Tablado de infortunios

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

Una semana después de su inauguración, el teatro Martí —entonces Irijoa— recibía “buena prensa”.

Imagen: La Jiribilla

El periódico habanero El Triunfo, en su suplemento dominical llamado El Correo del Domingo, publicaba una crónica, firmada nada más y nada menos que por el poeta José Fornaris. Llevaba fecha del domingo 15 de junio de 1884 y se decía en ella que “el teatro presentaba un aspecto delicioso. Todos celebraban la sencilla arquitectura y las comodidades y ventilación del nuevo coliseo.  Ni puede comprenderse, decía uno, como los anteriores han hecho en un país cálido teatros como el  Payret y Albisu, especies de jaulas que aún en la Laponia misma serían molestos y calurosos”.

Fornaris advertía —hace ahora 130 años, justo un domingo como este próximo 15 de junio 2014—: “He aquí un precioso teatro que no desdice de los europeos, decían los más, que tiene toda la gracia de la  arquitectura moderna y recibe en todas las direcciones las corrientes de aire, tan necesarias para la salud bajo el sol de fuego que nos abraza”.

Antes tales admiraciones del poeta, pudiéramos pensar que las nociones de cambio climático o calentamiento global no son cosas de la modernidad. Sin embargo, pensemos también en la moda de entonces en los caballeros… levita de paño negro, chaleco, lazo al cuello, camisa de puños y botines cerrados y entonces tendremos las respuestas al por qué de las alabanzas.

Más adelante el poeta —quien bautizó al lugar como el Coliseo de las Cien Puertas—, declaraba: … “Consideramos al Sr. Irijoa benemérito en el país por haberlo dotado de un teatro propio del clima en que vivimos”.

Imagen: La Jiribilla

Pero, lejos de obtener la condición de benemérito que pedía Fornaris, en verdad la suerte no sonrió al infortunado Irijoa.

De nombre Ricardo Irijoa e Illa, de origen gallego —Pontedeume, La Coruña— y asentado en La Habana, tuvo en cambio más motivos para sufrir que para alegrarse.

La cadena de infortunios comenzó para muchos a los tres años de la apertura. Entonces la Secretaría de Hacienda incautó el inmueble por las muchas deudas que contrajo. Se le permitió quedarse como administrador, para evitar la ruina familiar, pero el 2 de mayo de 1891, lo dejan cesante aduciendo que las deudas no se saldaban, pero el verdadero trasfondo pudo haber sido un alquiler concedido con  riesgo de desorden tumultuario.

Irijoa había arrendado el teatro para una celebración singular: la fiesta de los trabajadores, el día anterior, primero de mayo.

Para no pocos todo comenzó desde el 20 de febrero de 1882 —dos años antes—, cuando luego de una subasta pública, Irijoa adquirió los terrenos dejando con la compra totalmente vacíos sus bolsillos. Agreguemos a esto los 200 mil pesos que costó la construcción y no será difícil comprender la grave situación financiera que oscureció la vida del empresario.

Irijoa moriría endeudado ocho años después de la inauguración.

Lo horroroso del caso es que Hacienda durante una década impidió —y luego también a su viuda, doña Felicia Crespo— amortizar las deudas mediante la recaudación que lograban las candilejas.

Imagen: La Jiribilla

Curioso es que el codueño —codueño en virtud de raro movimientos financieros— era un miembro de la directiva de Hacienda —Fiador Principal Pagador—, llamado Antonio Pastoriza.

Y en verdad el coliseo de Irijoa generaba dividendos.

Desde el mismo día del estreno los éxitos no fueron esquivos.

Además de zarzuelas, comedias y juguetes cómicos, su escenario se ofrecía en alquiler para mítines políticos de diversas tendencias, competencias de esgrima, lucha canaria, “encuentros de negocios, bailes de sociedad, conciertos y presentacionesdel circo”.

El malogrado empresario Ricardo Irijoa e Illa en su momento había jurado a la prensa que primero lo quemaría antes que dejarlo prostituir.Tras 14 años de agonía —incluyendo siete de litigios— el 6 de junio de 1898 se reconocería, por fin, a su familia como los dueños del teatro, quienes ya en posesión del inmueble y recordando seguramente tantos sinsabores, lo venden.

El 17 de enero de 1899, en plena euforia por el fin de la etapa colonial, el nuevo dueño lo rebautiza con el nombre de Teatro Martí.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato