Yo soy del son y la Sexta Muestra
del Caribe

Joel del Río • La Habana, Cuba

Conformada por 27 documentales y tres cortos de animación (que re­presentan a 13 países del área geográfica y cultural a la cual pertenece Cuba), la Sexta Muestra Iti­nerante de Cine del Caribe se inició con la proyección de ese clásico del largometraje documental cubano que es Yo soy del son a la salsa, del fundador de la Muestra y realizador Rigoberto López. Este año, el evento se dedica a la música en tanto exponente significativo de la identidad de la cultura caribeña, y por ello es que se designó al importante documental musical cubano como pórtico del evento.

En esta ocasión, la muestra rinde homenaje a los artistas cubanos Juan Formell, director de los Van Van, con una amplia trayectoria en la música popular bailable, y Luis Carbonell, conocido como el Acuarelista de la Poesía Antillana de Cuba; al músico puertorriqueño Cheo Feliciano y a la cantante dominicana Sonia Silvestre, recién fallecidos con solo días de diferencia.

Precisamente Juan Formell fue uno de los muchos convocados a declarar en el documental Yo soy del son a la salsa. El vanvanero mayor aseguró que sin los músicos puertorriqueños, como Cheo Feliciano, la música popular bailable cubana se hubiera perdido, porque en Cuba ese desarrollo se interrumpió abruptamente debido al conflicto con EE.UU. (que conllevaba la prohibición de todos los artistas exiliados), la llegada de Los Beatles con el consiguiente auge del pop y el estímulo oficial a otro tipo de música como la Nueva Trova.

Según Issac Delgado, narrador de Yo soy del son a la salsa, “nunca antes se habían reunido tantos artistas para contar la historia de nuestra música”, porque las numerosas declaraciones se remontan casi un siglo atrás, y al legado de españoles y africanos, un legado al cual se refiere el pianista Chucho Valdés. De modo que el recorrido devela a la música popular bailable, hecha dentro o fuera de Cuba, en tanto sumario de identidad cultural cubana, porque en 107 minutos desfilan ante la cámara figuras legendarias como el Trío Matamoros, el Septeto Nacional, Benny Moré, Pérez Prado, Arsenio Rodríguez y la Aragón, Arcaño e Israel Cachao López además de contemporáneos como los mencionados Juan Formell, Chucho Valdés y Adalberto Álvarez. En plena ejecución de su música aparecen Fania All Stars, la Sonora Ponceña o el Gran Combo de Puerto Rico, y se reconoce el aporte de Eddie Palmieri y Tito Puente, Oscar D’León y Celia Cruz, Rubén Blades y Cheo Feliciano, Andy Montañez, Johnny Pacheco y Gilberto Santa Rosa.

Precisamente uno de los principales “problemas” del documental, que afectaron una distribución más amplia en Cuba, se relacionó con la presencia de Celia Cruz, a quien Issac Delgado cataloga como “un nombre y una voz, sin los cuales esta historia hubiera sido distinta”. Por su parte el director y coguionista, Rigoberto Lòpez, se arriesgó a incluirla, a pesar del malestar injustificado de algunos, porque “ya era hora de rendirles homenaje a la señora Celia Cruz o al maestro Cachao”. El documental no solo ejerce justicia poética sobre el aporte y el papel de Celia Cruz sino que también reconoce el enriquecimiento armónico y rítmico de puertorriqueños, panameños, dominicanos, venezolanos o colombianos con la música afrocubana.

Es precisamente Celia Cruz quien pone las cosas en claro respecto a las diferencias entre la salsa y la música popular bailable cubana. Ella le explica a Tito Puente tales diferencias cuando dice: “Para mí, la salsa es una palabra nada más, una palabra comercial, como ritmo yo creo que no existe  (…)  es una palabra que se les adjudicó a todos los ritmos del Caribe, principalmente a los ritmos de Cuba. Yo creo que la salsa tiene sus raíces en la música cubana. Y te lo digo porque cuando yo empecé a cantar lo que hoy llamamos salsa, es lo mismo que estaba haciendo con la Sonora Matancera. Si canto “La sopa en botella”, que yo grabé con la Sonora Matancera, vine y la grabé con Pacheco, allá era una guaracha y aquí es una salsa”.

El célebre documental se inicia con Marck Anthony cantando Aguanile”, de Willy Colón y Héctor Lavoe, y concluye con los Van Van. El documental se realizó con una única cámara durante diez días en Nueva York, cuatro en Puerto Rico, diez en La Habana y tres entre Santiago de Cuba y Guantánamo, y aprovecha al máximo el momento de máxima popularidad mundial de la música salsa. Gracias al éxito de este tipo de música, el documental contó con el apoyo financiero, excepcional para un producto concebido en la Isla, de Ralph Mercado, uno de los elementos claves en la popularidad de la salsa en EE.UU. y fundador de la Compañía RMM, la poderosa casa discográfica encargada de promover en este país la música afrolatina.

Nacido para triunfar, y para provocar una respuesta emotiva, visceral, en el público cubano, Yo soy del son a la salsa fue la primera realización cinematográfica de RMM Films Works, que constituyó un inusual acontecimiento de coproducción entre Cuba y EE.UU., y fue disfrutada hasta el delirio por los cubanos en los pocos cines que se exhibió. Mucha gente salía de las salas profundamente conmovidos e incluso llorando. Cuenta Rigoberto López que “el día del estreno en La Habana, en el cine Chaplin, se me acercó Helio Orovio (experto en la música cubana) y me dijo: '¡Mírame! Me has hecho llorar ocho veces. Y ahora me voy a buscar una botella de ron para seguir llorando'. Hubo que habilitar más proyecciones, porque muchos se quedaron fuera. (…) nunca había visto gente bailando dentro de un cine… y estas reacciones confirman que la cultura cubana es una sola y que las intolerancias hacen mucho daño, porque la música une a los cubanos y les hace sentirse orgullosos. Nada define mejor a Cuba ni al Caribe hispano”.

Rigoberto López ha trabajado temáticas coincidentes con la racialidad, la cultura y arte afrocaribeño en obras como Granada: el despegue de un sueño (1983), El viaje más largo (1988), El mensajero de los dioses (1989), Puerto Príncipe mío (2000) y Roble de olor (2003).

Estrenado en Nueva York, luego de participar y ser premiado en los Festivales de Cine de la Habana, San Juan y Cartagena Yo soy del son a la salsa consagró al director, luego de un largo periplo de seis años a lo largo de los cuales el proyecto fue creciendo. Todo empezó en 1990 cuando se reunieron Rigoberto López y Leonardo Padura, para elaborar dos guiones sobre la historia de la música cubana desde el siglo XVI hasta nuestros días. Por falta de apoyo económico el proyecto quedó en suspenso, y posteriormente, en 1995, se dio la posibilidad con Ralph Mercado, quien estaba ansioso por hacer una película sobre la salsa.

Además del mencionado clásico cubano, en la muestra el público puede apreciar diversos documentales — integran la lista de las 12 obras fílmicas—,fechados recientemente y orientados al tema de la recreación musical, como el cubano Rumbero de nacimiento, del cubano Ángel Alderete; el puertorriqueño ¡Sonó, So­nó, Tite Cu­ret!, de Gabriel Coss e Israel Lugo; el mexicano Rumberos de la rumba, de a Berta Jottar; el jamaicano Rise Up, de Luciano Blotta; el trinitense Steel Clásico de John E. Barry, y el ani­mado cubano 20 Años de Bár­baro Joel Ortiz. Para niños y jóvenes se ha programado el documental venezolano Dudamel, de  Alberto Arvelo y el puertorriqueño Eyerí, un músico con magia, de Frank Elías.

El equipo de trabajo de la muestra, dirigido por Rigoberto López, explora iniciativas para darle mayor visibilidad a una cinematografía pujante, que busca su propio discurso y defiende presupuestos estéticos y poéticos muy propios. Entre otras iniciativas, ocurrirá durante 2014 el IV Foro Internacional, con sede en Curazao, y el IV Encuentro Cinema ABCD, África, Brasil, el Caribe y sus diásporas, que tendrá lugar del 9 al 13 de diciembre en Dakar, Senegal.

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