Ofrenda de amor al “profe” Eugenio George

César Gómez Chacón • La Habana, Cuba

En el mundo del deporte y en Cuba, que es un planeta de los grandes en ese universo, todos lo admiraban y lo respetaban, pero él no fue “un ídolo de las multitudes”, porque también en el arte de los músculos, las tácticas y las estrategias hay campeones anónimos, o casi anónimos. Eugenio George Lafitta pudo ser, y lo fue, una estrella en lo suyo, pero interpuso la modestia al oropel, y prefirió el hacer al decir… e hizo bien… Lo hizo muy bien.

Imagen: La Jiribilla

La reciente partida del “profe”, del Mejor entrenador de equipos femeninos del siglo XX, según la Federación Internacional de Voleibol (FIVB), fue sólo un tránsito formal hacia la inmortalidad, que ya él había ganado hacía mucho tiempo.

Allá por los lejanos años 60 del siglo XX, en Cuba se hablaba sobre todo de pelota y de boxeo, pero ya al final de la década prodigiosa comenzamos a mirar el voleibol internacional como un escenario posible para nuestros sueños deportivos. Eugenio George entraba entonces a escena. Fue en aquel torneo NORCECA 1975, en Los Angeles, EE.UU., cuando el voleibol femenino cubano, ya de su mano, comenzó a despegar hacia el espacio estelar que luego alcanzaría.

Desde entonces, y por muchos años, todos lo veíamos por allá, en su discreto segundo plano, sentado en el banco, hablando poco en los “tiempos”, y menos ante las cámaras, pero cada cubano tenía la seguridad de que Eugenio George era el baluarte del triunfo de aquellas “espectaculares morenas del Caribe”, las de antes, las de durante, y aún las de después.

Aquella frase de ¡Cuba, Cuba, Cuba!, repetida a golpe de corazón ante cada remate o bloqueo de nuestras muchachas, cuando “veníamos de abajo” y terminábamos increíblemente “arriba”, forjaron una época de oro que todo nuestro pueblo disfrutó a plenitud. Pero de seguro nadie sufrió más en un partido, ni se deleitó más con un triunfo, o languideció hasta lo infinito después de una derrota, que el profesor Eugenio George.

Imagen: La Jiribilla

Pero cada vez supo levantarse, sacar experiencias y seguir adelante. Él lo sabía: el juego se gana en el entrenamiento, y allí es donde “el profe” fue siempre un gigante, presente y omnipresente, con sus consejos, su dedicación y sus exigencias.

Devenido padre de más de una generación de voleibolistas cubanas, fue sincero y certero defensor del deporte de la malla alta en su conjunto, y de cada una de sus pupilas, en particular, porque el camino del triunfo no siempre estuvo exento de dificultades e incomprensiones de una y otra parte; porque sus “niñas”, y los dirigentes deportivos a cualquier nivel, eran y son seres humanos, con sus virtudes y defectos. A todos, el profesor les cantó en su momento las verdades, y eso le ganó aún más prestigio, dentro y fuera de Cuba.

Medallas y triunfos le sobraron. Honores después de su partida los ofrecieron su pueblo, sus amigos y colegas del mundo, pero sobre todo estuvieron aquellas frases tremendas de dos de sus muchachas multi-olímpicas y mundialistas más queridas:

“No despedimos a alguien que ha tenido una historia común, despedimos a un héroe del deporte, quien casi hasta el último día de su vida estuvo en el terreno entregando sabiduría, experiencia y calma (…) Gracias por ser tan humano, por dejar tanto amor impregnado en los que hoy te acompañamos hasta aquí”, dijo la gran Mireya Luis al pie de su lápida. 

E Idalmis Gato, lejos de Cuba, mandó su carta abierta a Eugenio:

“Te voy a extrañar, Padre (…) yo quiero recordarte como siempre te vi en vida. En el terreno, luchando hasta el último momento por el Voleibol cubano y con tus Morenas del Caribe, agradecida de todo lo que en vida me diste, educación y capacidad para ser grande, y poner pasión y amor en todo lo que hacemos…”

Quiso también el momento que el líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, al explicar la ausencia involuntaria, —porque “no conocí de su fallecimiento sino varias horas después” — de una ofrenda floral suya ante el féretro de Eugenio George, afirmara: “siempre lo admiré mucho”. Más que merecido epitafio a la grandeza y modestia del “profe”.

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