El ojo del “amour” humaniza al caballo

Los seres más felices serán aquellos que se abstengan
de relacionarse con la sabiduría y se dejen llevar
por los impulsos naturales.
Erasmo de Rotterdam

 

Nadie es feliz como el alazán rojo–pálido. De cabellera gris. Y ojos que casi le endulzan el día a quien los mire.

El alazán de Darío recuerda a las yeguas del Faraón. Cuando él llega es fácil imaginar que se acercan los mil jinetes del Apocalipsis. No pocos poemas se han escrito inspirados en las nunca bien ponderadas bondades propiciadas por su dueño.

La yerba era un país distinto cuando sus cascos la cruzaban; en lugar de marchitarse, respondían con altivez y frescura después que el alazán rozaba su verdísimo mundo. Y es que por donde quiera que él corría dejaba sólo albricias.

El hijo menor de la casa amaneció con planes maquiavélicos, planes de esos que pueden llevar a la muerte al más querido de los hijos. Planes de rascabuchear al caballo. El intento fue fallido. Pero por fallido que fuera el intento, caro le costó al benjamín, siete meses sin salir de su cuarto...

Un amigo de la familia quiso coquetear con el caballo. Darío siempre estaba en guardia. Al más mínimo relinchar corría al pesebre.

Si el caballo está solo, relinchando, es que quiere ser ensillado. Si se halla en compañía, relinchando, lo mismo. Pero sólo por las manos del dueño.

Darío se acomoda a su costado y lo acaricia. El caballo tiene unas venas enormes y anchas que cuando se juntan unas con otras se agigantan, y se agigantan aún más con las cabriolas.

Engracia tampoco supo comprender:

“Animal, acaso no te bastan mis ternuras”, gritó ella al tiempo en que caía fulminada por la ira... al ver a su esposo besándole las crines al caballo.

Días antes, ella se había arrodillado ante él, rogándole que olvidara a su dueño. Que se alejara. Que volara como Pegaso. ¡A quién se le ocurre que un animal pueda abandonar a quien lo ama!

En honor a Engracia, Darío dio por nombre al caballo Ternura. En el entierro se fueron las últimas flores. El día antes, Darío le había leído a su animal–mascota un poema de Aquiles Nazoa. El texto despertó en él ternuras insospechadas por las flores. Piafando fue hasta las amapolas y se arrebujó entre las margaritas, quedándose dormido sobre los girasoles. De flores muertas hicieron las coronas de la desgraciada Engracia.

Ternura y él comparten el regreso. En el cruce del río, se detienen y como expertos nadadores disfrutan largas horas de solaz y abandono después de deshojar las lilas y bejucos de salvia que crecen en los meandros arenosos.

En mitad del baño, Darío le riega agua de colonia Diavolo, eau de toilette. Crema de Flandria. Y lo complace.

Las yeguas abren unos ojos que parece fueran a comerse un bosque. Darío se asusta. Grita. Se traba en un discurso ininteligible entre coces y bruces de animales revueltos. Pero nadie, nadie entiende. Al final a él le basta con quedarse solo y repetir a la misma piedra, que

si una sola yegua pudiera complacer a Ternura él no lo haría. Pero las yeguas, las vacas, los toros de Darío tienen manco el pensamiento.

Y todos, en la amplia comarca se preguntan:

¿Qué cremas estará vertiendo en la áspera piel? ¿Qué ungüentos desliza sobre sus crines? ¿Con qué licores lo emborracha? Y todos miran, asustados, porque tanta ternura no es fácil de explicar. Y hay tanta gente con los ojos escondidos en la yerba. Y está el hijo menor de Caridad. Y la nieta de los Torres, mirando desde las rendijas de la puerta. Y el marido de Lucrecia, a través de la corteza de un almácigo. Y Virgen, que ha abierto un hueco en el centro de una palma. Y alguien, con un disfraz indescifrable, detrás de un catalejo. Y Dios, muriéndose de envidia.

¿Y qué ruidos son esos? Y esa música. Y esas canciones que le canta. ¿Qué es eso de comprar una grabadora para un caballo? Y emborracharlo. Y bailar junto a él. Y tatuarlo de mariposas en el vientre, y ángeles en las patas. Y que ya lo único, señores, lo único que le falta a Darío es meter a ese animal en su cama. Y que ayer vieron salir al caballo de la casa, tarde en la noche. Y que Darío andaba con los pantalones estrujados.

Es un escándalo –dice el vecindario a espaldas de Darío–. Es el escándalo más grande de todos los tiempos.

Aunque Ptolomeo, debió ser el último que osara no entender los afectos de Darío y su animal.

El dueño no soportaba las obscenidades. El destino de Ptolomeo fue fatal al sorprender a Darío en su lenguaje griego-ecuestre,

ecuestre-persa,

persa-bucólico,

bucólico-trajano,

trajano-libio,

piel con piel,

inter nos con Ternura:

“¿Por casualidad estabas haciéndole una paja a tu caballo?” –vociferó Ptolomeo al tiempo en que sus ojos gravitaban... Y las manos del otro, asustadas, volaron hasta los filos del machete.

Darío, que tanto había bebido en el caudal griego–romano de centauros y cíclopes leyendas, se ofuscó ante aquellas palabras que le sonaban irremediablemente a “hombre”... y frente a las que no atinaba preguntarse otra cosa:

“¿Haciéndosela a un tipo, yo?”

Él, que veía en el animal a su mejor amigo, presa de la ira que sorprende al hombre ante los necios, obligó a Ptolomeo a los favores de la más triste puta, obligándolo a abrir la boca como una rosa a las diez de la mañana, acuclillándolo entre las portentosas ubres de Ternura.

 

Este cuento pertenece al libro El parque de los ofendidos, Ediciones Abril, La Habana, 2003.
 
Gabriel Pérez Rodríguez: poeta, narrador y asesor literario. Nació en Holguín en 1968. En 1998 recibió el Premio de la Ciudad por el poemario En brazos de nadie; en 1999 mereció el Premio Poesía de Amor por el libro Canción de amor para el fin de los siglos; y obtuvo el Premio Calendario 2001 en narrativa con el libro El parque de los ofendidos.

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