Big Freeze

En la televisión volvía a la carga el mismo comediante estúpido. Su voz resonaba demasiado estridente en la habitación, atiborrada de sarcasmos y prejuicios que no lograban hacer reír a Pete. Era más bien repulsivo, venenoso, y Pete se preguntaba si aquella masa de televidentes acéfalos que lo elogiaba comprendería alguna vez su mediocridad.

―Me tienes harto ―protestó por lo bajo y apagó el televisor.

En su cuarto, ajena a todo lo demás, Hanna seguía enfrascada en su batalla contra las corporaciones que deforestaban el viejo bosque donde había transcurrido su infancia. Releía las noticias recortadas de los diarios, evaluaba los impactos ambientales y organizaba nuevas estrategias para su grupo de acción, intentando no preguntarse cuánto tiempo más podrían dedicarle a su cruzada. Tras dos años de mítines y breves escaramuzas que casi nunca llegaban a los medios, la gente comenzaba a perder impulso. Muchos lo habían dejado, y aunque Hanna sabía que la suya era una guerra perdida de antemano, sentía que era necesaria. Pete la admiraba por eso, pero en los últimos meses ya no le resultaba tan divertido. Aquello se había convertido para su mujer en una especie de obsesión: era difícil hablarle de otras cosas o, simplemente, salir a caminar con ella sin que el paseo se tornara una tortura insoportable. Siempre, en el momento más inesperado, el carácter de Hanna se ensombrecía y la conversación volvía a caer en el sensible tema de las corporaciones y los ecosistemas degradados.

―Son unos bastardos ―decía ella y ya no había forma de pararla.

Pete regresó al estudio y cerró sin ruido la puerta. Necesitaba un cambio en su rutina, una especie de tregua ante el hastío, un nuevo aire, una ilusión que les devolviera a Hanna y a él el ímpetu de los primeros años, la alegría que poco a poco, entre fracasos y rigores casi siempre excesivos, habían olvidado. Necesitaba que ella entendiera, pero no quería exigirle. A fin de cuentas, ya habían hablado varias veces sobre eso y las conversaciones terminaban sin remedio en discusión.

Afuera el otoño comenzaba a teñir las hojas de los árboles. Los días eran cada vez más cortos y un viento todavía fresco arrastraba en remolino las hojas sobre el asfalto. Pronto empezaría a nevar y los días se harían grises, pero aún el cielo seguía siendo azul y, por encima del techo a dos aguas de su casa, Pete podía imaginarlo claro y limpio, como pintado en Photoshop.

Tomó su guitarra y ensayó un par de acordes. El sonido de las cuerdas rebotó casi melancólico en el enchapado de las paredes, casi rabioso, un mal remedo de los tiempos en que sacaba de su guitarra gritos auténticos, himnos que estremecían al auditorio y que los jóvenes repetían como propios. Pero los tiempos habían cambiado, la juventud de ahora era distinta: más light, menos interesada en gruñir o lanzar piedras contra el muro. Para ellos el muro no existía, no lo veían, no querían verlo. Les bastaba sumergirse en su burbuja virtual, conectados a la red, inaccesibles en aquel mundo imaginario que otros diseñaban para ellos. Pete, por el contrario, se había vuelto cínico y descreído, una suerte de steppenwolf fuera de moda, y le costaba sintonizar con esos muchachos flojos. Eran demasiado dóciles, demasiado ingenuos ante el asedio de la gran industria del entretenimiento.

Dejó la guitarra. Hoy no era uno de sus mejores días y la inspiración no  iba a lograr trasponer esa dura coraza de desaliento que lo cercaba. No tenía sentido insistir. Llevaba meses así, sin creatividad, sin magia, y ya el vacío lo asfixiaba. Estaba embotado y torpe. No encontraba nada que decir, nada que le resultara valioso o nuevo. Pensó en una música hecha a base de golpes y ruidos comunes, voces tomadas de aquí y allá, sin intención de canto: motores, detonaciones, alarmas: una armonía brutal, incandescente, algo entre Vangelis y Sex Pistols. Pero la idea dejó de entusiasmarlo tan pronto como vino. «Estoy muerto», pensó y una ola de angustia agitó su cuerpo. Fue una sacudida breve pero intensa, un despertar fugaz, apenas un destello, y presa todavía de esa sensación se acercó a la ventana y miró a través del cristal el parque solitario, las casas cerradas del otro lado de la calle: todo en silencio, todo retraído y frío, casi extinto, como su propio fuego interior.

Se apartó de la ventana y regresó al cuarto. Hanna escribía en su laptop, despeinada y frenética, como si la fuerza de sus dedos golpeando las teclas pudiera devolverle el verde a las colinas. Miró su cuerpo, sus pechos todavía firmes insinuándose a través de la bata semiabierta, los labios con su eterna expresión de protesta, un poco infantiles, enrojecidos por el hábito de morderse mientras pensaba.

Ella levantó la vista y sonrió con un gesto automático para volver a su trabajo. Pete la observó un rato más, saboreando sus pechos en silencio y recordando los días en que una laptop jamás se interpondría entre ellos. Eran los días de la esperanza, cuando las guerras se ganaban a base de sexo y rock and roll. Pero ahora la guerra era eterna y el rock cedía su lugar ante la frívola sonoridad de las discotecas. «Sonoridad», decía, porque aquellas fabricaciones jamás merecerían el calificativo de música.

―¿Qué quieres? ―preguntó Hanna sin mirarlo.

Pete sonrió y negó con la cabeza. No había nada que hacerle.

―Voy a dar una vuelta ―dijo.

En otra época hubiese añadido: «¿Quieres venir?», pero ya conocía la respuesta. Así que tomó las llaves de su auto y se fue.

 

 

 

Hanna alzó la cabeza cuando escuchó la puerta del garaje cerrarse. El dolor de la espalda volvía a molestarla, tenía los músculos del cuello tensos y las manos agarrotadas de escribir pero se sentía feliz. Estaba convencida de que las cosas iban a cambiar muy pronto. Había hecho contacto con grupos similares por toda Europa, coordinarían sus esfuerzos y los medios no podrían ignorarlos por más tiempo. Se apartó el pelo del rostro, suspiró y caminó hasta la ventana. El Porsche de Pete se alejaba veloz hacia el oeste, recién pulido y pintado, demasiado llamativo para su gusto. «Tan orgulloso como su dueño», pensó y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.

Fue a la cocina y se preparó una taza de té. Le hubiese venido bien salir un rato, pero Pete se había ido sin darle la menor oportunidad. Probablemente, como otras veces, conduciría sin rumbo durante un par de horas, dejándose llevar por el tráfico, hasta terminar en alguno de esos pueblos costeros de la periferia, mirando la bahía y recordando el espíritu de los sesenta.

The good old sixties ―murmuró en inglés y salió al patio.

La temperatura había descendido bastante. El frío estremeció su cuerpo y en un segundo sintió su piel erizarse bajo la ligera tela de su bata. Pero no entró corriendo en busca de abrigo, quería percibir la gradual llegada del invierno, dejar que el aire gélido estimulara otra vez su carne adormecida por el tibio confort de la casa y guardar en su memoria ―antes de que la nieve diera cuenta de ellos― los olores del jardín, el verde de la hierba, la blanda espesura de la tierra bajo sus pies.

En los canteros, las últimas flores del otoño se abrían en busca de un sol que ya empezaba a menguar. Los tallos perdían fuerza, las hojas caducaban y pronto caerían quemadas por la nevisca. Hanna se sentó en su silla de roble, bebió un sorbo de té y miró en silencio las plantas. Otro invierno se acercaba, oscuro y arduo, y la vida quedaría latente bajo la tierra helada, esperando una nueva primavera.

De pronto, sin saber por qué, la tristeza y el cansancio se adueñaron de su espíritu. Hanna apoyó su espalda a la fría madera, alzó la vista al cielo y dejó escapar una queja. «Envejezco», se dijo, apretando la taza caliente entre las manos, y volvió a recordar aquellos años juveniles ―the good old sixties―, cuando todavía el mundo parecía simple, moldeable ante el empuje de una generación llena de brío y esperanza. Mucho había cambiado desde entonces, sí, aunque no para bien. Era difícil conservar la alegría, era difícil sobrevivir a tantas decepciones sin perder la ilusión, el sosiego, los deseos de luchar.

Su vida pasaba ahora ante sus ojos como una sucesión de combates y treguas fugaces, al cabo de los cuales, lentamente y casi sin darse cuenta, se había ido agazapando en el limitado ámbito de su hogar, su barrio, sus amigos, la compañía de Pete… Todo había girado siempre en torno a ese santuario frágil, una patria pequeña, un antiguo sueño desgarrado por los golpes y al que aún se aferraba con las uñas, con los dientes: aquel bosque donde sus abuelos le enseñaron a amar la vida, y donde poco a poco la vida comenzaba a caer bajo las sierras voraces de las corporaciones.

Hanna se levantó con torpeza y regresó adentro, tiritaba. Con las manos ateridas frotó su rostro reseco, sus brazos amoratados e insensibles, y corrió al cuarto para calentarse entre las sábanas. Miró un momento su laptop, pero no estaba ahora de ánimo para escribir. Se acurrucó en una esquina de la cama y, con los ojos cerrados, pensó otra vez en sus abuelos, en la cabaña del bosque ―tan rústica y sólida, tan llena de encanto― donde transcurrían sin prisa, como un único día, los fines de semana de su niñez. Luego, en la adolescencia, había preferido la ciudad, las fiestas, el ritmo vibrante de la juventud; y la vieja cabaña fue quedando cada vez más relegada. No podía imaginar entonces que tantos años después añoraría aquel tiempo. Y sin embargo ahora, cuando la vida en la ciudad se le tornaba una rutina demasiado artificial y ominosa, sólo quería regresar allí, refugiarse entre las toscas paredes de troncos y llenarse los pulmones con el aire denso del bosque.

 

 

 

Pidió un zumo de naranja y acomodó la silla para ver mejor en derredor. La gente conversaba y bebía en las mesas cercanas, intentando construir una burbuja de intimidad que los aislara del resto. La música techno llenaba sin estridencias la atmósfera cálida del local con un espíritu eléctrico, impersonal, que ayudaba a mantener la distancia entre extraños e inducía a los conocidos a hablar libremente.

El camarero trajo su pedido y Pete tomó un sorbo para humedecerse los labios. En la mesa de al lado dos personas hablaban animadamente sobre un tema que de pronto le pareció inverosímil: el destino final del universo. Pete sonrió. Hubiese sido una indiscreción voltearse para mirarlos de frente, pero le resultaba singular esa pasión cosmológica. «Tal vez sean estudiantes», se dijo y recordó aquella época cuando, al salir cada tarde de la universidad, se iba a un bar con sus compañeros de clase para, entre cervezas y chistes, discutir las teorías más actuales de la ciencia. «¿Tan poco ha cambiado el mundo?», se preguntó y aguzó los oídos.

―El universo se expande ―argumentaba uno―. Antes se pensaba que al llegar a cierto punto la expansión se detendría y que entonces volvería otra vez a contraerse ―hizo una pausa. Pete supuso que intentaba añadir un toque de dramatismo a su explicación―. Esa teoría se conoce como Big Crunch, el gran colapso. Fue muy popular por un tiempo, pero ya no parece muy probable.

―¿Por qué? ―preguntó el otro, visiblemente interesado.

Pete tomó un trago largo y los observó con interés. Uno de ellos estaba cerca de los cuarenta años, el otro no llegaba a los veinte. Ambos vestían de manera casual y bebían cócteles rojizos en vasos estrechos. A primera vista, Pete imaginó que era el mayor quien hacía de maestro, pero enseguida vio que estaba equivocado. El muchacho retomó su discurso, habló de la densidad del universo, las leyes de la termodinámica, la materia oscura y otros conceptos que a Pete se le escapaban. Su conclusión, no obstante, fue categórica y clara: el universo se expandía indefinidamente.

El hombre pasó un dedo por el borde de su vaso y dudó unos segundos.

―¿Indefinidamente ―preguntó incrédulo―, qué significa eso?

Pete no pudo evitar sonreírse ante la torpeza de su pregunta. Era obvio que aquel pobre señor no podía concebir un universo expandiéndose sin fin por toda la eternidad. «Como una goma de mascar súper elástica», pensó Pete con ironía. La idea en sí misma era angustiosa, sí, aunque no había que tomársela muy a pecho: si el universo quería expandirse más allá de lo imaginable, que se expandiera, pero que después no añorara contraerse. Ahí estaban las leyes de la termodinámica para impedírselo.

El muchacho volvió a la carga.

―Quiere decir ―dijo despacio, con una entonación que a Pete le pareció petulante― que si el universo se expande indefinidamente, llegará a un punto crítico en que el tejido mismo de la materia se desgarrará en una sopa uniforme de elementos subatómicos.

El hombre lo miró sin comprender.

―Las galaxias colapsarán en huecos negros ―añadió el joven con énfasis casi histriónico―, los astros se apagarán y todo, absolutamente todo, se enfriará en una oscuridad perfecta. No habrá ya estrellas, ni planetas, ni vida posible... nunca más. Eso es lo que se conoce como muerte térmica del universo, el Big Freeze, el Gran Gemido.

Pete no había escuchado hablar jamás de aquella teoría. Quizás fuera nueva, pero en todo caso le pareció muy a la medida de la taciturna humanidad contemporánea. «Este chico es un genio», se dijo, y sintió un poco de pena por aquel hombrecito indefenso ante los desmanes de la ciencia.

Terminó su zumo de naranja y salió. Anochecía deprisa. Una brisa gélida arrastraba las hojas marchitas sobre el asfalto y, del otro lado de la calle, en grandes letras rojas, un anuncio de neón ofrecía antídotos pasajeros contra el destino final del universo.

«Ese par de tontos debería entrar allí y olvidarse de todo, al menos por un rato», pensó y apuró el paso para llegar caliente al Porsche.

 

 

 

Hanna se preparó otra taza de té y fue a recostarse en el sofá. En la televisión volvían a la carga los mismos periodistas estúpidos y la exasperaba escucharlos llenar el tiempo con parloteos y lugares comunes. Cambió de canal varias veces pero ningún programa lograba animarla. Estaba inquieta, ansiosa, y no alcanzaba a pensar con coherencia en algo sin que ese deseo recurrente volviera a distraerla. Húmeda, con la sed latiendo entre sus muslos, apagó el televisor y volvió al cuarto.

―Concéntrate ―dijo para sí y se acomodó la laptop sobre las piernas.

Pete había llegado a casa hacía poco más de una hora pero se había ido directamente al estudio, sin siquiera saludar. Podía escucharlo repetir el mismo arpegio en su guitarra, una y otra vez, tentando una inspiración que lo esquivaba. «Pobre Pete», pensó y recordó la fuerza con que antes hacía vibrar las cuerdas, siempre desaforado, siempre seguro de sí mismo, como un loco genial e irreverente. «¿Dónde ha quedado toda aquella pasión?», se preguntó con pesar y sin mucho entusiasmo miró en la pantalla los documentos con que había trabajado todo el día. «¿Y dónde ha quedado mi propia pasión?», volvió a preguntarse.

Con un gesto de cansancio dejó la laptop sobre la cama y dudó un segundo antes de asomarse otra vez a la puerta del estudio. Pete estaba de pie ante el cristal de la ventana, tocaba con la guitarra colgada del hombro y los ojos cerrados. Lo miró en silencio, sintiendo el deseo humedecer de nuevo su sexo hasta hacérsele irresistible.

―¿Te molesto?

Pete reparó en ella y negó con la cabeza. Tocó un último acorde, sonrió y guardó la guitarra en el estuche. Era la tercera vez que Hanna aparecía en el umbral. Ya conocía ese ir y venir sin aparente interés, esos movimientos ―casi involuntarios, casi estudiados― con que se apartaba el pelo del rostro y alzaba despacio la mirada hasta sus ojos, una mirada profunda y tierna, como una incitación que poco a poco se iba transformando en reclamo, en exigencia, mientras la mano bajaba del pelo al cuello, del cuello a esa abertura accidental de su bata, rozándose apenas la piel de los senos y dejando al descubierto los pezones turgentes. No había ya entonces manera de evadirla, ni voluntad para hacerlo.

Avanzó despacio hacia ella y con la yema de los dedos le acomodó el pelo por detrás de las orejas. Hanna abrió un poco los brazos y se acercó hasta tocarlo con la punta de los senos. Temblaba. A medias contenida, a medias anhelante, dejó la bata rodar sobre su espalda y lo abrazó. Tibios y suaves, sus labios se abrieron levemente y lo besaron sin urgencia, palpando apenas su rostro, sorbiendo su aroma, su sabor, perdiéndose en el delicado contacto de su boca. Podía sentir en su abdomen el miembro erecto de Pete, constreñido entre las ropas, pulsando, y la fuerza de sus músculos seduciéndola con una presión constante y tierna. «Como un refugio ―pensó―, como un lugar seguro en medio de la devastación», y recordó otra vez el bosque de su infancia, la cabaña simple y cálida donde habían transcurrido sus mejores días, los más felices quizás, los más ingenuos, cuando todavía el mundo parecía eterno y la justicia alentaba en los corazones.

Pete se apartó un poco y abrió la cremallera de su pantalón. Llevaban días sumidos cada cual en su mundo, lejos. «Como los átomos de un universo en expansión ―se dijo mientras Hanna terminaba de desnudarlo―, casi a punto del Big Freeze», y con los ojos cerrados imaginó por un instante aquella noche absoluta, sin vida ni esperanzas, de la que había oído hablar en la cafetería. Tomó a Hanna entre sus brazos y la escuchó gemir, mojada y tibia, mientras afuera, como la premonición de un futuro insondable, el viento frío del otoño arrastraba en remolino las hojas y las estrellas desaparecían tras las primeras nubes cargadas de nieve.

 

Especial para La Jiribilla.
 
Daniel Díaz Mantilla: Narrador, poeta, editor y ensayista. La Habana, 1970. Licenciado en Lengua Inglesa, actualmente es editor de la revista literaria La Letra del Escriba. Considerado por la crítica como una de las voces más significativas de su generación, autor de libros que sobresalen por su alto nivel de sugerencia, su proyección filosófica. Entre sus libros publicados se encuentran: Las palmeras domésticas y en-trance (Narrativa, Casa Editora Abril 1996 y 1997); Templos y turbulencias (Poesía, Ediciones Unión, 2004); Regreso a Utopía (Narrativa, Editorial Letras Cubanas, 2007); Los senderos despiertos (Poesía, Ediciones Matanzas, 2008) En 2013 obtuvo el Premio Alejo Carpentier en la categoría cuento con el libro El salvaje placer de explorar.

Comentarios

A pesar de ser noviembre, fue un día muy pesado. Con demasiado sol y calor. En la tarde, al llegar a casa, recordé los meses de julio y agosto cuando en lugar de decir hola, solo podía quejarme del calor de la calle. Popito estaba sentado frente a la PC. Tuve que explicarle que los correos se reciben con el Outlook y se envían con el Thunderbird. A pesar de ser informático el no entendía: “es que nos van a dar un premio Ig Nobel”, resolví. Estaba tan cansada que ni siquiera preparé café. Tomé agua y me acosté. En la sala G y Popito hablaban de fútbol. No me gusta esta hora, ni la otra tampoco. Creo que dormí profundamente. Al despertar ya era de noche. Entonces me cambié de ropa y empecé a preparar la comida. Cuando ya era cuestión de que las hornillas y las ollas hicieran lo suyo —hay días en que deliberadamente cocino sin amor—, puse algo de musiquita para animarme. Elegí Ayreon, con el disco de 2013, The Theory of Everything, pues aunque estoy reservando el alimento cósmico para cuando tenga más tiempo libre no podía aguantar los deseos de escucharlo. En verdad el disco transmite esa sensación de espacio, movimiento y fragilidad… pensé en leer algo mientras escuchaba música, dicen que hacer dos cosas al mismo tiempo es hacer ninguna, pero a mí me sirve. Tomé tu libro, miré el índice. Me llamó la atención Big Freeze, pues así se llama una canción del disco de Muse, The Second Law. No sabía lo que era el big freeze. No sé si en Cosmos hablan de eso, aún no he visto todos los capítulos, reservo el alimento cósmico. No sabía lo que era el Big Freeze y ahora que sé algo no puedo hablar sobre eso con lógica. Intentaré hacerlo después y no sé cómo. Pero no importa. Consulté la Wikipedia y ahí dice que también se le llama Big Whisperer, ¿es cierto eso? No sé si lo es, pero qué hermoso, gran susurro… Lo que sentí con el cuento es lo mejor que le puede pasar a un lector: verlo. Por dentro y por fuera. Comprender a los personajes. Sentir el frío. El olor del té. De hecho, mientras leía me olvidé del calor. Ayreon siguió debajo, con canciones como “Magnetism”, “Side effects”, y “String theory”. Aunque no entiendo casi nada de las letras… la música habla. Imaginé las paredes color pastel del piso de Hanna y Pete. La decoración sobria, casi minimal, el gris del exterior…
La noche que más frío he pasado estaba en Pinares de Mayarí. La sensación térmica era de nueve grados. Creía que no resistiría. Era el mes de febrero y llovía mucho. La sensación térmica de Big Freeze la pondría en diez, pero con menos humedad. Me encantó el ritmo del cuento, la manera en que va de interior a exterior y otra vez a interior. La intimidad de la pareja y al mismo tiempo la distancia. Las memorias compartidas y perdidas. El contraste entre el big freeze y el microcosmos de la pareja. El final, optimista… fluye…

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