Entrevista con Nelia Casado

Crítica al aire: entre el salto y la pértiga ausente

La infrarrepresentación de la crítica es una dolorosa realidad que muestran los espacios televisivos cubanos. Vapuleado el juicio crítico, entre otros, por el pánico al vacío que generaría el ajusticiamiento de programas estéticamente bajos, las brechas entre un discurso teórico que favorece las investigaciones sociales y una práctica contradictoria que las disminuye, ha derivado en intentos aislados de programas que no logran construir aún una cultura de recepción en los públicos nacionales.

El “paquete” —ya desvalijado— distrae nuevamente la atención de los cubanos hacia zonas desestimadas en la parrilla de programación televisual. Realidad que llama como nunca a una revisión de hacia dónde queremos ir para no hacer lamentables concesiones, capaces de hipotecar el futuro-nación por invalidez crítico-creativa.

En busca de una ruta esperanzadora y posible, Nelia Casado Castro, quien por muchos años trabajara en el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), nos muestra la diferencia substancial entre una “crítica al aire” y otra “en el aire”. Asunto que reclama con urgencia un salto. Eso sí, imposible de acometer con el andamio productivo y mental que conocemos. Merecería, cuando menos, pensar la pértiga.

Nelia, ¿qué particularidades caracterizan el ejercicio de la crítica en televisión?

Te voy a dar el criterio de alguien que no se dedica a hacer ejercicio de la crítica, pero que tiene un juicio como especialista, desde la perspectiva de la investigación, desde la especialidad en que me gradué y ahora como asesora de dramatizados. A mí me parece que la crítica debe tener dominio técnico de los elementos que valora, que no debe ir por la subjetividad. Desde el momento en punto que lo hace un ser humano no se puede distanciar de eso, pero me parece que el crítico debe dominar los elementos técnicos que se relacionan con el programa que analiza.

Muchas veces escuchamos una crítica totalmente impresionista, distanciada de una valoración que puede tener un juicio artístico en profundidad, que exprese que conoce de lo que está hablando y entonces nos quedamos al nivel de: “Esto me gusta. Esto no me gusta. Esto está bueno o está malo”. Eso nos hace sentir muy mal porque es el mismo juicio que puede tener una persona común que no tenga nada que ver con el mundo artístico, el mundo del ejercicio de la crítica. Creo que eso no le puede faltar, o sea, la valoración desde el punto de vista técnico y artístico de los aspectos que valora y que recorra todo el abanico, es decir, desde los aspectos temáticos hasta los elementos artísticos de los que está hablando.

Si uno va a hacer un juicio crítico acerca de un programa de cine, se supone que uno además de dar los datos generales: título de la película, nacionalidad, el director, uno pueda establecer un juicio crítico que logre que los públicos sepan qué van a ver. O sea, que los pueda acercar al guion de la película, a quiénes son los actores, a si tiene actuaciones relevantes o no, a si desde el punto de vista de la realización, vale la pena detenerse en la edición, en la banda sonora. Y no solo el tema del juicio crítico con estos elementos, sino que cuando se trata de espacios que salen por un medio de comunicación de masas —como es la televisión— hay que tener un balance muy cuidadoso, muy adecuado entre, poder ejercer estos juicios críticos de los que te hablé, donde uno se dé cuenta que la persona tiene dominio, técnico y artístico de estos elementos, y a la vez no hacerlo con un lenguaje que los públicos no puedan entender.

Esto es una dicotomía complicada porque muchas veces los críticos, están claros de lo que están diciendo, pero el público no lo entiende. Con esto no pasa nada cuando uno lo hace para una publicación que va a leer un grupo pequeño de personas, pero cuando lo haces para la televisión hay que lograrlo. Esto me parece otro elemento importante. El crítico debe ser un buen comunicador porque a veces tiene un dominio desde el punto de vista artístico, pero no sabe comunicar para la televisión, que es un medio tan particular. Debe hacerlo en un lenguaje coloquial que le resulte cercano a los televidentes.

Es muy socorrida la postura en la crítica cubana de enfocar conmiserativamente las prácticas culturales. De ellas, siempre la luz y ni por aludidas las manchas. Y en otra vertiente, se prefiere la indiferencia para desde allí no hablar bien, pero tampoco “lavar el sol” en el necesario ejercicio propositivo. ¿Por qué los extremos y nunca los medios para decir bien lo que mal está?

Coincido con que esto es un problema importante que tiene la crítica que debemos solucionar cuanto antes. Se ha hecho bien. Lo hizo muy bien Mario Rodríguez Alemán y lo hizo muy bien Colina en su espacio de cine. Aquí ha habido profesionales que han logrado establecer espacios de juicio crítico que han salido sistemáticamente al aire, con todas estas cosas de las que te he estado hablando y en los que no se ha ido a ningún extremo.

Desgraciadamente, para mí, esa crítica complaciente no es crítica. Detrás de ella en muchas ocasiones uno ve que responde a intereses de complacer a realizadores y a otro tipo de intereses más pedestres y mundanos que no tienen que ver con el ejercicio crítico. Eso no es crítica y lo de ir al otro extremo, al destructivo, tampoco.

A mí me parece que el juicio crítico tiene que tratar de distanciarse de quién es la persona que crea. Distanciarse y no. Es complicado porque debes conocer la obra de la persona de la que estás hablando para poder hacer un buen análisis. Tú no puedes hacer un juicio crítico sin saber cómo es la estética de ese realizador: a lo mejor estás teniendo unas expectativas con él que no le interesan. Tienes que conocer eso. La crítica tiene el deber de analizar, exaltar los aspectos positivos e ir al análisis crítico, señalando también las cosas negativas. Además, me parece, que ahí es donde el realizador puede crecer.

Creo, desde mi experiencia como investigadora de tantos años en el Centro, que no hay obra perfecta. En televisión nunca he visto nada a lo que yo no tenga ninguna observación crítica que realizarle. De los mejores programas, los que mejor repercusión tienen en los públicos, o los que no y desde el punto de vista artístico uno los ve y te satisfacen estéticamente, se habla de las actuaciones que pudieron haber sido de otra manera o el aprovechamiento de la luz en otro sentido. Siempre en las obras, por geniales que sean, se puede establecer un juicio crítico. Creo que el juicio crítico bien ejercido contribuiría a que el televidente se eduque, a que las personas aprendan a ver y a disfrutar de las obras no como ese televidente pasivo sino viendo dentro de ellas.

Mi profesora de crítica en el ISA, Magaly Muguercia, una crítica excelente que hubo en Cuba, siempre decía que había que hacer una primera mirada de disfrute para que llorásemos, nos riésemos, pero para analizarla críticamente había que verla tres veces más. Ningún crítico puede, de primera impresión, hacer un análisis —nos comentaba— porque si no teníamos nada que decir de la obra, no merecía la pena que escribiésemos algo sobre ella. El aporte de la crítica está justamente en desentrañar las zonas fuertes y débiles de la obra para que los públicos aprendan a ver y para que al realizador, al creador, le sirva para futuros trabajos. Me parece que ese debe ser el camino. No estoy de acuerdo con ninguno de los dos extremos, aunque comparto la idea de que se dan en nuestra televisión y que deben solucionarse cuanto antes.

¿Por qué no abundan los programas de la crítica sobre un género tan tradicional como el dramatizado en la televisión cubana?

No te lo pudiera decir porque recuerda que no estoy en el mundo de los críticos. Comparto contigo la idea de que el juicio crítico que se brinda sobre los dramatizados cubanos es escaso. Me parece que este es uno de los ejemplos de lo que estamos hablando que, o lo que se hace es narrar lo mismo que estamos viendo y poner los nombres de los actores y anunciar que se va a exhibir una telenovela —antes que salga. Eso o se atropella sin  tener en cuenta nada de lo que pasa allá adentro.

En ese sentido a mí me parece que el trabajo que está haciendo Paquita de Armas en relación con la televisión es encomiable. Paquita es de las pocas críticas que le gusta la televisión, que no la subestima. Hay muchos críticos que subestiman el medio y consideran que no deben usar sus neuronas en hablar de él. Pasa con la televisión no solo en la esfera de la crítica, sino en la investigación, a la hora incluso de hacer programas televisivos. Un grupo de personas considera que aquellos con más talento deberían estar en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) o en otros lugares. Pasa también por hacer juicio crítico sobre la televisión. Subestimar el medio me parece un error garrafal porque sigue siendo la primera opción para disfrutar el tiempo libre del cubano y es un medio de un impacto increíble. El poder que tiene la televisión en todas partes del mundo, y en Cuba, es significativo.

Paquita, por ejemplo, en relación con los programas de comicidad y los dramatizados, con bastante frecuencia, de hecho, bastante más que los otros críticos reconocidos de los medios de prensa, se acerca y hace crítica. Hay a quien no le gusta su estilo porque es un poco conversacional, pero hace crítica de televisión. En los casos de Vivir del cuento y de los programas de comicidad que han salido en los últimos tiempos, hemos tenido sus juicios críticos, aparecidos en la misma revista digital de la televisión o en El Caimán Barbudo que es donde ella trabaja. Ojalá que muchos más críticos —y no ya de la edad de Paquita que es una persona mayor— de las generaciones jóvenes que comienzan se interesaran por la televisión y empezaran a hacer un juicio crítico sistemático sobre los programas dramatizados porque, realmente, es escaso y los que he visto, no me han hecho sentir feliz.

Uno se da cuenta por los análisis que están haciendo de los programas, que tienen que haber compromisos personales ahí, que tiene que haber otro tipo de atadura que no sea profesional, cuando uno ve las valoraciones que se dan de los espacios. No puede ser que el crítico tenga esas limitaciones. Y esto es muy pesado porque no te ayuda. No hay nada que ayude a perfeccionar más un programa que tener una buena crítica detrás, una crítica orientadora, que uno sabe  no se hace con saña ni con malas intenciones, sino todo lo contrario.

¿Qué representó para el oficio la pérdida física de Rufo Caballero?

La pérdida de Rufo, sin lugar a dudas, fue algo lamentable en el terreno de la crítica de/en televisión porque él era una persona muy culta, muy conocedora del medio y muy valiente.

Con Rufo los públicos tenían su desencuentro porque había muchas cosas de su lenguaje que no comprendían y cuando empezó, para qué. Después, en la medida en que avanzó el tiempo, fue cogiendo el termómetro de cómo funcionaba la televisión y además se le dijo. Era una persona con la que se podía dialogar perfectamente. Creo que él fue, hasta la medida que podía, modificando un poco su lenguaje. Ahora, llegó un punto en el que él no pudo más. Rufo era Rufo y él hablaba así.

Esto traía que muchas personas no lo comprendieran y, por lo tanto, no disfrutaran su crítica. Sobre todo para los especialistas, para las personas que podíamos escucharlo y lo entendíamos, era muy grato, muy importante. Además una persona que empezó jovencito, que siempre lo estuvo haciendo con mucha apertura: lo mismo te hacía la crítica de un video clip, que de un programa dramatizado. Lo hacía con tan buena energía, con tanta alegría, con tanta implicación y compromiso, que uno lograba —amén de que hablara mal de la obra— sentirse bien con lo que estaba diciendo.

A mí el tipo de crítica que hacía Rufo me parecía muy interesante, aunque reconozco que había que hacer un poco de “concesión” con su lenguaje, con su manera de ver, sin que eso implicara que fuera en contra de lo que realmente quería hacer, pero hay siempre que tener en cuenta el destinatario. No es igual hacer crítica en un cine o hacerla en el Pabellón Cuba, para un evento social determinado, que hacer crítica en televisión.

De cualquier manera me parece que Rufo fue una figura importantísima para la crítica televisiva y en términos de los especialistas y la televisión, todo el mundo lo recuerda y lamenta su pérdida extremadamente prematura.

“Las mejores verdades se dicen jugando”. ¿Existe alguna relación entre el adagio y la toma tácita de conciencia de programas humorísticos para hablar de cierta envoltura social, inabordable desde otros géneros?

Este es mi tema de especialidad. Eso lo vi nacer yo a partir de las investigaciones que realizaba en el Centro. Cuando me gradué del ISA lo hice con una tesis De San Nicolás al Peladero en el año 1988. Veníamos de la etapa de oro que tuvo la televisión cubana con Detrás de la fachada, Si no fuera por mamá, Tito el taxista, San Nicolás del Peladero a una etapa en que estaba Pateando la lata y cuando se fue del aire nos quedamos sin programas de comicidad.

Desde ese momento en que empecé a investigar el humor, las personas decían que de esos programas de principio de la década de los 80, lo que más le funcionaba era el reflejo de su realidad. Desde entonces los públicos solicitaban eso. A través de mi investigación elaboré una especie de programa modelo que quería el público nacional para la comicidad: un programa de 27 minutos, que se transmitiera en horario estelar de la televisión. En primera opción los públicos cubanos querían ver humor todos los días, pero como segunda opción, como mínimo tres veces por semana, y que los temas abordaran su contemporaneidad. El público cubano quiere reírse de sus problemas, verlos no como una fotografía de la realidad, pero sí quieren ver reflejadas sus problemáticas.

Jura decir la verdad, el programa de Ulises Toirac, surge justamente de este modelo. En aquel entonces estaba Ernesto López como presidente del ICRT y me llama para conocer a partir de los resultados de la investigación, qué tipo de programa querían ver los públicos. Ulises había entregado en ese momento dos proyectos y el que más se asemejaba a esta solicitud de los públicos era Jura decir la verdad. Fíjate que este era un programa que venía de La tremenda corte que, aparentemente, no tenía que ver con lo que estábamos viviendo. Nosotros salimos al aire 15 minutos en blanco y negro, con el negrito y el gallego, cosas que estaban despegadas de nuestro tiempo y tuvimos que hacer rápidamente modificaciones y alargar el programa a 27 minutos, ponerlo en colores (porque la gente le daba piñazos a los televisores pensando que tenían problemas técnicos) e incorporar, aunque fuera un homenaje a La tremenda corte que venía de los años 40, en las fechorías de Chivichana los problemas actuales a solicitud de los televidentes.

De ahí para acá, este modelo fue heredado por el resto de los programas. En la medida que los espacios de comicidad se acerquen más a él, más responderán a los intereses de los públicos. Pero nunca cierro las puertas: puede aparecer una genialidad de programa que haga un homenaje a la década del 40 y sea una maravilla desde el punto de vista del guion.

Creo que también a la comicidad la favorece, a diferencia de otros dramatizados, el hecho de que graba una vez al mes cuatro programas. Aquí los dramatizados cubanos, desgraciadamente, se graban de principio a fin. Ya cuando empieza a salir la telenovela, aunque un personaje no funcione, una subtrama o el tema tampoco, no puedes hacer nada porque ya está terminada. Con los programas de comicidad pasa diferente. Se tiene la posibilidad de incorporar las cosas que van sucediendo en la cotidianidad y de ir reflejando los problemas. En los últimos Vivir del cuento han hablado, por ejemplo, de la Ley de Inversión, de las cosas más vigentes porque también el sistema productivo que tienen los programas humorísticos lo permite. Creo que fundamentalmente ha sido porque es uno de los géneros televisivos que más se ha investigado y donde más se conocen las expectativas que tienen los públicos.

¿Cómo se pacta el vínculo entre la creación y la crítica televisuales? ¿Hay, en teoría o en la práctica, alguna manera de balancear estos dos vectores —aparentemente antagónicos— en el medio?

Me parece que no. Estimo que la mayor parte de los programas de crítica que hay en la televisión tienen que ver con la cinematografía y que hay carencia de programas de crítica que aborden otros géneros de programas, como el dramatizado, al cual le haría tremenda falta un espacio de crítica en televisión. Precisamente, hablar de la telenovela que empieza, la que termina. Creo que eso sería importantísimo.

Entonces debería haber más correspondencia entre la parrilla de programación y los programas de crítica. Otros programas relacionados con esta perspectiva son Hurón Azul (que a veces hace algún tipo de crítica a cualquier género) y Sitio del arte, donde en ocasiones aparecen especialistas haciendo pequeñas valoraciones. Así, en algunos espacios muy aislados, uno ve un juicio crítico de una musicóloga o de un teatrólogo sobre algún programa específico, pero no es algo sistemático. Ya te digo que no te puedo dar la respuesta estadísticamente de cómo está eso, pero me parece que la televisión carece de espacios de crítica para el resto de los géneros.

¿Por qué se suelen anular espacios de la crítica en televisión y no se vulneran programas televisivos de bajo presupuesto estético?

Cuando pasan esas cosas, yo siempre digo que es que no se valora suficientemente el ejercicio crítico, es que se subestima. Siempre pongo en duda cuando me dicen que algo para alguien es importante y no le da prioridad. A mí me parece que con la crítica ha sucedido bastante como con la investigación social que, teóricamente el discurso va por un camino y la realidad va por el otro. Al Centro de Investigaciones toda la vida le han dicho los ojos de la televisión y yo, desde el sentimiento de pertenencia de haber trabajado ahí 26 años, apuntaba: “¡Qué manera de cuidarse los ojos!” porque las personas que trabajan ahí lo hacen en unas condiciones tan precarias. El Centro se ha ido desmoronando.

Un poco me sucede eso también con la crítica, que el discurso teórico va por la importancia de ejercerla, pero creo que si se reconociera el valor que puede tener como una herramienta orientadora, incluso para el desarrollo del gusto estético de los públicos, si se diera de esa manera, habría más espacios de crítica y se cuidarían más los que ya existen. Se escucharía más lo que dicen los críticos y se evitaría el cansancio de los públicos, que es otra cosa que ocurre. Muchas veces los televidentes no ven la parte del juicio crítico de los espacios porque no les interesa, porque no los atrapa. A Colina todo el mundo lo veía y era un profesor universitario con un lenguaje técnico. Nunca hizo una concesión y todo el mundo veía 24 x segundo. Entonces empiezas a creer en la posibilidad de hallar una persona que tenga un alto nivel académico, que me esté dando luces sobre lo que estoy viendo y que además sea un buen comunicador. Me parece que va por ahí: hay que valorar mucho más hasta dónde puede llegar la crítica, hasta dónde es importante en un país como este que las personas, aunque después elijan lo que quieran ver, progresivamente vayan educándose a partir del juicio del crítico cuando está bien preparado.

Si no existe nexo supuesto entre la contracción económica y el abandono estético, ¿por qué cada día más nuestra televisión juega a probar esta aleación? ¿Por qué se dan por subestimados, primero, el papel de la crítica en televisión y, segundo, la inteligencia de los telespectadores con productos de bajo presupuesto ideoestético como Santa María del Porvenir y Playa Leonora?

Los problemas materiales son objetivos. Creo que esto es algo que hay que tener muy presente para que se sepa que hacer televisión en Cuba es un milagro. Para que se sepa que todas las personas —o casi todas— que están haciendo espacios que salen de manera sistemática, merecen un homenaje. Trabajar en la televisión cubana es una heroicidad porque ni se paga lo que hay que pagar, las condiciones desde el punto de vista técnico son pésimas. Hay muchas personas que lo hacen con un alto nivel de esfuerzo y sacrificio y que no se conforman con la mediocridad. Pero hay otras que no lo hacen así, que se parapetan detrás —como ha pasado en todos los países y épocas— de las limitaciones materiales para trabajar poco.

Creo también que ha habido mucha desprofesionalización dentro del medio y a veces uno está trabajando en el estudio y el director hace un corte para montar una escena y cuando miras hacia atrás no hay nadie. Eso no tiene nada que ver con los recursos materiales. Es algo que afecta la televisión y está ahí. Es un círculo vicioso porque las personas no son pagadas como debían ser y entonces han ido perdiendo el interés. Es como si la gente hubiera perdido el deseo de implicarse, de entregarse en lo que hace. Esto es una consecuencia que han traído los problemas económicos, pero también creo que la calidad de las personas individualmente porque uno de todas maneras tiene que comprometerse con lo que hace, paguen lo que paguen.

Es importante reconocer las dos cosas. También están los problemas materiales y muchas veces uno hace proyectos dentro de un programa,  —filmaciones en exteriores o utilizar determinados recursos económicos— y no lo puedes hacer porque no existe el dinero. Y es un mismo dinero para todos los géneros de programas, para toda la televisión. Desgraciadamente no hay sistematicidad, ni una metodología clara de hasta dónde quiero llegar, qué quiero hacer con mis productos televisivos.

Hubo una época que siempre cito, hará cinco años atrás, cuando Ernesto López, Waldo Ramírez y Magda González Grau trabajaron muy unidos con la investigación social para saber qué se quería con el dramatizado cubano, qué expectativas tenían los públicos. A partir de ahí fue la época de La cara oculta de la luna. Fue un momento en que se lograron productos dramatizados donde se convino finalmente la calidad artística con los intereses de los televidentes. Ha habido etapas mucho mejores: significa que se puede hacer, aun con el mismo dinero. Desafortunadamente está dependiendo mucho de los cambios de dirección, de quiénes son las personas que están dirigiendo y no porque las personas no lo quieran hacer bien, sino que es producto de la ausencia de un aparato conceptual establecido, fuerte, para seguir el camino que los demás ya adelantaron. Entonces cada vez que se cambia se empieza de cero.

Se trataron de romper todos los tabúes con los temas de la diversidad sexual, con la droga, en la etapa que pongo de ejemplo. Después hubo un momento intermedio en que los públicos sintieron que se estaba sobresaturando la pantalla con las temáticas homosexuales y entonces determinados segmentos protestaron. Desgraciadamente, en ese momento lo que se dictaminó fue, no hacer más nada que tuviera que ver con una subtrama de temática homosexual. Lo avanzado fue luego retrocedido. No sé si en este verano o en al anterior lo que se vio fueron unas novelitas rosas. Hecho también —supuestamente—  superado hace una cantidad de tiempo considerable. Se volvió a ellas porque las personas se habían sentido sobresaturadas con una parte del tratamiento temático de la realidad y entonces pasamos al otro extremo. Falta coherencia: tener claridad conceptual de hacia dónde queremos ir para todo el que venga nuevo se monte en esa misma nave y entonces lo que le agregue sea, su creatividad, lo enriquezca, pero no perder el camino trazado.

Otra cosa es que hay un solo espacio para todos los dramatizados cubanos, que es el de lunes, miércoles y viernes y ahí lo mismo tienes que poner una telenovela del año 60, que una de actualidad, que la obra de Rudy Mora que va contra todos los cánones establecidos de lo que esperan los públicos, que colocas un producto extremadamente convencional. El hecho de que exista un solo espacio para el dramatizado hace que los públicos no sepan a qué se van a enfrentar. Van poniendo una obra detrás de otra y puede venir una cosa de Rudy que deja fundido a todo el mundo y cuando la gente está aprendiendo los códigos de Rudy, entonces se aparecen con una de lenguaje extremadamente formal. Si yo, ICRT, no tengo claro qué esperan los televidentes, apruebo lo primero que venga, lo que más barato resulte, lo que menos trabajo me dé, lo que me resuelva el problema de llenar el espacio para no retransmitir.

¿Hay indicios de recuperación de voces críticas en la televisión? ¿Qué espacios aparecen por abanderados?

Hay intentos aislados en la televisión por acercarse a un juicio crítico. A veces uno ve, relacionado con determinado evento como el Festival de Cine Latinoamericano, La Muestra Joven ICAIC o el Festival de la Televisión que, en ese programita pequeño que se crea durante la semana del evento, se entrevistan a periodistas que hacen juicios críticos interesantes. Pero eso dura mientras dure el evento y después no permanece al aire.

Me parece que aunque hay intentos que salvan el abandono a la crítica, hay que sentarse a pensar mejor esos espacios para concebirlos de una manera coherente, para tener en cuenta los otros géneros. Los espacios informativos, por ejemplo, carecen de juicio crítico y es uno de los programas que más critican los públicos. Recientemente ha salido el noticiero cultural donde a veces uno ve algún pequeño juicio crítico, pero no es comparable con 24 x segundo, ni cuando Mario Rodríguez Alemán tenía La tanda del domingo. Falta hacerlo de una manera pensada, coherente, armonizada en toda la parrilla de programación. Hacerlo con personas que sean buenos comunicadores y conocedores en profundidad de los temas, con un guion que los respalde. De lo que no caben dudas es del valor que tiene la crítica y lo que puede contribuir a lo que supuestamente estamos aspirando nosotros y lo que debe diferenciar a nuestra televisión del resto de las televisoras del mundo —que van a por el entretenimiento exclusivamente.

Estamos atacando los “paquetes”, atacándolos teóricamente, pero si en la televisión no me estás dando un tipo de programa que a mí me interese, que me entretenga, instruya y atrape, la gente va a seguir viéndolos. El juicio crítico puede contribuir a que la gente no los vea o consuma lo que sirve porque en ellos hay cosas muy buenas también. En la medida en la que no me prohíbas nada, y que con un juicio crítico a través de los medios me vayas enseñando a “ver”, a alcanzar una mirada educada hacia la televisión, llegará el momento en que empiezo a desterrar de mi gusto y de lo que veo habitualmente, ese tipo de programa y me quede con lo mejor. No le temo al “paquete”. Uno no puede estar ajeno a la realidad que se está viviendo. Ciertamente es muy competitivo frente a una televisión de cartón y que cada día es más aburrida. Le corresponde a la crítica darle a la televisión el lugar que merece frente a la múltiple oferta que viaja con las nuevas tecnologías.

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