Sancti Spíritus, 500 años

La substancia y el hechizo

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Las festividades por este aniversario espirituano no son para menos. Medio mileno en el Nuevo Mundo son bastantes años. Y la ciudad de Sancti Spíritus se precia de poseer aún alma encantada de cinco siglos, entre sus calles, sus sitios emblemáticos y su gente.

Cada quien verá la substancia y el hechizo según pueda y quiera: en los barandales del puente sobre el río Yayabo —el más antiguo de Cuba— o en las aguas tranquilas del afluente mismo; entre las bambalinas del teatro Principal, uno de los más antiguos de la Isla, “erigido en 1839 por iniciativa de un grupo de entusiastas vecinos de la ciudad” o tal vez en el empedrado de la calle Llano.

Imagen: La Jiribilla

Oscar Fernández Morera, Sancti-Spíritus

La lista de espacios para el sortilegio se haría larga. Esta vez, sin embargo, prefiero acudir a la esencia humana.

Pero el inventario, igualmente extenso, no se enrumbará por las glorias del mambisado, con Serafín Sánchez a la cabeza, o por la lírica de la poetisa Josefina Jacobs Cañizares —nacida en esta ciudad el 6 de Julio de 1916—, o de la intelectual Thelvia Marín, que vive activa la contemporaneidad con 92 años y un reciente premio Rafael Alberti.

Hoy la memoria acude a otros paisanos inmortales en el transcurrir y que pueden verse en las calles, convertidos en estatuas, lejos de los pedestales.

Cinco pasan por estas páginas, todos resultado de la creación del artista de la plástica Félix Madrigal Echemendía (Sancti Spíritus, 1957).

Va en fila, por la apoteosis, Francisco Polanco Guerrero —Francisquito—,  un espirituano pobre dedicado a recoger la basura en algunas casas a cambio de un plato de comida y cual reloj viviente, daba la hora, según cuentan “con una precisión tal que hasta los minutos exactos brindaba”, sin poseer mecanismo relojero alguno.

Detenido en el tiempo está el pintor con paleta al brazo Oscar Fernández Morera (Sancti Spíritus, 31 de octubre de 1880), nacido en una hermosa casa, hoy sede del Museo de Arte Colonial y entonces propiedad de una acaudalada familia espirituana para la que trabajaba su padre Don Jacinto. En la casa marcada con el número uno de la calle San Gonzalo, nació quien dejaría más de mil obras realizadas a creyones, óleos, pasteles, acuarelas y plumillas, entre naturalezas muertas y paisajes.

Imagen: La Jiribilla

Miguel Companioni Gómez

Gerardo Echemendía Madrigal —conocido por Serapio— es otra de las almas que, mitad leyenda mitad fantasma, posa para la eternidad en la estatua que el arista le hiciera en vida. Y desde  el interior de la escultura pueden oírse las coplas del pasacalle… “Si tú pasas por mi casa, y tú ves a mi mujer…”tal vez la más célebre de las creaciones de este espirituano, tocador de maracas en el Coro de Claves. Así, Los Marqueses”, “Salió un lucero”, “Mamá”, “Mi novia idolatrada”, “Buenas noches amigo mío”, “Escúchame” y “Lluvia de oro” son algunas de las piezas que compusiera el gran “comparsero”.

Dos trovadores cierran —en el entorno del centro histórico de la ciudad—, el desfile de estatuas de ilustres “yayabenses”.

Una de ellas no la pudo ver quien escribe estas líneas. Razones de tiempo le impidieron subir a la azotea del Hostal del Rijo para ver la reencarnación de Teofilito, de la mano del artista de la plástica, el gran Rafael Gómez Mayea y tararear bajito las notas cálidas con las que muchos enamorados han pedido a Pensamiento dar “propios” a Fragancia: “…dile que pienso en ella… aunque no piense en mí”.

Este compositor, nacido en Sancti Spíritus en mayo de 1925, es junto a Sindo Garay uno de los gestores de la bohemia cubana, madre de la vieja trova, y compañía de otros coterráneos creadores de piezas antológicas.

A pocos metros del hostal, sedente y abrazado a su guitarra, parece esperarlo, de cuello y corbata, Miguel Companioni, otro de los grandes trovadores. En su taburete del recibidor de la Casa de la Trova, Companioni guarda aún en los bolsillos de su viejo trajecito los más de trescientos boleros, criollas, guarachas y canciones que compuso.

Cada año se desarrolla un festival de trova provincial, en homenaje a su natalicio, el 29 de julio de 1881. Nacería con el nombre de Miguel Rafael Companioni Gómez y sería bautizado cuatro meses después en la Parroquia San Ignacio de Loyola del poblado de Banao.

Un terrible mal le haría perder la visión a los 11 años de edad. El viaje a New York en 1911, alentado por la idea de encontrar la cura para su dolencia, lo desahucia. El diagnóstico fue que nunca llegaría a recuperar la vista.

A lo lejos, en Raimundo de Pisa y Carretera Central, nos queda aún otro espirituano insigne.

Los que lo conocieron hablan de la fiel estampa captada por el escultor: impecable se ve Delio Luna Echemendía, a la entrada de la Feria Agropecuaria de Sancti Spíritus, entidad que lleva su nombre, como deferencia de los poblanos a quien animó el rodeo con la misma prestancia con que animaba un espectáculo cultural.

Imagen: La Jiribilla

Gerardo Echemendía Madrigal Serapio

Carisma, mesura, dicción impecable, vasta cultura, alma de polemista, vocación de magisterio y experticia en el tema del manejo de animales de feria son las medallas que le reconocen sus contemporáneos. La muerte tocó a su puerta el 16 de junio de 1998, pero muchos aseguran que “en las mañanas, en domingos de rodeo, si se afina el oído, tal vez se escuche la voz de Delio Luna Echemendía en la Feria Agropecuaria”.

¿Qué otros personajes populares espirituanos merecen la suerte de una estatua, viandante o sedente? Seguramente  Manolo Gallo, autor de Nenúfar, Rafael Rodríguez  con su Invierno y Primavera o Marcial Benítez —El Sinsonte Espirituano—, autor de “¡Guacanayara, ay palmarito!/Cuando yo me esté muriendo/Ven prieta y dame un besito”. Tal vez le sigan los cultores del grupo de música campesina La Parranda Espirituana, fundado el 19 de julio de 1922 por los hermanos Sobrino.

Feliz idea la del artista de la plástica Madrigal Echemendía, de sembrar en la memoria popular espirituana estatuas de sus conciudadanos ilustres, para sumar razones al jolgorio por 500 años de substancias y hechizos.

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