las colgó del brazo y se encaminó a salir. Enseguida las tres le caímos detrás, adelantándole instrucciones para el uso del baño; pero ella se volvió, brusca, nos miró fijamente y salió, cerrando la puerta en nuestras narices.

Así, más o menos, fue la llegada (para siempre) de Melvina Brown a nuestras vidas.

En Santiago hace muchísimo calor incluso en diciembre. Bueno, pues esa niña se tapaba con una colcha (de arabescos rojos y verdes) todo el tiempo. Era una momia. Con los  ojos cerrados, envuelta hasta el cuello, dejando su cara afuera, era una máscara bantú. Al amanecer, eso era lo primero que yo veía porque, en mi litera de arriba, junto a las persianas (que dejaba abiertas, a pesar de sus protestas), yo despertaba y enseguida me descolgaba para mirar abajo. Y entonces la veía a ella, con los ojos bien apretados. Yo moría de la risa y la llamaba “Melvi, Melvi, Melvi” ella abría los ojos un instante, solo para rogar “Déjame, chica, no me despiertes, anda, déjame…” y enseguida volvía a cerrar fuertemente sus ojos de china con pecas.

Ella le tenía miedo a los chichís (especie de escarabajos negros) que en  las noches  invadían todo, y nosotras los cazábamos especialmente para asustarla; una vez, con cadáveres de chichís  pusimos su nombre en el piso, al lado de su cama. Ese día Melvina se tiró por el balcón, gracias que estaba Tina (enorme bayamesa de otro cuarto, estudiante de Economía), que la agarró por las canillas, la salvó en el aire.

 Para su aniversario pinté un cartel estrecho y vertical, como un kakemono, donde se veía un larguísimo hueso húmero con la cabeza de Melvina en el extremo superior y en el otro, sus enormes pies en ballerinas; el letrero decía: “Hueso cumple años, ¡todas invitadas!” Lo colgué en el pasillo (desde entonces a la guantanamera le cambiaron su nombre por Hueso).

Pero en ese mismo instante en que yo terminaba el cartel, ella —que había bajado a Santiago— estaba llegando y se acercaba por el pasillo. Yo —bastante tonta y pesada, ahora me da pena contarlo— saqué los pinceles de una latica y le lancé un fondito de agua por la cabeza, a modo de saludo alegre. Entonces, (¡ay!) yo no me imaginaba, no podía entender la extrema indignación de Melvina:

—Concho, manín, pero, ¿tú no ves que me acabo de pasar peine caliente?, ¡ahora tengo que esperar meses para lavarme la cabeza!

Recuerdo el día que, para no sé qué evento cultural estaba reunida toda la universidad en el teatro. Ahí estaban José Antonio Portuondo, nuestro querido rector,  y renombrados profesores como el inolvidable doctor  Pratts Puig, La Cossío, el panameño Nils Castro; y en nombre de los alumnos abría Melvina Brown, que subió al escenario  con un poema suyo. Pero, en cuanto ella se detuvo ante el micrófono y dijo: “Tengo frío… ¿quién lo mata?...” del público empezó a elevarse un murmullo unánime, con una sola palabra: hueso, hueso, hueso… hasta que fue un escándalo imparable de gritos con palmadas y patadas en el piso.

Francamente, no recuerdo si ella bajó corriendo o terminó el poema, no sé. Como ven, no solo era yo la pesada, pero Melvina me odió a mí especialmente, en intenso silencio.

Aunque realmente no fue un silencio total, porque a ella la hechizaba cantar feeling y entonces se transformaba, descubríamos sus dientes chiquiticos en carcajadas de mulata de fuego, como si fuera una de las D’Aida (las imitaba, mataba por ser Elena o la Mora). Descubríamos que la flaca guantanamera podía brillar con una sensualidad inusitada (a pesar de sus larguísimos huesos húmeros).

En la puerta del cuarto yo puse un cartel, donde había dibujado nuestro emblema: la caricatura de Salomón (el personaje de Chago Armada), esta vez con clámide y lira, debajo un letrero: Boit de Noite (entrada: solo en payamas y con sombrero). Entonces, en las noches de farra (casi todas las noches) las muchachitas del piso de Letras iban llegando ataviadas como indicaba el cartel; Tina aportaba casi todo el condumio (pan con lechón, con timba, tostones, mangos de bizcochuelo, prú); era como un picnic, nos sentábamos en el suelo y ahí mismo comíamos, hechas una bola de risa, con baticas, bobitos, juegos de chores y ropones floreados, cada una con el sombrero que había conseguido.

Mientras, una esquina del cuarto permanecía oculta por una sábana blanca. A la hora indicada (ahora no sé cuál hora, por Dios) se apagaban las luces. La Pampanini se ponía de pie, linterna en mano y anunciaba:

“¡Y ahora, la estrella aplaudida por el mundo, la voy aclamada en todos los escenarios…! ¡Esta noche, con nosotros, acabada de llegar de París, la guantanamera universal: Melvina Brown!” (Aplausos cerrados, aclamaciones)

Y desde lo oscuro, una mano de gesto elegantísimo (me parece verla) descorría lentamente la sábana, entonces —ataviada con terciopelo rojo en un modelo estilo imperio— aparecía ella… “Adiós, felicidad/ casi no te conocí/ pasaste sin mirarme/ sin saber nada de mí…” cantaba aquella compañera de cuarto, hermanita de nuestra preciosa época; cantaba toda la madrugada aquella reina parada en enormes pies, licenciada en Latín.

De entonces a acá, partiendo de aquel cuarto de beca en Santiago de Cuba y a lo largo de mi vida, cada vez que me encuentro con las “muchachitas” del piso, antes que un saludo, que el abrazo, antes de recordar nuestros nombres y apellidos, sale de mi boca la contraseña:  “¡Tengo frío…!”  Y si esa persona de verdad estuvo conmigo a principios de los 60, en el edificio de Letras, sin titubeos debe contestar: “¿Quién lo mata?”. Los versos inmortales de Melvina Brown.

Pero, ¿dónde estará ella?, nos preguntamos. ¿Habrá perdonado aquellas novatadas…? ¿Nunca sintió cómo llegamos a quererla?... ¿Y a usted, también se le han quedado cosas por decir a algún compañero generacional, a alguien que compartió años inaugurales y erráticos?, ¿Tiene  recuerdos donde no queda “bien parado”, recuerdos donde aparece en escenas que le dan sentimiento, que ahora  pueden hacerle llorar?

Melvina, manín, ¿nunca te diste cuenta lo feliz que me sentía cuando despertaba y descubría que no estaba sola, que tú estabas en la litera de abajo? Quisiera contarte cómo te instalaste en mi “otro yo”.

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