Entrevista con Tomás Inda Barrera

“Un instante y nada más”

Aline Marie Rodríguez • La Habana, Cuba

La fotografía es el arte de jugar con la luz. Tomás Inda Barrera lleva casi toda su vida jugando con ella y enseñando a otros interesados a captar el instante decisivo del que hablaba Henri Cartier-Bresson. Cientos de alumnos han pasado por sus aulas, primero en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí y, desde hace tres años, en la Escuela de Fotografía Creativa de La Habana (EFCH), centro docente que creara junto a amigos y antiguos estudiantes.

Imagen: La Jiribilla

Para él, que se considera un bressoniano confeso, “la fotografía es el instante y nada más. Es algo mágico. Conservar un instante es espectacular y único”. Pero, antes de ser fotógrafo y docente Inda, como todos los conocen, estudió electromecánica de aviación, en el Instituto Técnico Militar y en la Academia Chukovsky, en Moscú.

¿Cómo descubre la fotografía?

Empecé a los 14 años cuando estudiaba en la secundaria básica. Estaba en un grupo de niños pintores en Ciudad Escolar Libertad, auspiciados por San Alejandro. En ese círculo de interés enviábamos nuestros cuadros a Vietnam y  a otros países amigos. En esa época conocí la fotografía y aprendí cómo se hacía. Allí conocí a un viejo fotógrafo, cuyo nombre ni recuerdo, y él me recomendó que fuera a la biblioteca.

Luego de buscar información hice mi primer pinhole, que es una camarita estenopeica. Una camarita con un huequito porque los viejos no tenían dinero para comprarme una cámara. Estuve como un año trabajando así y, a los 15 años, mi papá me compró mi primera cámara, que fue una Smena rusa, plástica, chiquitica y totalmente manual.

Mi papá se convenció de que realmente me gustaba mucho la fotografía porque estar un año trabajando con una estenopeica es dificilísimo. Me gustaba tanto y por eso cuando creo la EFCH siempre el primer curso obligatorio es de estenopeica.

A los 15 años ingresé en el Instituto Técnico Militar a estudiar técnico electromecánico de aviación y descubrí que de mi especialidad dependían las cámaras del avión. Ahí entonces aprendí fotografía de verdad. Opté por esa carrera porque el momento lo exigía, era 1967. Antes mi papá había estado en Girón y en el Escambray, y en el país había una efervescencia de defender la patria.

Trabajé 37 años en las Fuerzas Armadas, pero nunca dejé la fotografía. Primero fue una afición, luego tuve que hacerla una profesión y después terminé en un centro de investigación, trabajando la fotografía y el vídeo científico. Allí, a principios de los 90, me dediqué a la fotografía y el vídeo digital.

¿Cuándo se interesa por ejercer el magisterio?

En el 2003 fui a trabajar al Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Guillermo Cabrera Álvarez, su director, era mi gran amigo y me propuso entrar como informático, pero seguí con la fotografía. Ahí conocí a Félix Arencibia, quien dictaba cursos de fotografía. Él me propuso dar la parte digital, mientras él seguía a cargo de la parte clásica. Empecé a impartir fotografía digital y Photoshop. Así fue como entré en el periodismo y estuve siete años.

¿Cuándo y por qué decide crear la EFCH?

Hace tres años, cuando abrieron las posibilidades para el cuentapropismo, vi que había una opción para profesores de música y otras artes y, como la fotografía es un arte, saqué mi licencia. Pensé que sería bueno hacer una escuela. Hablé con algunos amigos, sobre todo alumnos míos, e inauguramos la escuela. El próximo 15 de julio cumplimos el tercer aniversario. La característica fundamental del centro es que se imparte toda la fotografía, no tenemos fronteras.

¿Cómo se estructura el programa académico del centro?

La escuela imparte cursos por niveles y cada uno dura un mes. Tenemos el nivel básico, que son dos cursos. Ese es para aquellos que no quieren ser analfabetos en el siglo XXI porque hoy día hay cámaras en todos lados y cada vez son más complejas. Hay cámaras portátiles, de bolsillo, en las laptop, en las tablet, en los teléfonos.

Después está el nivel medio, que incluye cinco cursos. Recorre los temas principales de la fotografía, entre ellos la luz, el manejo de cámara, la composición e iluminación. Luego están el nivel medio superior, que dura un año y después el profesional, que dura tres años. Este último requiere de mucho conocimiento y de mucha dedicación. Tenemos alumnos que han pasado algunos cursos del profesional, pero aún no tenemos ninguna graduación.

La escuela concibe su programa por interés de los alumnos. Nos ajustamos a sus preferencias. Razón por la cual cada curso puede comenzar en cualquier momento. Además, los estudiantes escogen el orden en que los recibirán. A nosotros nos interesa que tengan los créditos al final del año para entregarles el certificado de nivel.

Nuestro centro, recientemente, también comenzó un curso gratuito en la Librería Alma Mater. En abril, además, impartimos un taller infantil, durante la semana de receso escolar. Lo hemos hecho durante los tres años. Siempre vienen de cinco a diez niños, en edades de siete a 12 años. En la última edición tuvimos una niña de cuatro años que vino con su hermanito y las fotos son excepcionales. Al final se organiza una exposición con las obras.

¿Qué otras actividades realizan, además de las clases, para complementar la formación de los alumnos?

Hacemos “fotosafaris”, salidas fotográficas a diferentes lugares. Por ejemplo, uno que gusta mucho es el brujo tour que sale del parque Trillo y termina en el Callejón de Hamel. Se refiere a las raíces de las religiones afrocubanas y el sincretismo que ocurrió, en nuestro país, entre la cultura africana y la religión católica española. Un especialista del callejón los acompaña en el recorrido y los profesores van enseñando como tomar las fotografías en esas condiciones, que son oscuras.

También tenemos uno muy largo como el del Pico Turquino. El año pasado lo hicimos en febrero. Un grupo de alumnos se prepararon y fueron a Bayamo, a Manzanillo y llegaron a la cumbre del Turquino. Allí se tomaron una foto en el busto de Martí con un cartel de la escuela.

Tenemos muchos otros de naturaleza, arquitectura, paisaje, retrato y, además, hacemos las foto-rally, salidas fotográficas de competencia. Cada profesor organiza un grupo y los alumnos se anotan. Hemos hecho rally fotográficos durante la Feria del Libro. Después, un jurado compuesto por docentes determina el equipo ganador.

En Facebook hacemos un concurso mensual, que consta de cuatro etapas. Cada semana se publica un tema fotográfico y la gente puede subir fotografías. Aquellos que no tienen conexión la pueden traer o enviarla por correo. De todas las fotografías el equipo de profesores selecciona cinco. Esas se publican como las posibles ganadoras y se empiezan a recoger los “Me Gusta” que los usuarios hayan marcado en cada imagen. El que obtenga más “Me Gusta” en la semana es el ganador, así como en los cuatro temas es el ganador del mes. Al final se entregan premios.

Desde hace unos meses circula en discos y en memorias flash la revista Negra, creada por la escuela. ¿Por qué ese nombre?

Le pusimos Negra porque quiere ser controversial y crear motivos para discutir. Su propósito es que se hable claramente de fotografía. Su frecuencia es bimensual y la creamos el año pasado.

Es una revista gratuita y contiene entrevistas, un dossier fotográfico,  caricaturas, cuentos... Cada edición tiene más de 100 páginas. Tenemos a Yalemi Barceló como editora y contamos con muchos colaboradores, algunos alumnos, profesores, periodistas y fotógrafos. 

Hace dos meses la subimos al sitio issuu.com y en poco tiempo tuvo 17 mil visitas, provenientes, entre otros países, de EE.UU., Rusia y Argentina. El 30 de mayo presentaremos el número 6.  

Durante estos años de labor, ¿cuáles han sido los principales logros de la EFCH?

El mayor reconocimiento para la escuela son los fotógrafos que hacen algún trabajo profesional. Por ejemplo, tenemos una graduada nuestra que trabaja en Bohemia. Para nosotros es un gran estímulo saber que ella integra el departamento de fotografía de esa revista.

Otro mérito es que nuestros alumnos ganaron, el año pasado, la mayor cantidad de concursos fotográficos que se hicieron en La Habana y este año vamos por el mismo camino.

Además, creo que lo más importante es que los estudiantes están contentos. Vienen, se enlazan con el centro y no quieren perder el vínculo. La semana pasada uno me dijo “a veces estoy en la casa buscando un motivo para irme para la escuela”. Eso indica que la escuela le hace falta, que le gusta y se siente bien. El reconocimiento más grande está en la satisfacción de los alumnos.

Antes de terminar la entrevista pudiera darme una valoración de la obra de Osvaldo Salas, fotógrafo cuyo centenario celebramos este año y que, sin duda, también inspira el trabajo de la escuela.

Osvaldo Salas para mí es un ídolo. Junto a Liborio y a Korda son fotógrafos que marcaron un momento en la historia de la fotografía cubana, que se ganaron el derecho de llamarle fotografía épica. Han dejado una huella tan importante, que uno recurre a ellos constantemente en las clases. Tomaron instantáneas fenomenales, que retratan un momento increíble del desarrollo del país. Ha habido muchísimos en ese grupo. Hubo algunos incluso que no son tan famosos como Salas, pero que también son importantes y dejaron una impronta.

Salas era un mago de la cámara, sus fotografías son espectaculares. Era un hombre atrevido, que creía en lo que hacía. Es una personalidad de la fotografía en Cuba, una escuela y todavía nadie se ha dedicado a estudiar su obra profundamente. Félix Arencibia, mi gran amigo, era admirador de Salas. Tenía dos originales suyos dedicados y eran su bien más preciado.

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