Treinta años entre el cuestionamiento
y la utopía

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Desde su formulación inicial hasta la actualidad, en que existe voluntad para emprender el año próximo una nueva edición, la Bienal de La Habana ha tratado de focalizar en la capital cubana un punto de encuentro para quienes desde la creación, la crítica y la observación, conciben las artes visuales como instrumentos para la interpretación y cuestionamiento de conflictos y realidades, y no mero bazar de novedades ni unilaterales apuestas al mercado.

Por tanto celebrar en este 2014 los 30 años de existencia del foro internacional más importante de las artes plásticas que se realiza en nuestro país no fue un ejercicio de complacencia ni tampoco un recuento apologético, sino una reflexión, a base de evidencias, acerca de cuánto se hizo, cuánto se pudo hacer y, sobre todo, cuánto más falta por concebir en la necesaria reactualización de un megaproyecto que por su naturaleza, evolución y ubicación geográfica trató de desmarcarse de los tópicos de otros similares que abundan  en los cuatro puntos cardinales.

Imagen: La Jiribilla

Fue interesante el modo en que Nelson Herrera Ysla, reconocido poeta, arquitecto y crítico, quien desde la Primera Bienal ha estado vinculado al equipo curatorial, ideó la conmemoración: por un lado la línea expositiva —como se concentrara la experiencia visual de la Bienal en las huellas que de ellas han ido quedando en nuestro país y muy especialmente en el Centro Wifredo Lam que surgió precisamente al calor del evento—; por otro, la discusión teórica, tal como se ha venido haciendo a lo largo de las Bienales, pero desde una perspectiva diferente, al delimitar bloques que transitaron desde los contextos y motivaciones iniciales hasta las correlaciones de la cita habanera con otras en el mundo, sin obviar el trazo testimonial de aquellos que en diversas épocas han llevado el peso de las convocatorias y la realización del evento.

Ambas líneas de trabajo convergieron en una plataforma: la audacia de construir una utopía artística en medio de las muy particulares circunstancias histórico-sociales de la Cuba de las últimas tres décadas. Utopía en el sentido apuntado por Herrera Ysla, en cuanto al desafío que representa el intento de apresar “la implacable diversidad, conceptualización, restructuración, dinamismo, hibridación, movilidad, apertura, transformación, expansión y contaminación de las prácticas artísticas”, máxime cuando dichos procesos son mostrados desde un lugar que por sí mismo ha querido ser y no renuncia a ser la utopía, pese a hostilidades y presiones externas, tremendas carencias materiales, y eventuales disfunciones sociales.

Recuérdese tan solo un dato: cuando la Bienal se estrenó se hallaba en un punto cenital el mundo bipolar; sin embargo, en correspondencia con  principios políticos culturales autóctonos, se fijó ya desde entonces la necesidad de mirar al Tercer Mundo. Ni la quiebra de esa bipolaridad, ni el anunciado fin de la Historia, ni los vaticinios del derrumbe del proyecto social cubano, ni la crisis de la economía doméstica en los 90, ni la globalización real o virtual, han mermado el poder de convocatoria de la Bienal, ni han erosionado su prestigio y mucho menos han vulnerado su más cara aspiración: la capacidad para renovarse a sí misma sobre la base de un pensamiento contracorriente y descolonizador. Si acaso, el tejido expositivo se ha extendido hacia ciertos nichos de resistencia y singularidad del Tercer Mundo que habita en determinados países desarrollados. La Bienal de La Habana sigue siendo un grito desde la periferia.

Imagen: La Jiribilla

Esta realidad incontestable incluso es aceptada por quienes no comparten el compromiso institucional de los organizadores del evento. Un ejemplo al respecto lo da la historiadora del arte Suset Sánchez cuando señala que en su decursar la Bienal  “iría revelando algunas de las discusiones fundamentales que los estudios postcoloniales y los estudios subalternos estaban suscitando en plazas académicas de EE.UU. e Inglaterra; al tiempo que establecía un punto de encuentro y visibilidad para las prácticas artísticas de regiones absolutamente excluidas del eje de la mirada occidental, y sometía a debate el concepto mismo de arte contemporáneo” y valora cómo “desde la Conferencia Internacional, organizada por Gerardo Mosquera, dedicada a Wifredo Lam en la Primera Bienal, en la que se puso énfasis en la dimensión africana de su obra o en sus filiaciones con el surrealismo, hasta el último foro de expertos tutelado por Dannys Montes de Oca en la Oncena Bienal (2012); la simple enumeración de algunos de los tópicos que han ocupado los debates críticos y teóricos en sucesivas ediciones, bastaría para dar cuenta de los descentramientos, deconstrucciones y contra-narrativas que definen el pensamiento postcolonial, decolonial o antihegemónico del proyecto intelectual que encarna este tormentoso idilio habanero con el arte”.

Ahora bien, después de lo visto y escuchado en la celebración del trigésimo aniversario, si la Bienal de La Habana quiere mantener su cualidad de “laboratorio vivo”, como la definiera el artista y teórico uruguayo Luis Camnitzer, tendrá que replantearse, como ya lo hacen sus organizadores, criterios curatoriales, espacios expositivos y, de manera muy puntual, ejes temáticos que dinamicen sus contenidos y propicien nuevas formas de interacción. Lo importante, como quedó ahora demostrado, es mirar hacia adelante.

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