Tiempo suficiente, para no olvidarlo nunca

Nelson Herrera Ysla • La Habana, Cuba

Como un equipo de curadores que somos, al fin y al cabo, de esta Bienal de La Habana que ahora cumple 30 años de existencia, queremos celebrar tan crucial período de tiempo a nuestra manera con exposiciones en varias sedes de la ciudad y encuentros para reflexionar sobre lo pasado y lo porvenir. Sin mucha alharaca… pero con no tan poca modestia pues creo que somos nosotros quienes debemos ser los primeros en reconocer el extraordinario esfuerzo hecho y sumarnos así a lo que ya han escrito algunos críticos y expertos extranjeros en disímiles publicaciones a lo largo del planeta (desde The New York Times hasta la revista Heterogénesis en Suecia, pasando por la muy respetada y querida Art Nexus, y Atlántica, Arte Cubano, Arte al día, y otras tantas.)

Imagen: La Jiribilla

Las bienales en el mundo son tantas que…. nos atropellan a veces, parafraseando la vieja canción cubana. Pocas se mantienen vivas gracias a estructuras sólidas organizativas, empeño cultural local y enorme conciencia acerca de su rol en el mundo contemporáneo: otras, infortunadamente, desaparecen luego de su tercera o cuarta edición, quizá por tratarse de un esfuerzo tan descomunal que raras veces es reconocido en la sociedad y ciudad a las que pertenecen por derecho propio. Sin duda, la bienal es hoy el evento más complejo de todos los que existen en la escena artística en cualquier lugar del mundo, y el más espectacular en un correcto sentido de la palabra. No siempre se comprende en su entera magnitud y, por lo general, solo es posible observarla parcialmente: desde ahí, entonces, algunos emiten juicios y opiniones fragmentarias que impiden develar al público su verdadero significado y trascendencia.

La Bienal de La Habana, en muy pocas ocasiones, ha conocido de aproximaciones y reflexiones profundas. Quienes la concebimos y organizamos cada vez estamos conscientes de ello, lo cual no nos desanima a sostenerla y rearticularla cuantas veces sea necesario en busca de su definición mejor porque somos conscientes, muy, de su necesidad histórica, de su rol en la cultura contemporánea.

Sé que reconocerse uno en su propia tierra (sin vanaglorias superficiales y a falta de algún que otro profeta) no es bien visto en esta sociedad y cultura cubanas acostumbradas al plural de modestia, o al silencio en el peor de los casos. Pero más allá de reconocernos hoy, deseamos informar al público, documentar parte de ese proceso arduo en lo intelectual y pragmático que significa realizar una bienal de arte en medio de nuestras difíciles condiciones de vida.

Hemos experimentado desde 1984 una suerte de épica individual y colectiva tanto los curadores, los técnicos y montadores, como las instituciones que nos han apoyado sin reservas en nuestra corta pero compleja historia, comenzando por el Consejo Nacional de las Artes Plásticas y el Ministerio de Cultura de nuestro país. Y a una épica determinada corresponden, en cierto modo,  guerreros que triunfan o son derrotados pero que luchan sin descanso hasta el último aliento sin importarles otra cosa que la lucha en sí misma, el camino recorrido, los procesos a los que son sometidos para intentar comprender el complejo mundo visual contemporáneo tan cambiante, heterodoxo, diverso, desafiante, que experimentamos.

Desde aquella inicial edición de 1984 desplegada expositivamente entre el Museo Nacional de Bellas Artes y el Pabellón Cuba, y a la que se sumó el Palacio de Convenciones para acoger su Fórum de discusiones, apenas conocíamos qué sucedía realmente en Latinoamérica y el Caribe. Luego, en su segunda edición de 1986, nos lanzamos al Asia, África, Medio Oriente, en busca de un mayor conocimiento acerca del entonces llamado “tercer mundo”. Sorteando toda suerte de soledades en pueblos, aldeas y villorros, además de amenazas, escasez de dinero para comer y trasladarnos, así como variados tipos de seducción, incomprensiones e indiferencia, pudimos documentarnos de lo que pasaba hasta convertirnos en cautelosos, modestos pero seguros expertos en materia de artistas, instituciones, publicaciones, proyectos, eventos, de muy diversas escenas artísticas locales. Gracias a ello abordamos la tercera Bienal de La Habana en 1989, la de más amplio reconocimiento internacional hasta hoy. Osados que fuimos… sin arrepentirnos hasta el día de hoy.

Nunca en Cuba, ni en otros países de aquellos mundos visitados, se había experimentado nada igual a pesar de que en nuestro país contábamos con magníficas experiencias internacionales en otras disciplinas artísticas. Pero es que el arte, desde los años 80 hasta nuestros días, ha dado muestras de implacable diversidad, conceptualización, re-estructuración, dinamismo, hibridación, movilidad, apertura, transformación, expansión, contaminación, cuyo entendimiento y reflexión consecuente exigen demasiado a cualquiera que decida enfrentarlo y asumirlo como una gran puesta en escena. Mientras otras disciplinas de la creación se mantienen operando dentro de sus históricas estructuras, y respetando más o menos leyes y normas alcanzadas, lo cierto es que el arte se ha transformado tanto que a nosotros mismos nos resulta difícil comprenderlo en ocasiones (y máxime ahora con la incorporación de lo sonoro, olfativo, táctil, gustativo; es decir, la totalidad de los sentidos humanos).

De ahí que algunos expertos se hayan atrevido a calificar a la Bienal de La Habana como un verdadero milagro. En honor a la verdad esa es una de las imágenes más objetivas que hemos proyectado hacia el exterior, sobre todo en aquellos que poseen una corta o vasta experiencia en estos asuntos. Sin ánimo de alcanzar algún tipo de  reconocimiento oficial o popular, no hemos hecho otra cosa a lo largo de 30 años que trabajar por amor al arte, a la cultura, a la ciudad, al país donde se desarrolla la bienal, y eso es de por sí un milagro dadas las circunstancias históricas que nos ha tocado vivir. No hemos pedido nada a cambio salvo poder trabajar con honestidad, audacia, profesionalismo, libertad, pasión. La Bienal de La Habana ha ido ganando un espacio en el imaginario social de nuestro país y del mundo. Su celebración constituye un acontecimiento relevante en la vida de la ciudad y sus habitantes, quienes se acercan a una mejor comprensión de las formas y las estructuras que genera el arte desde hace varias décadas. Y un acontecimiento de primer nivel para los artistas cubanos, de todas las edades y promociones, pues la confrontación que experimentan en cada edición resulta de vital importancia para el desarrollo de sus carreras, y así nos lo han hecho saber.

Revisando materiales de archivo para esta celebración (no abundantes pues no siempre tuvimos conciencia de guardarlo todo), he podido comprobar la riqueza de este trabajo curatorial, sus impagables lecciones de información y conocimiento, la maravilla que ha representado encontrarnos cada dos o tres años e intercambiar vida y experiencias con otros seres humanos y culturas en el espacio físico de nuestras galerías, museos, calles, plazas, casas, iglesias, fábricas, instituciones, recintos feriales, hoteles, paseos, parques, de esta ciudad de La Habana. Y qué mejor ocasión que mostrarlas al público ahora. Páginas de periódicos envejecidos, recortes de revistas, fotos en blanco y negro y en colores, plegables, folletos, credenciales, mini catálogos, banderolas, afiches, noticiarios y reportajes televisivos, documentales cinematográficos, forman parte de la buena memoria de las Bienales de La Habana porque la otra, la mala, la vamos a dejar ahí tranquila. Nada de quejas, nada de amargura o lágrimas vertidas cuando algo salía mal, nada de molestas reuniones a las horas menos propicias ni nada de presiones burocráticas e ideológicas porque se trata ahora de recordar cuanto puede sernos útil para el presente y el futuro de la bienal. Y útil para aquellos que la han vivido desde afuera y se han comprometido con ella de múltiples formas, tanto en Cuba como en el extranjero.

Esta celebración es también, por tanto, un retrato de nosotros mismos, una imagen de todos aquellos que hemos trabajado a lo largo de tantos años con entrega total, con satisfacción, conscientes de nuestra modesta contribución a la cultura cubana y universal contemporáneas.

Cazadores cazados pues, tal vez podrá apreciarse ahora. Y como dicen ciertos cubanos: a mucha honra.

 

Texto publicado en el tabloide elaborado por el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam por el 30 Aniversario de la Bienal de La Habana.

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