La presunta inutilidad del contracorriente

Joel del Río • La Habana, Cuba

Nunca me dio por pensar que me vería obligado a defender mi oficio, y la necesidad social de que exista. El periodista que soy todavía encuentra trabajo, pero al crítico e investigador que decidí ser cada vez encuentra menos espacio para realizarse. Se ha vuelto casi un reggaetón, a fuerza de repetitivo, el estribillo de que califica como pandilla de inútiles, artistas fracasados, innecesarios parásitos, fiscales y jueces cuyos veredictos carecen de importancia incluso para el supuesto reo.

Primero, se impone reconocer que la discusión sobre la pertinencia del oficio cuestionador trasciende las costas cubanas, y se instala en muchos países, donde los medios, principalmente los grandes emporios virtuales y audiovisuales, han marginado el pensamiento reflexivo y cuestionador del hábito de consumo. Y el espectador es tratado como simple consumidor, ávido de entretenimiento, placer y diversión, y su tiempo libre se supone que existe solo para mantener ociosa la inteligencia. En esta dinámica entre emisor complaciente y receptor precisado de distracción “sinflictiva”, los críticos quedamos fuera de la moda, y más que eso, resultamos profundamente molestos, “atravesaos”.

Imagen: La Jiribilla

Se impone entonces volver a convencer a los espectadores de que la crítica oxigena el pensamiento y sirve de combustible al progreso, y por tanto resulta tan imprescindible en toda sociedad bien organizada como las telenovelas, los juegos de computadora y las superproducciones de Hollywood. Y hablo de convencer a los espectadores de la utilidad intelectual de la crítica porque los medios, desde la televisión cubana hasta los oligopolios transnacionales del entretenimiento, entienden que ganaron la partida y jamás van a sentar en su mesa a una invitada incómoda o malagradecida.

En innumerables ruedas de prensa, a lo largo y ancho de todo el mundo y por lo menos en el ámbito cinematográfico, que conozco mejor, se mira con desprecio o ira a quienes plantean interrogantes incómodas, porque si se trata de la presentación de una película o programa de televisión, en el cual se invirtieron cuantiosos recursos, y además apela a temas que casi garantizan una audiencia mayoritaria, el crítico viene a ser el enemigo potencial, la piedra que molesta en el zapato, el obstinado disidente en el pacto laudatorio establecido entre los productores, el público más acrítico y los divulgadores perezosos ocupados solo en elogiar, en sobredimensionar los eventos importantes, en regalarle más fama y prestigio a quienes apenas los necesitan.

Y si en EE.UU, y en otros países europeos o latinoamericanos, el desprecio y la exclusión de buena parte de los críticos tiene que ver con la aparente defensa y exclusividad del negocio de la distracción, que necesita el ditirambo y la apología para que el público consuma sin remordimientos intelectuales, en Cuba la excomunión y el declive se relaciona con un paternalismo enfermizo (aquello del vino amargo y nuestro tan malinterpretado siempre), y tiene que ver con la inexpugnable filosofía de la plaza sitiada, que convierte en enemigo público a quien en público expresa su inconformidad.

He escuchado no a uno, sino a varios directivos de la televisión asegurando que la crítica ignora los problemas, el esfuerzo y los recursos que hay detrás de cada programa, y por eso se vuelve innecesaria y hasta cruel. Otros directivos, junto con realizadores, asesores y otros oficios acusan a los críticos de elitistas, de ignorar los gustos de la gente. Y realizan programas especiales defendiendo una telenovela atacada por un par de críticos, y exponen con incombustible orgullo las cifras de teleaudiencia, y pretenden hacer callar a los cuestionadores echándole encima al público, a los artistas, a la situación del país, al bloqueo, y ahí queda en soledad absoluta quien se negó a reconocer como obra maestra cada nueva teleserie o filme que proyecta la televisión.

Recuerdo con nitidez, cuando salió del aire “Lenguaje de adultos” (un programa que en la segunda mitad de los años 90 intentó abrir un espacio en la televisión a la crítica y el debate, entre creadores y especialistas) que el razonamiento de varios funcionarios de la televisión solía ser el siguiente: “No tiene sentido que la televisión se critique a sí misma. Cuando Juventud Rebelde y Granma se critiquen a sí mismos, entonces nosotros comenzaremos a hacerlo”. La lógica me pareció aplastante en más de un sentido.

“Lenguaje de adultos” salió del aire luego de que Rufo Caballero cuestionara los filmes programados por el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en presencia de Alfredo Guevara, quien lamentó profundamente haber asistido al programa. Antes de que desapareciera sin dejar huellas este espacio, Vicente González Castro fracasó en el intento de sistematizar la crítica a la televisión desde adentro, y ya en la primera década del siglo XXI naufragó Rufo Caballero en el mismo propósito con “La columna”, que igual prosperó, se hizo útil, y de pronto salió del aire, supongo que por las mismas razones de intento vano por “proteger” a los creadores, y mejorar la imagen pública de la institución.

La televisión no tiene programas especializados en crítica porque simplemente no los quiere, y se vuelve reacia con aquellos espacios tendientes a analizar su propia producción. Y lo peor no es la alergia momentánea a una poción, lo peor es ignorar cuánto se necesita ese medicamento a pesar de los efectos secundarios de desmoralización y escepticismo con que algunos asocian el ejercicio del criterio. Además de excluir, aislar e ignorar algunas de las principales voces críticas que se alzaron recientemente, los dirigentes de la televisión se ocupan, mediante un ejército de vigilantes asesores, de conseguir que el contenido de los espacios informativos, culturales, cinematográficos y de divulgación de las artes se desprovean de toda matriz de opinión y juicio crítico. “Sitio del arte” sobre todo, y “Hurón azul” a veces, son las excepciones, pero debe tenerse en cuenta que ambos programas intentan abarcar todas las manifestaciones del arte y la cultura, y los dos se plantean, además, agendas informativas y de divulgación. No obstante, “Sitio del arte”, en el cual me honro en formar parte, se las ha ingeniado para mantener activado el criterio y la reflexión.

Imagen: La Jiribilla

Hay mucho eventismo en la televisión. Mucho coloquio, festival, concurso, pintura, cine, teatro, y muy poca cultura, entendida esta en tanto espacio para fortalecer la reflexión y el conocimiento a través del cuestionamiento. Cualquiera que eche un vistazo a la programación de los canales nacionales (no cuento TeleSur) percibe la invasión de carteleras diarias, y programas donde ponen avances de lo que veremos. Y en todo ello apenas si se asoma la más mínima valoración que le permita al espectador orientarse, jerarquizar, más allá del título y, a veces, del intérprete.

El colmo viene a ser la seguidilla de películas que ponen el domingo en Multivisión, una detrás de otra, y ni siquiera se anuncian, ni siquiera se motiva al potencial espectador con datos mínimos sobre qué es lo que va a ver y los valores que tiene. Nada de nada. Un avance, y la ráfaga de títulos apenas ordenados por género, como si el hecho de que una película se clasifique como oeste hiciera innecesario distinguir entre La diligencia y Me llaman Trinity.

De la multitud de programas que incluyen películas y su respectiva presentación, ya sea escrita o hablada, el 99 por ciento de los preámbulos orales se diluyen en innecesarias alusiones al argumento, observaciones muy genéricas y extremadamente generalizadoras, y por supuesto, se rinde culto a las estrellas incluidas y a los premios que ha ganado el filme, en particular el Oscar. Es perfectamente posible manejar el Oscar como una opinión de un grupo de especialistas en una rama del cine, pero si se conoce mínimamente el carácter de ese premio hay que saber que nunca, jamás puede ser el único rasero de calidad para recomendar una película.

Cuando en un programa como “Espectador crítico” se ignoran absolutamente todos los elementos que recomienda la teoría fílmica para juzgar una película, y solo se alude al contexto social, histórico y político en que la película se ambienta, se está perdiendo toda posibilidad de fomentar un espectador verdaderamente crítico más allá del conocimiento sobre épocas y contextos en que el programa se explaya. Y es que la teoría fílmica y la historia del arte existen para ser usadas en estos casos. Conste que “Espectador crítico”, donde se aboga finalmente por el conocimiento, tampoco es un caso extremo ni mucho menos de renuencia a la crítica, cuando existen muchos, demasiados espacios que consideran el conocimiento cinematográfico como un solar con baño común, y cortan y pegan cualquier párrafo promocional de internet, y abusan del desconocimiento de un televidente que, en mayoría, está imposibilitado de acudir a la Wikipedia y por tanto ignora que le están dando gato por liebre.

Pero los culpables de la erosión, insisto, tampoco son los guionistas, realizadores y mucho menos los presentadores. Yo mismo he escrito dos programas cinematográficos (“Letra fílmica” y “Arte 7”) y en ambos, todo el tiempo, unos y otros asesores, unos y otros directores, unos y otros directivos del canal, advertían con toda claridad que era obligatorio el control y la moderación de los cuestionamientos, porque si la película es mala entonces para qué se programa. Y la televisión cubana, según ellos (Dale Juana con la palangana), no se puede permitir la desaprobación de lo que trasmite. De este modo, poco a poco, el crítico-guionista va olvidando su oficio, y se concentra en las virtudes, solo en lo bueno, y si se descuida, cuando viene a ver, está presentando todas las películas como obras maestras.

Ningún crítico medianamente responsable es capaz de incitar a un espectador a que apague el televisor porque la película es muy mala. Ningún crítico conocedor a fondo de su oficio escribe diatribas donde no hay lugar para una sola virtud. Mientras aumenten la capacidad de análisis y juicio del espectador y el televidente, mayor será el disfrute en presencia de las pequeñas satisfacciones que puede suministrar una película, por imperfecta que sea. Y ese discernimiento crece solo cuando el especialista, el crítico, el guionista, el presentador, todos de común acuerdo, tratan a los televidentes en tanto seres humanos pensantes, y nunca zombis dispuestos a devorar todo lo que entre por la pequeña pantalla. Y una de las vacunas más eficientes contra la zombificación del espectador sigue siendo la crítica inteligente y responsable. Piensen lo que piensen los directivos de la televisión, en Cuba y en varios países.

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