Una televisión que se mire por dentro:

Exigencia vital en la jerarquización de la cultura

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

Existen temas en los que la mayor parte de las personas se sienten con el derecho a opinar. La televisión es uno de ellos y no por gusto: el aparato receptor está en la sala, el cuarto o hasta el baño de la casa y actualmente llega a ser tan diminuto que se puede llevar en un bolsillo, en fin, tiene todas las características para que digamos: ”mi televisor es casi siempre, mi televisión”.

Aparte de esta razón material existe otra desde el nacimiento mismo de este medio: sus hacedores con más o menos tino, hacen que el público piense que es el dueño, o por lo menos el mayor accionista de esas imágenes con sonoridad que llegan a él bajo las más disimiles circunstancias.

Imagen: La Jiribilla

Ese sentido de propiedad hacia la televisión podría ser la base ideal del necesario ejercicio de la crítica televisual a partir de los productos elaborados por el propio medio y estoy pensando, por supuesto, en programas como TV en TV, con guion y conducción (no estoy segura si la dirección también iba por su cuenta) de Vicente González Castro, colocado en la programación, si mal no recuerdo, los domingos cuando iniciaba la tarde.

Más acá en el tiempo está La columna con Rufo Caballero como guionista y conductor. No por gusto los dos eran doctores (aunque no siempre ese traje hace al monje) altamente especializados en los haceres de la pequeña pantalla. Por la falta de costumbre en esos espacios, los programas no fueron acogidos mayoritariamente con aplausos por el público y teleastas, fundamentalmente de los últimos recibieron tantas críticas que influyeron en su salida del aire. Aún sobre La columna recuerdo comentarios acerca de por qué en la propia televisión se iban a desnudar sus errores y se tejieron toda suerte de leyendas en torno a Rufo y su programa.

Otro ejemplo de crítica en la televisión, aunque no sólo sobre el programa televisivo, fue la presentación que hacía Francisco López Sacha de cuentos llevados a la pantalla. En ese caso existía una doble intención: ofrecer elementos sobre el escritor y la pieza literaria, recreada con mayor o menor fortuna en un espacio televisivo. Supongo que la poca producción de unitarios de ficción es la razón por la que se dejó de hacer, pero Cuba tiene una buena cantera de dramatizados literarios para filmarlos, debemos aprovechar esa circunstancia con el fin de dar a conocer los autores, y ¿por qué no?, analizar  si el artista de la televisión logró, o no, verter en el mundo audiovisual la esencia de la obra escrita.

Cerca de un lustro atrás, a insistencia del escritor y crítico Rolando Pérez Betancourt, en una reunión de la UNEAC se afirmó por parte de un ejecutivo de la televisión, que habría un espacio para mirarse por dentro en la pequeña pantalla. Todavía lo estamos esperando, porque ni el Noticiero Cultural, ni Sitio del Arte, ni el Hurón Azul son programas que cubren el propósito de analizar la televisión desde su propia señal, aunque lo hagan en algunas ocasiones.

Muchos se preguntarán, ¿por qué esta insistencia en que aparezcan programas de opinión acerca de programación televisual en la televisión