En el centenario de Gastón Baquero

Poemas invisibles

Marilyn Bobes • La Habana, Cuba

Alguna crítica ha señalado ya lo diverso del grupo Orígenes en cuanto a poéticas se refiere y ello también se hace patente en la escritura de Gastón Baquero (Banes, 1914-Madrid, 1997) cuyo centenario conmemoramos ahora sabiendo que su voz resulta indispensable para la poesía cubana del siglo XX.

Confesaré que de todos sus libros Poemas Invisibles, publicado en España y por el cual resultó finalista del Premio Nacional de Literatura en 1992, es uno de mis favoritos. En él se entrecruzan el cultismo que caracteriza a este autor, con las más disímiles experiencias vitales y de lecturas, siempre ancladas en una cubanía esencial.

Pero en esa cubanía hay universalidad y hay también una vocación por entrecruzar los más disímiles acontecimientos y mitologías signadas por un barroquismo sui-géneris que se diferencia digamos del de un Lezama Lima en su vocación de transparencia.

Gastón Baquero se nos muestra en este volumen con un lenguaje de sorprendente actualidad y trascendencia y cualquier lector podría decir de él lo que Luis Antonio de Villena sentenció tras la lectura de Magias e invenciones: “Hay libros que nos salvan un día y nos acompañan siempre”.

Poetas como César Vallejo o Federico García Lorca o músicos de la tradición clásica universal, son transculturados aquí y asimilados en ocasiones a través de deidades del panteón cubano, mientras otros poemas están marcados por una suerte de trascendentalismo sensual que coloca a Baquero en una dimensión difícil de asociar en su esencia con algún otro poeta hispanoamericano.

Su voluntad de comunicar con sencillez conceptos de gran profundidad sobresale en ese extraordinario texto titulado “La risa” y que citaré en su totalidad para que los lectores que no lo conozcan puedan valorarlo.

     Dice:
      Sentados a los pies del profesor
       Preguntábamos: ¿y la eternidad?
       Y el buen viejo nos miraba con enojo,
        hasta que por fin decía, contemplándose las manos:
       “La eternidad no ha sido definida, pues se necesita
        una eternidad entera para que abarquemos
        el concepto de eternidad. ¿Habéis comprendido?”
        Y nosotros, sentados a los pies del profesor,
        nos reíamos tanto, reíamos con tan poco cansancio,
        que nos llevaba una eternidad consumir la risa
        producida por la definición exacta de la eternidad.

Es en esa eternidad donde habita ahora el poeta Baquero, rodeado de sus ciervos, isla en la Isla. Un tiempo olvidado y luego vuelto a recuperar pero siempre presente, tal vez invisible dentro de sus poemas pero único como lo fueron también Lezama , Eliseo, Fina y Vitier.

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