Sobre la poesía de Gastón Baquero

Roberto Fernández Retamar • La Habana, Cuba
Las líneas que siguen, y escribí entre 1952 y 1953, forman parte de mi tesis de grado La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), que presenté en noviembre de ese último año y apareció publicada por las ediciones Orígenes en 1954. Las envío a La Jiribilla que me ha pedido un texto sobre la poesía de Baquero. En aquella lejana ocasión pensé que Baquero había nacido en 1916, y ahora resulta que lo hizo en 1914. Como se verá, afirmé entonces que Baquero había abandonado, al parecer definitivamente, las labores poéticas. Lo afirmé pensando en su entrega al periodismo de extrema derecha. Sin embargo, tras abandonar Cuba en 1959, retomó la faena poética y escribió textos de gran hermosura, a los cuales, por supuesto, no me hubiera sido posible referirme hace más de 60 años.

 

Con la excepción de Lezama, Baquero ofrece la poesía más rica de esta primera promoción. Publicó Poemas y Saúl sobre su espada en 1942. Tiene inédito el libro La comedia de San Jorge, y ha abandonado, al parecer definitivamente, las labores poéticas. Es un poeta de generosa abundancia, que asimila diversas influencias —Whitman, Unamuno, Eliot— sin perder nunca su caudalosa expresión y algunas notas interiores (ingenuidad, frescura, gusto por lo fabuloso) que definen su poesía. Vitier, al agrupar en su primera antología lo esencial de la obra que este poeta ha dado a conocer, distingue en ellas dos vertientes: una poesía de mayor vuelo y gravedad, y otra que el propio poeta llama “de andar por casa”, y que es una concesión de su facilidad; sobre esta, no parece prestar tanta atención Baquero, pero ayuda a vislumbrar mejor el rostro total de su obra. En la primera de estas zonas, que alcanza su cima en los poemas “Saúl sobre su espada” y “Palabras escritas en la arena por un inocente”, Baquero demuestra poseer una fluencia verbal que huye de la “resistencia” ambicionada por Lezama, pero que, al mismo tiempo, no se deja arrastrar por la fácil musicalidad a que lo llevaría abandonarse a la abundancia y armonía que acuden sin aparente esfuerzo a su palabra. “Saúl sobre su espada”, realizado alrededor del tema bíblico de la muerte de Saúl (“Entonces tomó Saúl la espada y echóse sobre ella”,1 S. 31, 1 Cr.10) es, de sus dos grandes poemas, el más gustoso de la forma: los versos se entrelazan con espontánea gracia; las imágenes buscan lo suave y hermoso: “Reluciente como una camelia fiera y dulce”; “grave como un azahar”; “Guiándole la sombra hasta la espada/ Hasta el lecho delgado donde la muerte anchísima se asoma/ Donde una estrella sola le espera y le conduce…”. “Palabras escritas en la arena por un inocente” ofrece un versículo menos musical, y una considerable complejidad en las referencias a distintos órdenes culturales, al modo de T. S. Eliot. En ambos, y especialmente en el último, adquieren gravedad los temas que Baquero prefiere en su poesía: la muerte, la inocencia, lo fabuloso en la historia:

Yo soy un inocente, ciego, de nube en nube, de sombra a sombra levantado.

Veo debajo del cabello a una mujer y debajo de la mujer a una rosa y debajo de la rosa 
      a un insecto.

Voy de alucinación en alucinación como llevado por los pies del tiempo.

Situados también en esta recia cara de su poesía se hallan “Preludio para una máscara” y “Testamento del pez”, en que afloran quizá con excesiva evidencia las preocupaciones centrales de su obra (“Yo no quiero morirme ni mañana ni nunca”; “Yo no quiero morir, ciudad, yo soy tu sombra”), y los “versos para un grabado de Durero”, “El caballero, el diablo y la muerte”, donde encuentra ámbito su gusto por estados de realidad maravillosa. El poema “Octubre”, participando de la reciedumbre que caracteriza a esta parte de su obra, se halla traspasado también por cualidades que alcanzarán, su expresión más cabal en el “Soneto a las palomas de mi madre”, el mejor poema de su poesía en tono menor. En el primero, aquella unamuniana aspiración, ingenua y devoradoramente expresada en “Preludio para una máscara”, “Palabras…” y “Testamento del pez”, está acompañada de un suave sentimentalismo: “Y aun después que transcurra toda la muerte mía/ la belleza de Octubre bañará las ventanas”. En el “Soneto” es una anhelante y conmovedora nostalgia: “es el pasado intacto en que perdura/ el cielo de mi infancia destruida”. “Canta la alondra en las puertas del cielo”  (Orígenes, No. 1, 1944) también se sitúa dentro de su obra de más recio contenido, y es ejemplo de su armoniosa expresión.

Los demás poemas que, además del “Soneto nombrado, integran la zona menos preocupada formalmente de su poesía, son sonetos —”Sintiendo mi fantasma venidero”, “Génesis”, “Nacimiento de Cristo”— escritos con cierto voluntario descuido, evitando la fija norma tradicional, y alrededor de los temas religiosos.

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