La Habana sin Roberto Fernández y Jesús Ruiz y con ellos

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Hace pocos días hice un viaje a La Habana. De manera callada y respetuosa pasé frente al Teatro Nacional de Guiñol y el Centro Cultural Bertolt Brecht. No pude ni quise evitar la evocación de dos grandes del teatro de títeres nacional desaparecidos recientemente, el director escénico Roberto Fernández Acosta y el diseñador Jesús Ruiz. El primero fue consejero permanente del nuevo Centro Cubano de la UNIMA y el segundo fue declarado miembro de honor por su esencial contribución a la milenaria manifestación. La muerte de ambos convirtió en otoño la feliz temporada de primavera. No nos quedó más remedio que aceptar el hecho con dolor y resignación.

Imagen: La Jiribilla

Roberto, líder del Teatro de Muñecos de La Habana (TMH), el Teatro Juvenil, el Ismaelillo y posteriormente del Teatro Nacional de Guiñol, se fue en vísperas de su cumpleaños 86, y detrás, como apurado para reunirse con Fernández en un nuevo proyecto de espectáculo, se despidió Jesús, director del Centro de Estudios del Diseño Escénico y de la galería Raúl Oliva, cercano también a su cumpleaños 71.

Mencionamos sus nombres de forma rápida y no alcanzamos a  avizorar la magnitud del trabajo en conjunto producido por este dúo. En un conciliábulo profesional que extendió un sólido puente desde el año 1965 a 2002, siempre a favor del universo de las figuras, ellos fueron responsables de permitirnos entrar al mundo único nacido de sus cabezas, labrado en sus respectivos imaginarios por diferentes vías.

Camino a la adultez, sostuvieron encuentros con personalidades que resultaron definitivas en su acercamiento a los retablos. Fernández nombra a Pepe Carril, quien lo lleva de inicio al Teatro Universitario y después lo conmina a hacer títeres en los parques. Obras de Villafañe y María Luisa Ríos, una de nuestras escritoras olvidadas, de Clara Ronay y del propio Carril, entre otros autores. Fue aquella una amistad perdurable, un vínculo donde el arte y lo humano trascendió todo tipo de criterios y tendencias. Ruíz califica de imprescindible al diseñador y director de escena Rubén Vigón, es su criterio sobre la visualidad y las tablas quien lo hace saltar de las aulas de danzas folclóricas, donde estudiaba para instructor de arte, a los planos, bocetos y proyectos teatrales. 

El año 1966 marcó el inicio de esa fecunda colaboración. Durante el I Festival Nacional de Teatro Infantil y de la Juventud, celebrado en La Habana, estrenaron desde el TMH (1959-1971), la obra Pluff el fantasmita, texto de la brasileña María Clara Machado, que se alza con los premios de actuación femenina para Miriam Sánchez, de música para Eduardo Ramos, de diseño escenográfico para Jesús Ruiz y una mención coreográfica ganada por Zoa Fernández. Sobrevinieron nuevos montajes para el teatro móvil del  TMH, producciones de estructuras flexibles, listas para presentarse en cualquier espacio no convencional, además de las salas.  Periquín lo supo al fin, estrenada en 1967,  Tito y los ratones, del dramaturgo matancero Rolando Arencibia, en 1968, El ratón poeta, de O. Zorrilla, en 1969, Ambrosio acaba con el tiempo, de Arthur Fauquez, en 1970, y la representación de títeres para adultos conformado con las obras de Moliere El médico fingido y Las preciosas ridículas, de 1971.

Roberto  edifica su concepto estético de puesta en escena, dotado de una armazón limpia, donde la música se cohesiona con los movimientos corporales, aledaños a textos clásicos o contemporáneos adaptados para  el lenguaje titiritero.  Jesús eleva su sentido plástico de la escena, matizado con su sentido crítico, profundo y culto. El llamado quinquenio gris los obliga a hacer una pausa breve a los dos. Trabajan con otros grupos fuera de la capital, asesoran, enseñan. Ocurre la fusión del TMH y el Teatro Nacional de Guiñol (TNG); los repertorios se entremezclan. Unos ganan y otros pierden en esa mixtura caprichosa, pero el trabajo no desmaya. Llegará para la dupla artística lo que en mi criterio fue el período de oro de sus carreras.

Estrenan en 1975, ya fusionados con el TNG, la producción callejera La Andariega, sobre textos de Javier Villafañe, y la colaboración en el diseño del uruguayo Nicolás Loureiro. Retoman Pluff… en 1976, los títeres fueron enriquecidos con nuevos materiales plásticos que apoyaban la sensación incorpórea de los personajes fantasmas, el propio Roberto comentará: “(…) Cambiamos los diseños de los muñecos, y los hicimos con material transparente. Los tres marineros ya no eran títeres, eran actores, y eso me permitía más despliegue de baile, de espectacularidad, en lo que conté con el apoyo de Zoa Fernández.”(1). Vuelven una vez más sobre las obras de Moliere, en 1977. Conciben Caperucita, en 1979, según el texto de alguien muy conocido por los dos, la autora brasileña María Clara Machado; él éxito del montaje se afirmó con la sensible música del compositor Héctor Angulo.  La versión de Ignacio Gutiérrez sobre el cuento de Perrault Los 7 enanitos y Blanca Nieves ve la luz en el TNG, en 1981. Al siguiente año realizan Los tres pichones, un espectáculo que se ha vuelto clásico en la historia teatral nacional, protagonizado todavía hoy por la actriz titiritera Miriam Sánchez. Le siguen El flautista de Hamelin, de 1982, bellos títeres planos y atractiva concepción escénica. La linda durmiente, en 1985, otra adaptación libre de Gutiérrez sobre la conocida narración, significó un premio de diseño para Jesús en el Concurso UNEAC de Teatro para Niños 1986. Llega el homenaje a Dora Alonso con el rescate de su pieza El Teatro de Pelusín, música de Juan Marcos Blanco, compositor que se convertiría en fiel aliado de la pareja creativa, hasta estrenar la Historia del muy noble caballero Don Chicote Mula Manca y su fiel compañero Ze Chupanza, en 1987, ganadora del Premio Villanueva de la crítica y Premio de puesta en escena en el I Festival Internacional de Teatro para niños de Lima, Perú, además de otros galardones.

La obra exigiría de Ruíz la explotación al límite de sus recursos artísticos, echa mano a materiales de desecho, piezas recicladas y texturas trabajadas sobre el propio actor en sugerentes trajes escenográficos. Sería otra vez Roberto quien mejor definiría el trabajo de Jesús: “El diseño de Jesús era muy limpio. Para mí era mucho más actualizado que lo que yo veía en otros. Todos esos elementos de ñoñería en el diseño de figuras él los eliminó por completo, y eso era muy importante para mí. Y era muy exigente consigo mismo: podía romperlo todo y empezar de nuevo. Él tiene un gran talento, lo último que hizo conmigo fue el retablo de La infanta que quiso tener los ojos verdes, como un regalo, y me dijo que después de eso ya no iba a diseñar más. Mentira, por suerte ha seguido haciendo muchas cosas.” (2)

De alguna manera fue realidad lo expresado por Ruíz, al menos en el teatro para niños y de títeres, pues también posee una apreciable trayectoria en el teatro de actores. Antecedida por sus diseños en 2001 sobre Ruandi, de Gerardo Fulleda León y dirigido por el inolvidable Toni Díaz, para el Instituto de Arte Teatral de Nueva York, en los EE.UU., lo que hace inmediatamente después, para cerrar su lazo con el universo titiritero, es La infanta…, de Eduardo Manet, junto a El caballero de la mano de fuego.

Acompañado en el diseño por la artista Mayra Rodríguez en los muñecos, ideó un retablo practicable con poleas, cortinillas, salidas y sorpresas, cual grande y atractivo artefacto alzado sobre la escena. Retablo que pude tocar y escudriñar en la exposición, que con motivo de los 40 años de vida artística de Jesús y los 50 de Roberto, se realizó en El retablo, la Galería-Estudio de Zenén Calero, en Matanzas.

De Perrault a Villafañe fue una muestra mínima de la cuidadosa obra de ambos teatristas. El diseñador realizó personalmente todo el montaje en el espacio de exhibición, luego vino el director para celebrar el onomástico del Guiñol Nacional. Fue una tarde inolvidable para todos, una especie de despedida del binomio ante su público fiel y conocedor.  Pluff, a la vera de su madre fantasma y de otros tantos personajes salidos de la imaginación de ellos, aplaudieron el suceso, como solo lo hacen los títeres, henchidos de una alquimia buena y eterna.

De forma sencilla, ensimismada y laboriosa Jesús Ruiz dedicó sus últimos años al funcionamiento de la galería Raúl Oliva y a su obra mayor, la documentación del diseño escénico cubano perdido y encontrado. Roberto, con su sapiencia cotidiana, siguió en la dirección artística hasta su retiro, para todos tuvo consejos siempre oportunos. Nunca le fue concedido a ninguno el Premio Nacional de Teatro, según Roberto “(…) el teatro para niños sigue siendo menospreciado por una gran mayoría de la gente que dirige el teatro en Cuba.(...) Yo estoy entregando todo lo que tengo guardado porque hay que compartir esa memoria, para que siga viva en algún lugar; no quiero guardarlo hasta que todo se me caiga en la cabeza.(…)”(3)

Desde rutas que de una manera u otra se complementan el legado de los dos sigue en pie.

Me paro anhelante frente al Teatro Nacional de Guiñol y delante del Centro Cultural Bertolt Brecht. Espero verlos salir, a cualquiera de los dos, para saludarlos.

 

Notas

(1), (2), y (3) Entrevista a Roberto Fernández realizada por Norge Espinosa, La Jiribilla, No. 620, marzo de 2013.

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