Ese misterio llamado público

Vicente González Castro • La Habana, Cuba

Cuando el sujeto se enfrenta a la programación de televisión puede hacer diversas lecturas en dependencia de su formación social, su personalidad, la formación familiar, cultura general y de muchos otros elementos. Cada uno a su forma descifrará los elementos que componen el mensaje televisivo, fundiendo en un solo significado general lo denotativo que sirve en sustancia para identificar conceptualmente las cosas, lo connotativo personal que depende de las experiencias previas del sujeto ante cada cosa, y lo estructural que varía según la composición interna de los elementos del mensaje y de la relación texto-contexto.

El sujeto también interpreta y asimila los mensajes en dependencia de sus aspiraciones, frustraciones, anhelos, traumas, represiones e insatisfacciones personales.

Imagen: La Jiribilla

Cada cual ve más «lo que quiere ver» o lo que «necesita» ver, que lo que realmente se muestra. Sobre esta base podemos mencionar cuatro tipos de lecturas diferentes.*

La lectura mimética, que se corresponde con los niveles intelectuales más bajos, pero no es exclusiva de ellos; se restringe a la imitación burda y acrítica de los modos de actuación, formas de vestir o hablar de los conductores, locutores o personajes que aparecen en pantalla; en las personas adultas, la imitación puede ir aparejada de la intención consciente o inconsciente de ser más atractivos, tener una mejor apariencia, ser más interesantes socialmente, admirados por los demás o copiar formas de conducta exteriores que mejoren la simpatía que los demás sienten por él. En los adolescentes, ávidos de encontrar patrones de comportamiento para su vida adulta, estas imitaciones llegan al paroxismo, implantan modas histéricas, promueven grandes ventas en los mercados, lleva a la idolatría de las estrellas.

Se sabe hoy que el tabaquismo y el alcoholismo se fijan muchas veces a partir de los patrones impuestos por la televisión, que asocian esas prácticas a personas físicamente muy atractivas, seductoras y asediadas por todos. Por esta razón, en algunos países que asumen la televisión con seriedad  se ha prohibido que los personajes positivos o atractivos físicamente fumen en la pantalla o ingieran bebidas alcohólicas antes de las relaciones amoroso-sexuales, ya que ellas pueden constituir patrones miméticos para personas jóvenes, no críticas, que ven en eso, a veces subconscientemente, una forma de lucir o ser mejores. El proceso de lectura de este tipo lleva al espectador a copiar sin reparos todo aquello que lo deslumbra; hasta el detalle más fortuito puede convertirse en elemento de imitación.

La lectura empática tiene mucho que ver con el nivel emocional del sujeto. Ella no depende enteramente de los niveles racionales de la conciencia humana, sino la sensibilidad, la aprehensión del individuo, su capacidad para identificarse con los demás. La empatía es la identificación que se produce con alguien por su forma de ser y de pensar, a veces, de manera totalmente inexplicable; es solidaridad con sus puntos de vista, igualdad de convicciones, justificación de comportamientos y actuaciones. Es algo misterioso que se produce no solamente con los personajes de la pantalla, sino en nuestra vida diaria, donde sucede que una persona que apenas conocemos, de repente nos deslumbra, nos atrapa en sus razonamientos e ideas y comenzamos a identificarnos con él, su modo de actuar, y hasta sentimos una cierta necesidad inexplicable de mantenerlo cerca. Esto se relaciona considerablemente con el carisma, llamado por algunos el misterio de los dioses, porque no tiene explicación posible, ni es hereditario, ni hay forma de inocularlo por vía genética, ni en cursos de posgrados o maestrías. El carisma nace, es ese halo interior, el misterio seductor que acompaña a algunas personas, la fascinación que consigue en los demás. A las personas carismáticas nos alegra conocerlas, nos seduce oírlas, nos complace tratarlas, y siempre nos ofrecen la impresión que hay un mundo tras ellos que nunca podremos palpar, inalcanzable.

La empatía depende mucho del carisma; locutores, conductores, actores y personajes carismáticos propician más fácilmente ese tipo de lectura e identificación con el público. Algunos expertos atribuyen a la televisión una cualidad especial, y la llaman el medio empático, porque en él se trabaja a partir del predominio de los primeros planos, del rostro de los sujetos, y es ese el elemento principal para conseguir la interiorización en los sujetos, en su forma de actuar, de pensar, de proceder, de ser justos o crueles. ¿Acaso usted no cree que los ojos son el espejo del alma...?

Influye también el timbre de la voz, la apariencia física en menor medida, y la forma de expresarse que reflejará inequívocamente su manera de pensar. Probablemente la aspiración más sublime de cualquier comunicador que aparezca en la pantalla es despertar la lectura y la identificación empática con el sujeto, porque es más sólida y duradera, a diferencia de la mimética, que es temporal y superficial.

La lectura reflexiva o crítica es resultado de la inteligencia y de la madurez del hombre. Se produce cuando logra distanciarse de la impresión inicial que el medio produce y puede llegar a pensar, analizar y reflexionar intensamente sobre lo que acaba de ver. Es predominante en personas de elevado nivel cultural que estén acostumbradas al ejercicio racional, a las consideraciones lógicas que, por cierto, nada tienen que ver con el análisis frío y atemperamental; no se espera, por tanto, de sectores acríticos, carentes de hábitos de diálogo o del ejercicio de la opinión. El sujeto puede analizar, con esta lectura, elementos latentes y patentes de la propuesta televisiva, lo que se dijo y lo que se quiso decir, lo que está y lo que se sugiere, la estructura dramática, las consecuencias sociopolíticas del tema, las enseñanzas que propone, los niveles de actuación, las propuestas del diálogo, la calidad escenográfica o de utilería, la eficacia de los maquillajes, la solidez de un personaje, o la truculencia manipuladora de cualquier mensaje.

Una forma de educar al público en este tipo de lectura, si es que pretendemos alguna vez que sea algo más que un receptor pasivo acrítico es la de propiciar debates y análisis de obras, instruir sobre estética y lenguaje de la televisión, publicar por otros medios críticas y artículos de corte didáctico y artístico. La lectura crítica se aprende, se ejercita, se mejora, como todo aquello que se relaciona con la inteligencia humana; requiere del sujeto un cierto nivel de conceptualización del mundo que lo rodea, sobre el que basará sus juicios y opiniones.

La lectura evasiva, por último, es absolutamente subconsciente, sin que en ella participe la racionalidad del sujeto. La evasión es un mecanismo defensivo de los sujetos para escapar de las frustraciones cotidianas, para que sean menos lastimosas las calamidades que la vida nos depara. Se consigue la evasión buscando algunas metas sustitutivas, encontrando alicientes en ocupaciones, tareas o personas que suplan las que realmente hemos deseado, o escapando del mundo circundante con nuestra  imaginación, donde creamos lo necesario para vivir más agradablemente.

Lo que aparece en la pantalla juega un importante papel en ese mundo de evasiones de cualquier sujeto; sirve para mostrar mejores formas de vida a quienes no han logrado realizarse plenamente, para que el ama de casa, atascada en tareas rutinarias y poco retribuyentes, sueñe con historias de príncipes azules, con que va a conquistar un millonario algún día que cambiará su existencia o que disfrute del libre ejercicio de una mujer muy importante, ejecutiva, que ella nunca será.

Los que aparecemos en la televisión, sin saberlo llenamos espacios vacíos en la vida de los sujetos que nos ven. No importa demasiado la cultura que tengan, aunque predominan los niveles menos preparados para sumir sus frustraciones y problemas individuales. En los años que he estado en la pantalla, conduciendo programas de corte educativo o culturales, la experiencia más demoledora que he acumulado se la debo a las cartas de los televidentes. Ninguna lección universitaria, ni tratado de sociología o de sicología de la personalidad, me enseñó más. Cada carta refleja lo que para los ciudadanos pasamos a ser.

(…) Por lo general, el sujeto no está consciente que está haciendo una lectura evasiva; sencillamente se siente atraído, obligado al acercamiento. Todos los ciudadanos, hasta los más cultos y arrogantes, necesitamos algún tipo de lectura fantasiosa para vivir. En el orden espiritual, la lectura de este tipo nos acerca, imaginariamente, a la amante ideal, la esposa apetecida, el padre complaciente, el hermano mejor, la inteligencia deseada, la bondad añorada, el nivel de vida que no podremos tener, los amigos ansiados, los atractivos personales que raras veces consideramos suficientes.

En cada sociedad, en cada cultura y en cada familia, estas necesidades difieren y tienen prioridades diversas. Ellas son el resultado de una constante mezcla de ideas, convicciones, educación, voluntad, optimismo, motivaciones y aspiraciones, sentido de autoestima, y de los efectos que la televisión produce en su hogar o su sociedad. No debe pensarse que hacer lecturas fantasiosas o evasivas es un reflejo de inmadurez ciudadana, ni un vicio de las sociedades de consumo, ni de personas ignorantes e inmaduras, aunque en algunas sociedades las evasiones son utilizadas como punto de partida para promover la publicidad o hacer, por ejemplo, un cine complaciente, irreflexivo y nada altruista.

Las lecturas mencionadas corren paralelas unas a las otras, no son excluyentes. Algunas son controlables por los comunicadores, otras se escapan de sus manos y producen sorpresas a veces desagradables. Sabiendo esto, es bueno conocer también el nivel de responsabilidad que asume todo aquel que se sienta ante una cámara de televisión o que escribe un guión para este medio; en sus manos está la suerte, la alegría, la pena o la esperanza de millones de personas.

Imagen: La Jiribilla

II

La estética de la televisión

Cuando se hace una crítica de la televisión es preciso estar conscientes de la forma en que ella puede ayudar a entender la forma de hacer de este medio, y a que los ciudadanos aprendan a descifrar mejor sus contenidos; para ello es preferible evadir la crítica reactiva .me gusta o no me gusta. que sólo conduce a polarizar las opiniones de los televidentes en un bando a favor y otro en contra.

El análisis de la obra televisiva debe hacerse como el de cualquier obra de arte, partiendo de su estética propia; un análisis de cómo el director ha sabido utilizar a plenitud todas las posibilidades de los códigos a su alcance, en lo visual, lo lingüístico y lo sonoro, puede ser un buen punto de partida. Se trata de analizar si en lo visual ha usado correctamente los planos, las angulaciones, los movimientos de cámaras, las mezclas, los fundidos, y si ellos no se han combinado de forma fría y académica, sino con creatividad y originalidad. En lo lingüístico, el dominio adecuado del lenguaje, la pronunciación y dicción que le corresponde a cada personaje y a su manera de hablar, la profundidad humanística de los textos, el uso de palabras claves en los bocadillos de los personajes, el énfasis, la entonación... En lo sonoro, el balance adecuado entre sonidos y silencios, el momento exacto para ubicar la música incidental, la selección correcta de los instrumentos musicales sobre los cuales se estructuran los temas, la interpretación adecuada de la obra, la mezcla de los ruidos ambientales, la calidad el doblaje y otros.

La crítica evaluativa de la obra tiene que considerar la manera de proporcionar los elementos que hacen a la televisión espectáculo: la ambientación, escenografía, efectos especiales, vestuarios, caracterizaciones, maquillajes, iluminación, calidad del elenco que interviene en la obra y su sentido mitológico, que abarca los conflictos esenciales de los personajes, la lucha entre el bien y el mal, lo permitido y lo prohibido, el deber y el placer.

Hay que distinguir también entre el componente emocional y racional del contenido y saber distinguir entre la atractiva frivolidad que nada aporta y la densa ideología que tanto aburre: elogiar los momentos o las obras en que esos elementos se combinan magistralmente.

La estética de la televisión lleva implícita el uso del recurso, esa fórmula infalible, de efectividad probada, que sirve siempre para elevar la intensidad dramática de una escena cuando ya esta ha perdido parte de sus atractivos. El recurso es válido, pero no es arte, puesto que es reiterativo y plagiado de decenas de obras anteriores; sin recurso hay arte, pero la obra suele ser aburrida y carente de emociones.

(…) La crítica seria de la televisión tiene que hablarnos del tiempo. Cómo ha sido el tratamiento del argumento, si se usó más o menos tiempo que el adecuado y, por tanto, si la obra es ágil y dinámica o tremendamente lenta y densa, es decir, si se respetó la inteligencia del público o si se le subestimó simplificando tontamente las historias y conflictos. Cómo se consiguió la trascendencia de la anécdota a escala social y humana debía ser también parte de los análisis, pues a veces una historia aparentemente simple lleva implícitas múltiples significaciones trascendentes para la existencia humana, que serán decodificadas en lecturas mediatas de los sujetos.

El análisis debe considerar la forma en que el sujeto televidente ha sido involucrado en la obra para elevar su nivel de participación, patente o latente, y estimular su inteligencia, toma de decisiones, actitudes personales. También el crítico puede evaluar la trascendencia social de la obra como producto artístico, como expresión cultural, como mensaje social, como fenómeno comunicativo.

A veces las obras de poca monta artística son las que provocan inexplicablemente el boom de teleaudiencia, y los personajes pasan a la categoría de inmortales, o las interpretaciones que hacen los actores; otras veces es la obra artística la que se registra como un hito por su calidad formal o tratamiento estético.

A pesar de que muchas personas se ganan la vida haciendo crítica de la televisión y que algunos periodistas deben su renombre al trabajo vinculado a la televisión, porque saben que para esos comentarios hay siempre un público multitudinario, la televisión no ha tenido demasiada suerte con los críticos.

Tampoco ha tenido suerte con los grandes intelectuales. Muchos hombres importantes de la cultura, artistas plásticos renombrados, escritores famosos, vuelven el rostro a la televisión; su obra no se vuelca en este medio que suele ser bastante poco lucrativo, y su vista tampoco se vuelve a la pantalla de sus hogares porque la asumen como un elemento banal y absurdo.

Si los intelectuales de todos los países vieran televisión, sin duda alguna, esta mejoraría mucho, porque ellos constituyen una fuerza movilizadora de opinión pública, porque ellos tienen acceso a altos niveles de decisiones gubernamentales y culturales de cualquier país, porque ellos influyen grandemente sobre la prensa especializada... pero muchos de ellos no ven televisión; si lo hacen, generalmente es la de otros países a través del cable o en videos domésticos bien seleccionados.

Si los intelectuales trabajaran para la televisión, necesariamente habría menos cursilería, menos kitsch, menos frivolidades. En Brasil esto ha quedado demostrado cuando en la época de la dictadura militar les abrieron las puertas de la televisión a escritores y artistas famosos, y de inmediato las telenovelas y teleplays se vieron nutridas de historias formidables, de alto nivel estilístico y conceptual.

Muchas novelas de Jorge Amado han sido llevadas a la televisión y constituyen hoy clásicos del género. En Cuba no hemos tenido esa suerte, quién sabe si por culpa de los intelectuales o de la televisión.

Tal vez los próximos años, compulsados por la competencia internacional a través de los satélites o las cadenas de cable, los países emprendan una búsqueda de mensajes cada vez más elevados para la televisión, y se encuentre la fórmula mágica de salvación: hacer cosas de muy elevado valor cultural, con un gran sentido del entretenimiento. Esa sería la obra social más importante de la televisión del futuro.
 

* Se refiere a los resultados de la Tesis de Doctorado del autor (N. del E.).

Fragmento del libro Para entender la televisión, Editorial Pablo de la Torriente Brau, 1997.

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