El inocente y la terrible belleza

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

En 1942, los talleres de Serafín García dieron a la luz el cuaderno Poemas, en una edición de apenas cien ejemplares. Era la primera compilación lírica de un poeta desconocido en La Habana de entonces, salvo para un restringido círculo de amigos: Gastón Baquero (Banes, 1914-Madrid, 1997). En el conjunto se destacaba un texto extenso, enigmático, jugoso, titulado “Palabras escritas en la arena por un inocente”. Seis años después, Cintio Vitier lo incluiría en la antología Diez poetas cubanos 1937-1947. A propósito de esta selección la filósofa española María Zambrano escribiría en su ensayo “La Cuba secreta”:

Bastarían la poesía de Lezama y la de Gastón Baquero para que probara esto: que la suntuosa riqueza de la vida, los delirios de la sustancia están primero que el vacío; que en el principio no fue nada. Y antes que la angustia, la inocencia cuyas palabras escritas y borradas en la arena permanecen sin letra, libres para quien sepa algo del misterio.

El poema, dividido en diez partes, desconcertaba al lector desde el inicio, con su peculiar discurso en primera persona:

Yo no sé escribir y soy un inocente.
Nunca he sabido para qué sirve la escritura y soy un inocente.
No sé escribir, mi alma no sabe otra cosa que estar viva.
Va y viene entre los hombres respirando y existiendo.
Voy y vengo entre los hombres y represento seriamente el papel
        que ellos quieren:
Ignorante, orador, astrónomo, jardinero.

Parte del asombro que todavía hoy nos producen estos versos libres, manejados con una fluidez que le permite alternar líneas de muy diferente extensión silábica, viene de la integración de registros expresivos que parecían excluyentes. En el monólogo del inocente predomina un lenguaje coloquial lleno de desenfado pero en el que se integra un discurso fabulador, erudito, donde se multiplican las referencias históricas y culturales.

Tal cosa nos remite a un autor que ejerció importante influencia sobre Baquero: T. S. Eliot, cuya obra no sólo conoció sino que vertió algunos de sus textos al español —recuérdese su traducción de “Los hombres huecos” para Espuela de plata y el fragmento de “La roca” que colocó en Clavileño. Del autor de Tierra baldía vienen la crítica a la cultura burguesa convencional, el repaso irónico de la historia para justificar el juicio negativo a la civilización occidental del siglo XX, la profusión de juegos intertextuales que incluye, desde la Biblia hasta el teatro de Shakespeare, sin olvidar los grandes libros de la teología católica, sean los Padres de la Iglesia o los escolásticos.

Tras un aparente desenfado, Gastón oculta y revela a medias un buen número de implicaciones:

Pero yo represento seriamente mi papel y digo:
Buenos días, doctor, el mundo está a sus órdenes, la medida
exacta de la tierra es hoy de seis pies y una pulgada, ¿no es esta
           la medida exacta de su cuerpo?
Pero el doctor me dice:
Yo no me llamo Protágoras, pero me llamo Anselmo.
Y usted es un inocente, un idiota inofensivo y útil.
Un niño que ignora totalmente el arte de escribir.
                                                                          Vuelva a dormirse.

El lector no preparado difícilmente vea en este pasaje más que una sarta de disparates. Tendría que saber que a uno de los más conocidos sofistas griegos, Protágoras, se le atribuye la frase: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto son y de las que no son, en tanto no son” y que la voz discursante la emplea de forma literal para burlarse de algún respetable “doctor” burgués. La respuesta viene a complicar las cosas, el interlocutor descubre la alusión a Protágoras y la rechaza pero asegura llamarse Anselmo, lo que en el contexto del poema no es descabellado asociar con San Anselmo de Canterbury, el teólogo del siglo XI que en su Proslogium formuló una prueba ontológica para demostrar la existencia de Dios que mantuvo ocupados durante varios siglos a filósofos y teólogos europeos, desde Tomás de Aquino hasta Kant, empeñados en apoyarla o rebatirla. Es decir: frente al inocente obsequioso e irónico, se alza el representante de un poder tradicional que no sólo asume la tradición sofística —con todo lo que tiene de retórica y engaño— sino también una teología académica que sirve a sus intereses. De un lado está la poesía, colocada al margen, como simple testigo del devenir y por otro la lógica retorcida de la autoridad, que decide cuales son las verdades que le convienen.  

En el sueño del inocente los tiempos se funden, a su alrededor se mezclan Juliano el apóstata, la emperatriz Faustina, el Patriarca Atanasio, pero no entiende sus conversaciones, sus empeños, sus herejías.

Niño, dijeron, ¿qué haces tan temprano en Ceylán,
Qué haces en Ceylán si no has muerto todavía,
Y aquí estamos para discutir las palabras del Patriarca Cirilo,
Y hablaremos hebreo y tú no sabes hebreo?
El Emperador Constantino sorbe ensimismado sus refrescos
       de fresa.
Y oye los vagidos victoriosos del niño occidente. 

Frente a esas exclusiones, el yo poético parece asumir el discurso crepuscular del T. S. Eliot de los “Cuartetos”, pero su voz es auténtica y estremecedora:

Echemos algunas gotas de horror sobre la dulzura del mundo.
Mira tu corazón frente a frente, piensa en la terrible belleza
         y renuncia.
Los ancianos ya tiemblan al soplo de la muerte.
Los ancianos que fueron también la belleza terrible.
Los que turbaron un día las débiles manos de un niño en la arena.
Ellos son los que tiemblan ya ahora al soplo de la muerte.
Piensa en su belleza y piensa en su fealdad.

Es llamativo que nadie hasta hoy se haya planteado, ni siquiera los más cercanos a su círculo literario, cuanto puede haber de protesta y hasta de venganza personal en tales líneas. Gastón, mulato, homosexual y pobre, tiene que justificar ante la sociedad que es culto y es poeta. Pero buena parte de los poderes insulares son incultos y consideran a la poesía una pérdida de tiempo. Entonces él tiene que asumir una serie de máscaras: ser el ingeniero, el hombre de confianza de los Marqueses de Rivero en el conservador Diario de la Marina, formar parte de comisiones y academias y hasta, desdichadamente, de la política, de la mano de su coterráneo el general Batista. Baquero llega a ser un hombre acomodado, a obtener cierta apariencia de respeto, le llaman Ingeniero y Doctor, pero de todos modos su condición de poeta, que a veces ocultará, lo pondrá en la situación del inocente. Nunca estará en ese núcleo donde se toman las grandes decisiones y cuando esa sociedad se desbande, aquellos que se marchan con grandes fortunas no quieren volver a saber de él. Una vez más, en su exilio español, Gastón fue castigado con el silencio por las derechas y las izquierdas. Como Ezra Pound, recibió la sanción mayor por no haber comprendido como negociaban los políticos reales, no contaminados por el fervor de la poesía.

En el poema, la redención viene al inocente directamente de Dios:

Y asiste al espectáculo de la belleza como al vivo cuerpo de Dios.
Y dice las palabras que lee sobre los cielos, las palabras
         que se le ocurren, a sabiendas de que en Dios tienen sentido,
Y porque asiste al espectáculo de su vida afligidamente.
Porque está en las manos de Dios y no conoce sino el pecado.
Y porque sabe que Dios vendrá a recogerle un día detrás
         del laberinto.

Tales justificaciones lo redimen pues, según él: “Dios está erguido en el cuerpo luminoso de la verdad / como en el cuerpo sombrío de la mentira”.

Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía afirma que este poema:

[…] contiene la metafísica de la irresponsabilidad en su sentido más radical. El mito de la inocencia, ligado siempre a la imagen de la isla desde las Profecías hasta el anhelo renacentista, cobra en el mayor texto de Baquero una configuración tan inesperada como profunda. Histórica y culturalmente somos en verdad hijos de un sueño. La cultura occidental nos soñó: ahora nosotros vemos a esa cultura como un sueño. Y en aquel soñarnos aparecíamos como la encarnación del mito de la inocencia natural: ahora nosotros respondemos con el misterio de la inocencia sobrenatural, pero tan irresponsables de ella como de loa suya el “buen salvaje”.  

El poeta, ya en la ancianidad, rechazó en su Autoantología comentada (Signos, Madrid, 1992) este texto y muchos otros de juventud, por la carga sentimental o dramática que le molestaba en ellos. Detrás de eso estaba la actitud de alguien que había perdido muchos fervores y volcaba en la poesía una imagen absolutamente desencantada de la historia. Ya ni siquiera creía en que Dios pudiera rescatarlo.

Sin embargo, en muchas de esas piezas tardías recogidas en Magias e invenciones (1984) y Poemas invisibles (1991) está el espíritu fabulador y crítico de las “Palabras…”, solo que ahora la angustia se ha disimulado bajo el oropel verbal que traza coreografías exóticas en “Manuela Sáenz baila con Giuseppe Garibaldi el rigodón final de la existencia” o “Luigia Polzelli mira de soslayo a su amante, y sonríe”. La voz lírica ha sufrido una metamorfosis, pero, aún a pesar suyo, el inocente sigue escribiendo en la arena.

Sea Pablo,
Sea Cefas,
sea el mundo,
sea la vida,
sea la muerte,
sea lo presente,
sea lo por venir,
todo es vuestro:
y vosotros de Cristo,
y Cristo de Dios.
          Vuelve a dormirte.

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