¿Por qué hablamos de amor siempre?

Hace media hora comenzaron a cortar los árboles de enfrente —nuestro pequeño bosque, me gusta pensar— ese otro pulmón que dios nos había concedido a los incrédulos, que nos concedió hasta hoy. Gomeros se llaman esos hermosos árboles de hojas brillantes que incluso en invierno nos acompañan. Ahora puedo mirar desde mi espalda y están todavía ahí, están ahí los gomeros / oh si ellos supieran cuán felices nos han hecho. Mirarlos, mirar el cielo y ellos delante, sus hojas verdes repartidas entre azul, blanco, cables del tendido eléctrico, olor a gasolina, hollín, palomas que van y vienen, cornisas, griterío. Las hojas verdes brillantes se van a estar despidiendo hoy de los troncos de los gomeros, esos árboles de hojas brillantes y ovaladas que están por ser derribados. Una cuchilla, una sierra / también para eso sirve la electricidad, para devorar la madera o lo que se le plante delante. Una energía superior o mejor transferida siempre es la que derriba.

Han comprado el terreno, el pequeño terreno estrecho, de tan solo tres metros de ancho —parecía que a nadie le serviría un pedazo de tierra así— pero han comprado también el estacionamiento de al lado, el que colinda con ese bosquecillo desubicado. Y por eso llegan los buldóceres a hacer su pequeña y primera fiesta, vienen a derribar los gomeros, esos árboles que hemos visto estos años tan alegremente delante de nosotros, de nuestro ventanal. La energía del buldócer se asemeja a la de la sierra y más aún a la del comprador de los terrenos. Una misma energía, una misma fuerza que corta, derriba, destruye con la misma facilidad que compra y se reconforta por la inversión.

¿Cuándo fue que empecé a mirar los gomeros con tanto amor? ¿Cuándo fue que me sentí mirada por ellos? ¿Cuándo acompañaron al vidrio como si estuvieran pegados para siempre, inseparables? El vidrio y los árboles en perspectiva, ramas secas en invierno, más bien peladas, desprotegidas, demasiado viriles en su soledad, enhiestas, siempre de pie y sin nadie que las acompañe.

Lo cruel habita cualquier esquina de la ciudad, y sus múltiples variaciones siempre remiten a la muerte. ¿Será que aquellos obstáculos por vencer para el acceso a la felicidad, […] realmente se fundan en esa disposición universal hacia la crueldad, ejercida en este caso contra uno mismo? [1]

No, no voy salir, no tengo ganas.

¿Cuándo fue que comencé a interpretar de manera distinta un capítulo de serie de televisión? ¿Cuándo fue que comencé a incorporarles destellos extraños, conexiones a ninguna parte, salvavidas, perfume de farmacia, sonidos como de tic tac / de enseñanza necesaria, ultimátum? ¿Cuándo es que ha ocurrido esto que me pasa? ¿Acaso sigue ocurriendo o pasa siempre como rutina o en cierta forma ya es pasado, ya es algo que hemos incorporado los dolientes, o sigue supurando la herida? El pus apesta, el dolor está aquí. ¿Cuándo fue que pasó todo esto que me pasa? ¿Cuándo pasó esto que es el futuro posible, acechante, probable?

¿Cuándo fue que comenzaron a regalarnos cosas usadas, a veces incluso sucias? ¿Cuándo comenzaron a llegar los equipajes con sobrepeso? ¿Cuándo comenzamos a sonreír y a mirar en un rincón de la casa los regalos inesperados? Pasta de diente, protector solar, desodorante, ajustadores, espejuelos rayados, frascos not for sale, vasos de hotel, cintillos, ropa, ropa, ropa, ropa… ¿De dónde proviene esta limosna mayúscula con la que nos quieren, quieren, quieren apoyar?

No, este pantalón no me lo regalaron. Este pantalón me lo compré yo misma. Me costó cincuenta pesos, logré que me rebajaran la mitad de lo que costaba. Lo veo tan lindo, la tela es sintética, absolutamente sintética, y un poco rígida, pero tiene un estampado entre cinético y molecular, todo en tonos mostaza, beige, verdosos, que me hacen pensar en algo desconocido; hicieron que volviera a la tienda una y otra vez, para mirarlo y darme cuenta de qué se trataba: ¿un bosque, árboles? ¿De qué se trata un pantalón? ¿De qué se trata la ropa? ¿Vestirse, asociar, combinar algo con la propia cabeza de uno, utilizar un procedimiento entre poético y violento? El dinero no tendría que servir para pagar por la ropa, la ropa es cualquier cosa y te vuelve más anónimo y temeroso. El dinero tendría que servir para construir laboratorios, bibliotecas, puentes sobre mares distantes, túneles, jardines.

El dinero tendría que servir para que los árboles no se talaran hoy. Por ejemplo, esos gomeros frente a mi casa, cuánto dinero tendría que pagarle al que maneja el buldócer, al que maneja la sierra eléctrica, al ayudante número 1, al ayudante número 2, al ayudante número 3, al ayudante número 4, al que está fuera con el celular en la mano informando… a todos ellos y a los otros que también cortan los árboles y que no se ven y no los conozco. ¿Cuánto habría que pagarles? —les pregunto de una vez. Ya estoy con ellos en la acera de enfrente. ¿Cuánto dinero hace falta para que estos árboles hoy no sean derribados? ¿Cuánto dinero sería necesario para que estos árboles nunca fueran talados, que a nadie se le ocurriera semejante idea en el futuro? —repito— y me dejan con las palabras en la boca.

Me probé el pantalón la cuarta vez que fui a la tienda porque entendí que me estaba esperando. Me pasa que cuando esto me pasa la ropa el gomero son para mí un llamado de puro tejido sintético naturaleza porque se trata del caucho, de eso estamos hablando. Y quizá algo va a estar mal en los días sucesivos. Entro al probador y el espejo es grande, ovalado, hay postales de obras de teatro y también de marcas de ropa, el lugarcito está decorado como yo misma lo hubiera hecho; es solo ropa usada —me digo—, no lo cojas tan a pecho; paredes con ladrillos a la vista o en tonos rojizos, zapatos dorados anudados al tobillo, corbatas y cintos por dondequiera, sofás tapizados en pana raída pero tan bella. Me río porque el pantalón me queda tan lindo… pero qué veo, oh oh oh oh tiene una especie de borrón, como si le hubieran pasado un quitamanchas indebidamente. Oh oh oh oh. ¿Cuándo comencé a pensar en líquidos y polvos quitamanchas, disolventes, colorantes, alcohol? Todo para reparar algo usado, para tapar lo que está roto, lo que alguien indolente dejó deteriorar sin darse ninguna explicación, sin devolver nada a cambio, sin mirar el sofá manchado de orina de perro, sin mirar los zapatos de gamuza sencillamente sucios. ¿Cuándo comencé a pensar en la reparación total de todo lo que tengo a mi alrededor? ¿Cuándo la restauración del comportamiento —el amor a toda prueba, la entrega total— fue el objetivo más importante de mi vida?

Que nada se eche a perder / que sea posible devolverles una segunda vida, quién sabe si más interesante, más hermosa / Nosotros los cubanos vamos a tener una segunda oportunidad.

Algo se me va a ocurrir para solucionar este pequeño problema.

Salgo contenta de la tienda.

¿Cuándo comenzamos a pensar en el dinero de esta forma, cuándo comencé a hablar de dinero, a decir esa palabra?

Yo no soy pobre, no. Yo no soy pobre, no.

No, que no / que no. Yo no soy pobre, no. Quién me quiere a mí.

Yo no soy pobre, pobres son los que piensan que el pobre soy yo. Yo tengo pocas cosas en mi casa, alguien diría: lo mínimo, alguien diría: no le falta nada, no le sobra nada, pero esa gente piensa que yo soy pobre. Y yo antes, antes, antes, creía que yo era pobre. Tengo poquitas cosas, es verdad, lo mínimo indispensable, pero solo para poder ser rico. Aquí el rico soy yo, quiero que se sepa esto bien clarito. Yo no soy pobre, yo soy rico. ¿Y por qué esta señora dice que es rica si no tiene nada? ¿Y por qué le molesta que corten los árboles si el terreno está lleno de ratas y esos árboles no son de nadie? Dice que quiere tener tiempo para dedicarlo a las cosas que la motivan, que son para ella las cosas importantes. Y si tuviera muchas cosas tendría que estar siempre ocupándome de ellas, no quitarles los ojos de encima para que no me las robaran. Y si tuviera muchas cosas la señora no podría hacer lo que quiere. Qué es lo qué quiere hacer en realidad, qué es lo que a ella le gusta. Qué bueno no tener una empleada doméstica ni una niñera, qué bueno no tener que ocuparse de un jardín que no florece. Qué bueno no tener que forzar ese tipo de cosas. Qué bueno pasar la escoba todos los días y cocinar y ordenar. Eso me lleva mucho tiempo y cuando termino quiero pensar que esas son las cosas que quiero hacer con deseo, con palabras, con ojos.

Por eso hablo de esto, hablo de la escoba, con las páginas salteadas de algún libro… ocuparme de atenderlas (a las páginas) es mi ocupación predilecta. La grasa no podría hacer lo que realmente barrer me gusta lo que muchas cosas árboles de caucho ratas gasolina señora hollín, señora, señora. Y las páginas ayudan, las páginas de los libros, las imágenes, las fotos. Esa es la verdadera libertad, un jardín que decide ser muñón de árbol gomero metido en la página de alguien que grita, una protesta la austeridad, la casa pequeña, limpia, el poder, la palabra, la empleada que no es empleada y se contrata de otra cosa… Qué bueno que nadie limpia mi cama, mi piso, mis platos, mi inodoro, mi rama de árbol. Yo no soy pobre y sin embargo, no soy dueña del árbol de enfrente, del ventanal con hojas de gomero en perspectiva: alguien viene con el buldócer, sin embargo, alguien que no sé si es pobre o rico y de qué se quiere ocupar esa persona, sin embargo. Le digo, les digo, es nuestro bosque, si te pones a ver, es nuestro segundo, nuestro tercer pulmón, nos pertenece: ven, cruza, ven y mira desde aquí, ¿te das cuenta lo que va a pasar si arrancas esos árboles? ¿Y tú los vas a cuidar? Tú nunca los has cuidado, no te oí mencionar ningún árboles, ningún pulmones de la ciudad, ningún gomeros, ningún vecinos. Me voy a ocupar, sí, me voy a ocupar de sacar toda la tierra, voy a limpiarlo todo de esta tierra, vamos a construir un estacionamiento muy moderno; la reja, por cierto, sí, la reja la vamos a dejar. Se acabó, es todo por hoy señoras y señores. ¿Por qué no regresas a donde viniste? —me dice uno que parece el jefe de la brigada. El del buldócer vuelve a entrar y el de la sierra se la pone bien en alto como un tarro de unicornio.

Ay, ese sonido, ese sonido, sin embargo, señoras y señores. Y además, a dónde dice que me vaya. Qué sabe de mí.

Un día comenzaron a estudiar mi país como legajo de notaría. Un país doliente, un país de escribientes, una red llena de huecos o malentendidos permanentes. Nosotros y ustedes, todos tenemos algo para agregar. No sé si para agregar (alegrar) el dolor o para sostener el malentendido. ¿A eso llegaremos, a eso estamos llegando, a dónde? Cuando le digo que la revolución / que la revolución / que la revolución / el árbol que queda en pie parece sostenerse un rato más. Le había tirado fotos a casi todo, así que podía hacer un álbum con un poco de ayuda. Es sencillo, compramos una libreta lisa y empezamos a pegar fotos y figuritas de las que más nos gustan, de esas que tenemos guardadas y después coloreamos los espacios en blanco y escribimos lo que queremos. Algo así lo vamos a poder hacer juntos.

¿Qué cosas me motivan? ¿Qué cosas no me empobrecen?

Están las cortinas bajas, creo que quedan dos troncos muñones, la virilidad del árbol ha sido secuestrada en esos camiones ruidosos y empolvados. Hay siempre un árbol que cede el paso a la cuchilla, a los hombres abrigados cuchilla en mano y que con escasos tajos cumplen su deslucido ritual para tanta exuberante naturaleza, esas brillantes hojas verdes apiladas ahora en medio de los escombros. Vale todo igual, la rata muerta, el veneno que la mata, los ladrillos partidos, los zapatos dorados, el sofá de pana raída, el pantalón de estampado cinético, las preguntas y las respuestas: el gesto del hombre que destruye iguala todas esas cosas. Y los gomeros de enfrente viajan ya hacia ninguna parte, cadáveres como otros cadáveres, restos, despojos de lo humano, de lo que el humano despoja para volverse sustancia más importante.

Hoy me ha dicho el vecino que van a construir un estacionamiento más grande, con varios subsuelos y plantas superiores. Sentí entonces una extraña necesidad de la naturaleza. No la naturaleza de mí miserable dentro mío ni del generoso desparpajo de mi amor por las cosas naturales o artificiales, sino un deseo de integrarme a ella, que la naturaleza esté rodeando todo lo mío y lo de ustedes, no porque la naturaleza vaya a garantizar mi supervivencia, mi sobrevida, sino porque hoy siento que me voy con esos árboles en los camiones ruidosos y sucios y hay un camino de luz interrumpido. Todas cosas, todos deshechos. La naturaleza cadáver en el vehículo impostor.

Muéstrame cómo regresar a casa, cómo hablarte y salir de la prisión del sufrimiento sin remedio, el somnífero que te aleja —árbol— del paro masivo la noche anterior. Es la naturaleza la que necesito para salir de mi yo. Yo y los árboles de hojas brillantes, todos despojos, sumidos en otro posible hacer. Qué hacer. Qué hacer. Estamos recordando cómo era la vista, cómo era pensar que las cosas son para siempre. Para eso debía servir el dinero. Para regresar a casa siempre, para recordar anticipadamente alguna cuchillada que se pueda evitar, para escapar de la prisión del llanto congelado, de la taquicardia inútil. La naturaleza me cuida a imagen y semejanza de ella misma. Me había olvidado de quién soy yo entre los árboles y sin ellos. Me había olvidado de mi mirada y de cómo los árboles me miraban. Esas plantas me han cuidado desde que nací, me sacuden y entienden la existencia mejor que nosotros. Yo, en cambio, tengo un dolor foto que es el del desconocido trepado con su sierra eléctrica, un dolor, un testimonio convencional. Una naturaleza anónima para él cae delante de sus ojos y va por más. Voy por otra foto yo también. Otra rama y otra y otra. No me voy a olvidar de mi vida en la naturaleza, de mi vida árbol nacida entre las hojas del gomero. Me voy a despertar.

Un día no me voy a acordar de nada de esto y todo va a parecer un sueño. Algo nuevo, algo que experimento se está formando dentro de mí y no sé cómo llamarlo ni qué hacer con eso, solo lo pienso una y otra vez. Pensar… ¿será eso? ¿Eso es lo que siento? ¿No pue­do tener un sentimiento que no sea un pensamiento? Todo este mar es cotidiano, táctil. ¿Alguien que me ama se pregunta por cosas así, cosas del mundanal ruido, cosas de la crueldad y la felicidad, del poder y la falta de amor por uno mismo, de la falta de fe, del dinero? ¿Por qué no voy a creer entonces, por qué no me decido? ¿Por qué me dejo de querer cuando veo los árboles cayendo? ¿Por qué pienso que no puedo hacer nada, por qué siento que yo también los derribo, los subo al camión?

¿Pero no ves esos caminos de tierra, no ves esas largas peregrinaciones para traer el agua potable, no ves cómo la gente trata de aliviarse de las contingencias inevitables? Y todo esto que lloras y denuncias, ¿está dentro de tu corazón o dentro de tu cámara fotográfica?

Dime: ¿lo estás sintiendo o es anécdota, pan para hoy y hambre para mañana? ¿Qué es todo esto?

[…] las acciones tienden a seguir cualquier rumbo, no necesariamente el marcado por sus objetivos. De lo anterior se deduce una definición de la política —elemental pero válida—, presentada en los siguientes términos: política es un accionar sobre las acciones. También vale para el accionar clínico. Toda una cuestión ardua cuando se reconoce que cualquier modalidad de salud —aunque privilegio aquella que designa y resume el término de bienestar— tiene al menos dos vertientes: la clínica (responsabilidad de los clínicos) y la política, de hecho responsabilidad ciudadana, con lo cual vuelvo a insistir en que la salud mental corresponde a todos los oficios. [2]

Sin dudas, errática —agrego—, políticas, artesanías, salud, movilización, cultura, madre, efecto, cuando cuentas, vertiente también, todos los oficios. ¿Y el amor? Solo puedo consignar en el legajo país la necesidad de modificar la tristeza y la rabia. Hoy todo es cultural, un frenesí cultural y político, hoy, desde que llegaron los taladores con sus sierras hasta que los muñones se quedaron solos en medio de la polvareda y la oscuridad.

Mi abuela me está mirando y yo lo sé, mi abuelo también, pero no todo el tiempo. A él le gusta mucho la historia, así que siempre está leyendo, pero mi abuela me observa, está pendiente, tiene algo en la punta de la lengua, algo que va a decirme, algo que de un momento a otro va a hacer que me despierte. Está subiendo la escalera y toca la aldaba, está recostada al murito, vino sola hoy. Pero no, no está sola, veo algunas hojas verdes por la mirilla: jazmín de cinco hojas, la enredadera del portal. Un mientras tanto ese árbol, entre el enorme cactus del muro y las plantas sin nombre del poyo de la ventana de Concepción 656, un mientras tanto por debajo del cual uno pasa en el portal de los abuelos, uno se asoma si quiere volver, mira hacia dentro y puede que el perfume no te haga sentir nada ni darte cuenta del follaje maravilloso, del intricado más allá solos en un espacio casi sin nombre, tan cercano al afuera y al adentro. Pero es otra casa y ahora está mi abuela ayudándome a sembrar mi propio embrollo, la enredadera de mucha maleza que a ella tanto le gusta. Y a mí también me gusta cuidar la enredadera, abuela, a mí me gusta quedarme contigo porque todo se vuelve más lógico y posible. ¿Qué hay en el fondo del ventanal? ¿O es una escena sin perspectiva? ¿Estamos solas sin nada detrás: sin ruido, sin tierra, sin tendido eléctrico, sin hollín, solas en el piso las dos jardineras? ¿Qué hay detrás de nuestro oleaje de amor, detrás de esos pequeños movimientos espumosos, sin mucho calor, sin mucho frío? Dos almas desplegadas —ahora— sin obstáculos posibles, algo muy hondo y fluido que nunca pensé en describir: mi abuela y yo ahí sentadas resembrando un gajo del jazmín de cinco hojas; ya no tengo fiebre pero ella dice que me va a hacer un jugo de naranjas con hielo muy picado así con el mortero sobre un pañito. El jugo es para mí, no para el jazmín de cinco hojas que nos ha quedado muy bien plantado y lo dejamos en el patio al lado de las arecas, están tan grandes las arecas que un poco de sombra le dará. Una flor de cinco hojas blanca y perfumada. ¿Qué hay detrás de la pared de los vecinos, detrás de las hojas de las arecas? ¿Algo hondo y fluido también, almas que se vuelven a desplegar en busca de otras distintas, mientras tanto? ¿Qué le conté a mi abuela de cuando fui a esos lugares donde ella no estaba, donde no la pude encontrar? ¿Qué le cuento ahora? Algo mundano, gracioso, seguramente.

¿Por qué siempre hablamos de amor?

 

[1] Fernando Ulloa, «El saber curioso y el saber cruel»,
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-198429-2012-07-12.html
[2] Ídem.
 
Nara Mansur Cao (La Habana, 1969). Escritora cubana residente en Buenos Aires. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000), Un ejercicio al aire libre (2004) y Manualidades (2011). Con este último obtuvo el Premio Nicolás Guillén y el de la Crítica Literaria. Como dramaturga dio a conocer Desdramatizándome, también reconocido con el Premio de la Crítica. Con el cuento “¿Por qué hablamos de amor siempre?” obtuvo en el 2013 el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar.

Comentarios

Quisiera tener una idea de cómo lograr escribir cuentos como este, es fantástico.

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