La Bienal de la Habana: su tránsito
en el tiempo

Adelaida de Juan • La Habana, Cuba

Tres décadas es un término altamente respetable para un evento de las artes contemporáneas. La Bienal de La Habana ya ha transitado por ese espacio de tiempo; es oportuno recordar sus primeros balbuceos, por así decir, para mejor comprender sus logros y su devenir en un futuro promisorio.

Imagen: La Jiribilla

Tengo remembranzas aún vívidas de la segunda convocatoria de lo que en la época se insistía era una Bienal del Tercer Mundo, llevando tal concepto no solo a los artistas invitados, sino también a su jurado, pues las dos Bienales iniciales ofrecían modestos premios a las diversas manifestaciones expuestas.

En 1986, para la Segunda Bienal del Tercer Mundo, se vaciaron todos los locales disponibles del edificio (aún no remozado) del Museo Nacional de Bellas Artes para acoger las muestras enviadas de América Latina y el Caribe, África y Asia: el jurado empleó más de una semana recorriendo día a día todos los pisos, los patios y las galerías que acogían las muestras. La selección de dichos jueces también reflejaba el propósito tercermundista de los organizadores,  provenientes del recién creado Ministerio de Cultura, pues entonces se gestaba el Centro Wifredo Lam.

El jurado para esa segunda Bienal estaba presidido por Ida Rodríguez Prampolini, de México, y secundada por Luis Camnitzer, de Uruguay, Antonio Seguí, de Argentina (que llegó tarde), el artista Malangatana, que representaba a África, un profesor y curador de la India, cuyo nombre he olvidado, y Roberto Fabelo (premio de la  Bienal) y yo por Cuba. José Veigas actuaba eficientemente como organizador-secretario de todas nuestras labores, que empezaban puntualmente a las nueve de la mañana y se extendían a lo largo del día. No recuerdo haber recorrido tantas veces los locales del Museo como hiciera durante algo más de una semana.

Imagen: La Jiribilla

Rememoro vívidamente algunas incidencias y conversaciones, notablemente la apasionada explicación de Camnitzer del affaire Ana Mendieta, motivada por una pieza, por otra parte más bien floja en su ejecución, alusiva a su muerte y la posible intervención de Carl André…

Dos de los premios que otorgamos son significativos a la luz del devenir de las Bienales que sucedieron a esta segunda muestra. Uno fue concedido a los bastones que integraban una instalación de la mexicana Marta Palau y fueran ubicados por la escultora Helen Escobedo, entonces en La Habana.

El otro fue para una una notable instalación-performance de Manuel Mendive, montada con la asesoría de Roberto Blanco, que incluía pintura corporal, pintura sobre animales simbólicos, música, canto y danza. La pieza de Mendive, como casi todas las restantes, conquistó de modo unánime la atención aprobatoria del jurado, como haría con el público que asistió a la inauguración de la Bienal. Esta obra del cubano en cierta forma anunciaría el futuro del evento  en cuanto a romper con los rígidos cánones museísticos, la salida a la calle, la participación del espectador y la experimentación con nuevos materiales y modos de expresión.    

La Bienal, pues, se veía restringida a un edificio, de carácter museable además, lo cual  le daba un carácter más limitado y, por así decir, privado. El devenir de las artes plásticas, la inclusión de un público participativo y la expansión por diversos lugares de la ciudad caracterizan las Bienales actuales: su génesis puede rastrearse, en cierto sentido, en las dos primeras convocatorias que fueron su punto de arranque feliz.

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