La crítica: ausente y necesaria

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Caricaturas: Falco

Es a solicitud de esta publicación que redacto los párrafos que siguen, a riesgo de repetir algunas cuestiones en torno a la crítica, o más bien: a la ausencia de una crítica real, de un síntoma crítico en nuestra cultura y nuestra sociedad, que ya he dicho en otros sitios. La petición viene a través del reclamo de una mayor presencia de la crítica especializada en la televisión, pero me gustaría sobrepasar ese marco para poner en blanco otras preocupaciones que no solo tienen ese medio como referente, y alcanzar otros paisajes donde la crítica sigue siendo tan ausente como necesaria.

Ejercer la crítica es sin dudas una gran responsabilidad. Manejar criterios de valor, decantar, sugerir, establecer patrones de juicio y calidades, es un empeño que suele traer consigo una serie de pesos y resabios que terminan, generalmente, empañando el sentido real de lo que se pretende. En un país como el nuestro, donde la cultura no se ha librado de posicionamientos extremos, personalizaciones, tendencias o provincianismos bien visibles, es aún más difícil crear jerarquías desde la crítica o la voz especializada en ciertos temas, raras veces convocada a los espacios públicos de mayor impacto, como la televisión, para ofrecer al espectador o al lector una mirada profunda y de veras provechosa de lo que se entiende como tal cosa entre nosotros.

Imagen: La Jiribilla

El comentario de paso, el elogio entendido como apología, el compromiso entre críticos y creadores, y un terror inexorable a ciertas verdades que no pactan con esos gestos huecos, es lo que abunda. Y que, para mal mayor, ha terminado ocupando los espacios que, indudablemente, deberían ser de la verdadera crítica, y no de esos juegos versallescos donde no escasea la pedantería, el síndrome de Colón, o para decirlo con la mayor franqueza, la incultura. Basta encender el telerreceptor para encontrarnos con que la cultura nacional está colmada de repentinos maestros, de luminarias cegadoras, de glorias que son tales solo por obra y gracia del presentador, del guionista o del director del programa. Y conste que ello ocurre, incluso, en los espacios que se dicen difusores del mejor patrimonio artístico universal.

Vuelvo al inicio: se me preguntaba por la ausencia de la crítica en la televisión acerca de sus producciones. Sospecho que ello se enlaza a la pérdida de programas como La Columna, que por algún tiempo sostuvo Rufo Caballero: un programa hecho a la medida de sus gustos polémicos, a veces muy certeros y otras un tanto impredecibles. Lo cierto es que ahí estaba un intelectual joven y talentoso exponiendo sus criterios en pantalla, listo para responder a quien no le convencieran, sabiendo que sus palabras dejaban indiferentes a muy pocos. La desaparición de tal programa, en una atmósfera de resquemores y molestias, dejó un vacío del que ahora solo queda una vaga memoria y pocos gestos que intenten cubrirla de modo más fructífero.

Pero como dije, me gustaría ir un poco más allá: ¿y es que realmente hay en Cuba una crítica en toda la extensión de la palabra, que desde las revistas, los mecanismos de promoción y difusión, apoyada por las instituciones a las que ello debería preocuparle, pueda desplegar su misión, a fin de no contemplar indolentemente no ya la pérdida del buen gusto, sino la proliferación de otro gusto, que va desplazando modelos, referentes, tradiciones y un sentido real de la renovación, para abrir sitio a figuras y modas de poca monta?

Imagen: La Jiribilla

La crítica literaria en Cuba, no nos engañemos a pesar de su innegable pasado, apenas existe. La que se ocupa del teatro y el cine parece más orgánica y ceñida, pero tampoco está libre de la fiebre del comentario y la loa barata. De la relacionada con la música, permítanme abrir aquí un largo silencio. Y aquí hablo de la televisión: la crítica de radio sí que es prácticamente inexistente, como si todo lo relacionado con ella quedara, literalmente, en el éter. Lo penoso es que el país sigue formando personal especializado, que debería ocupar los espacios donde sus voces nos ayuden a desbrozar ese paisaje. Cuba es una de las pocas naciones del mundo que forma teatrólogos, por ejemplo. Basta revisar nuestra prensa diaria para ver con cuánta frecuencia alguno de ellos firma una reseña en esas páginas que llegan a gran parte de la Isla, o son invitados a discutir un espectáculo ante las cámaras. En su lugar, generalmente, aparecen otras personas, entre las cuales no faltan las bien intencionadas. Pero ya se sabe de qué está empedrado cierto camino.

Si ello es así, si las reseñas de libros que aparecen al final de nuestras revistas son no pocas veces notas escritas para la presentación de esos títulos y no exactamente críticas, para colmo redactadas generalmente por amigos de los autores de esos volúmenes, qué dejar para la televisión. Afirmada en la garantía de su impacto, en su poder inmenso para llegar a cualquier sitio y casa, llevando consigo una carga explosiva de valores, roles, discursos, etc., poco puede importarle la crítica. Sin embargo, como arma de doble filo, esa ubicuidad es su principal enemiga: llega a todos y todos pueden juzgarla, creerla  más vulnerable que el cine o al teatro, a los cuales hay que ir, mientras ella llega por sí sola a tantas mentes y pupilas. De ahí que todos se crean críticos de la televisión, aunque no tengan el poder de hacerla cambiar. La telenovela cubana, punto álgido, es el ejemplo más notorio de ese fenómeno: cada entrega es peor que la anterior, todos lo comentan, y pareciera no haber solución a tal descalabro. La crítica más incisiva contra nuestra televisión llega entonces por una vía diferida: no mediante las columnas de algún periodista o los elogios que en otros programas de nuestros canales fluyen hacia esas producciones tan criticadas; sino en el gesto del espectador que procura otra clase de entretenimiento.

Hace ya varios años, cuando Multivisión dio inicio a sus transmisiones, me sorprendió llegar a Santa Clara en una visita familiar y toparme con ese canal en la mayor parte de los televisores. Le pregunté a un amigo el por qué de esa preferencia, y me devolvió una respuesta clara y directa; tal y como debería ser la crítica que no tenemos: “Porque en ese canal no hay teque.” Eso me dijo, y claro que me dejó pensando. Hoy, ya la primacía de atención no la tiene Multivisión siquiera: se impone el culto al famoso “paquete”, que haciendo honor a su nombre, contiene lo mismo documentales y teleseries de calidad que bodrios de cualquier tipo. Habrá quien base en tal variedad su rechazo al paquete. Podríamos responderle que en la televisión nacional hoy puede encontrarse una mezcla, a ratos indiscriminada, de productos parecidos.

Imagen: La Jiribilla

Ya no son los tiempos en que aprendíamos a ver cine de calidad de todos los tiempos en las tandas del domingo. Ya no son los tiempos en que, para ver y oír a ciertos cantantes, teníamos que soportar a un presentador que nos advirtiera de vicios y riesgos en la vida de esos intérpretes. Ya no son los tiempos, en fin, en los que la televisión era la única vía de entretenimiento. Todo eso pasó, y lo afirmo sin nostalgia. El video game, el formato digital, la telefonía móvil, la internet, han copado esos espacios, y la televisión misma ha tenido que agrandar sus preceptos, hacerse más atrevida a veces que el cine mismo, a fin de no perder a su público. Se ha vuelto más interactiva, cosa que la televisión cubana no es. Se ha vuelto más dinámica en la transmisión de mensajes, más inteligente y subliminal, menos didáctica y machacona. No entre nosotros, agobiados por esos spots donde los ciudadanos, por obra y magia de la edición, cometen alguna infracción y luego reaparecen haciendo “lo correcto”. La entrada a nuestras vidas de TeleSur demostró que desde una postura de izquierdas y sin apelar a los enormes recursos de CNN o HBO, se puede crear una programación variada, de comentarios inteligentes, capaz de recuperar a los espectadores, capaces de elegir entre el contenido del paquete, y otras propuestas. Porque la crítica también debe ayudar a elegir, debe ser capaz de sugerir con agudeza qué es lo más provechoso, y no operar como el fantasma al que tantos detestan. Y temen.

La respuesta que tendría que procurar la televisión cubana ante todo eso es una sola: talento. En una parrilla de programación donde, a pesar de formar parte todos sus elementos de lo que dice ser una política unívoca, tantas contradicciones saltan a la vista; eso debería ser lo primordial. Y ello incluye un concepto más preciso de lo que quiere promoverse, una mirada mucho más abierta y menos preceptiva de lo que ocurre hoy en el mundo, que parece caerse a pedazos mientras en Cuba casi todo se nos presenta color de rosa. Si algo no falta en nuestro país es talento. Crear lazos entre esos creadores, combinar la crítica con el acto progresivo de invitar al público a saberse capaz de elegir lo mejor, es cosa aún no conseguida. Seguimos siendo demasiado reactivos, y ahora mismo, por ejemplo, me dicen que se graba para el verano una especie de versión cubana de The Voice, con sillas giratorias incluidas. Repetir el modelo acríticamente, tratar de luchar contra un imperio que pone millones en función del espectáculo, para ser capaces solo de ofrecer copias anémicas de eso que se critica, no nos regala más que el ridículo, tal y como nos sucediera con aquella serie que pretendió ser el CSI Cubano, y de la cual, por suerte, tan poco se recuerda. Eludir lo mimético es también un gesto crítico, y ello implica la sinceridad y la transparencia. Y otra vez lo digo, la responsabilidad y la confianza en los argumentos sólidos de alguien que, desde la crítica, puede ayudar no solo a dejarnos ver mejor cine o leer mejores libros, sino a vivir una vida más auténtica.

Ojalá llegaran un par de programas donde eso sucediera, y no fuera el crítico una suerte de mero prologuista o un profesor invitado para hablar según los dictados de una academia despersonalizada. Pero no se trata solo de crear programas que desaparezcan luego como sucedió con La Columna, se trata de activar una conciencia crítica que funcione como estrategia mayor en función de la calidad de lo que se programa, desde los temas más complejos hasta, por qué no, lo más ligero siempre y cuando no resulte insultante. Un crítico puede ser un asesor, un consultante. Y tiene, cómo no, una voz y un rostro que podrá polemizar con otras y otros, desde esa probabilidad de escucharnos mutuamente que tanto escasea. Y no solo en la televisión. Porque se trata, sí, como se dijo en el Congreso de la UNEAC, de abrir sitio a la crítica. Y allí mismo quise preguntar: ¿un sitio responsable, donde el crítico no fuera un simple vocero, sino una personalidad dispuesta a exponer su verdad en un pacto claro y franco con su patrocinador, que no coarte su voz y le permita decir, sinceramente, aquello que piensa y suscribe con su rúbrica? En el propio Congreso repetí la petición de uno de sus miembros, quien propuso crear una Junta entre las Secciones de Crítica que existen en cada una de las Asociaciones de esa entidad: no me parece que el espíritu del Congreso haya movilizado nada en favor de esa iniciativa, que persigue un trabajo en común desde la propia UNEAC para establecer nuevos modos de trabajo y promoción desde la crítica misma. El silencio es, al final, la respuesta a muchos reclamos movilizadores. Nuestra televisión no es amiga del debate, no digamos ya en vivo. La hipersensibilidad de muchos parece ser sagrada, y ello deja un agujero por donde, al tiempo que se escurre la crítica, acaban imponiéndose criterios anquilosados, conceptos regresivos, y un tono que no pocas veces, asombra por su vejez. Baste ver la mayoría de nuestros espacios musicales nocturnos. Aunque no le pediría al lector que se sometiera a tal martirio.

Por ahora, el crítico sigue siendo ese mal necesario. Una figura ausente de la cual solo se esperan zarpazos o hagiografías. Mientras tal cosa ocurra, el provincianismo cultural seguirá mordiéndonos los talones. Una cultura real debe tener una conciencia crítica, capaz de reorganizar ante cada generación su presente y su pasado, a fin de establecer un territorio donde esos juicios de valor creen espacios de diálogo futuro. Eso nos falta. Un diálogo mayor. Y un respeto mucho más certero hacia quienes están dispuestos a hablar con la careta quitada y sin pelos en la lengua. En la televisión y más allá de ella. Aunque ya sepamos que es a través de la pequeña pantalla que nos llega mucho de eso que parece ser hoy la vida misma. Para lo bueno y para lo malo.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato