Apuntes de la Bienal de La Habana
en sus 30 años

Jorge Fernández Torres • La Habana, Cuba

Aunque todavía pueden quedar vestigios de falta de rigor en las reflexiones de críticos y curadores de diferentes partes del mundo en relación con lo que significó la Bienal de La Habana, su reconocimiento es un hecho indiscutible. Labor que no se redujo a un carnaval de muestras y exposiciones porque desde el comienzo la Bienal de La Habana puso el interés investigativo como punto de partida para la proyección del evento. No se trata ahora de destacar una edición por encima de otra. Como cualquier acción de esta naturaleza cuenta con episodios buenos y otros menos afortunados, pero con la gestación inicial de un equipo de trabajo que con la dirección de Llilian Llanes y la participación de otros especialistas, supo conducir una estrategia que alcanzó niveles de conocimiento de alto vuelo.

Imagen: La Jiribilla

La segunda edición de la Bienal de La Habana se posicionó en lo que se identificó en aquel momento como Tercer Mundo, al colocar a nivel internacional las obras de sus artistas y el pensamiento cultural que les acompañaba, efecto que se inscribió dentro del ambiente cultural de la época y que comenzó con el surgimiento de las Escuelas de Arte en la década del 60, el legado de instituciones como la Casa de las Américas y el ICAIC, la renovación propiciada en el arte de la Isla a través de una exposición como Volumen I y la fundación el 15 de diciembre de 1986 de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, conocida también como Escuela de los Tres Mundos. Un período que se desmarcaba del llamado quinquenio gris de los años 70, obstáculo evidente para la creación artística y literaria cubana en este periodo.

Desde que surge la Bienal fue marcando puntos de mira en todo lo que sucedía a nivel planetario. El planteamiento de la tercera en 1989 con el tema de “Tradición y Modernidad”, coincide con los presupuestos de Magiciens de la Terre de Jean Hubert Martin, una muestra organizada por el Centro Georges Pompidou de París en ese mismo año. Sin embargo, el mérito de La Habana estuvo en que su mirada enfocaba poéticas que le eran propias y articulaba de forma natural la ilación entro lo culto y lo popular, libre del exotismo que sesgaba ese tipo de fabulación curatorial desde Europa.

Hoy los tiempos han cambiado. Han proliferado una buena cantidad de Bienales y Trienales en todas partes del mundo incluyendo a África, América Latina, Asia y los países árabes. Los creadores de nuestras cartografías se desplazan desde mapas que tienden al infinito. Apostar por descubrir y lanzar artistas es un gesto difícil, y responde a otras circunstancias.

No obstante percibimos una obsesión por volver hacia creadores que independientemente de sus edades no han sido lo suficientemente legitimados. Pienso en lo que hizo Carolyn Christov Bakargiev en Documenta 13 y de una forma más marcada, Maximiliano Gioni en la 55 Bienal de Venecia y Luis Pérez Oramas en la de Sao Pablo.

El diseño curatorial de nuestras ediciones más recientes no ha desplazado su observatorio de lo que significan las propuestas contrahegemónicas que vienen del Sur, sin embargo ha sabido poner a dialogar a artistas consagrados del arte universal con nuestros contextos. De esta forma nos acercamos a uno de los decálogos de José Roca en su texto para el catálogo de la Octava Bienal de Mercosur cuando decía que las bienales en los países que adolecen de colosales museos con grandes colecciones de carácter internacional deben saber combinar los proyectos más novedosos y actuales con aquellos instituidos y ya existentes.

Imagen: La Jiribilla

Muchas voces autorizadas que nos siguen desde lejos, elogian la forma en que se articulan desde Cuba los enfoques globales y locales. A pesar del alcance transterritorial de la Bienal de La Habana, uno de sus sustentos vitales ha sido la presencia en sus nóminas del arte joven emergente cubano de todos los tiempos, y su gran mérito, haber  sobrevivido a todas las crisis por las que ha pasado el país. Los debates internacionales en relación al modelo bienal, las curadurías y la inoperancia de los museos, pueden tener un antecedente en la ya legendaria muerte del arte. Los desplazamientos de las prácticas a los procesos del arte o del objeto a los contextos necesitan hoy más de la confrontación, de las configuraciones diseminadas de ese otro que nos circunda. Lo más importante es que la Bienal de La Habana sigue ahí, asumiendo su presente para poder entender su futuro.


Texto publicado en el tabloide elaborado por el Centro Wifredo Lam por el 30 Aniversario de la Bienal de La Habana.

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