Gastón Baquero: íntimo del cielo

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Para Bladimir Zamora, que habló con él en nuestro nombre
 

En el ajado ejemplar de Las mejores poesías cubanas me esperaban los versos de Gastón Baquero. Esa antología, preparada por Cintio Vitier en 1959, me reveló no solo la grandeza de ese hombre del cual sabía tan poco, sino toda una gama de la lírica nacional que me despertó y alejó de la modorra con la que me habían inculcado, en las aulas del preuniversitario, alguna idea de las letras nacionales. Ahí estaba Casal en su mejor momento, y rarezas como el poema de Federico Milanés dedicado a su hermano José Jacinto. Y varios fragmentos de “Palabras escritas en la arena por un inocente”, que me dejaron deslumbrado. Entre “Noche insular, jardines invisibles”, “Vida de Flora”, “Cuerpo del delfín” y otros poemas sin los cuales los cubanos no tendríamos una tradición letrada de la cual deberíamos sentirnos más orgullosos, estaban los de este señor, denostado en su país, que tan lejos de su Banes natal, seguía deshilvanando magias e invenciones.

Bladimir Zamora fue quien volvió a hacerme notar su nombre. Le había conocido en Madrid, el cuartel de invierno del autor de Memorial de un testigo, y trajo sus libros, sus poemas, su manera de reinventar una Cuba en la cual ya era una suerte de fantasma. La década de los 90 fue pródiga en ausencias y en resurrecciones, y el retorno de Baquero fue uno de los más incómodos del período. Su salida del país muy poco tiempo después del triunfo revolucionario puso una nueva piedra encima del silencio que ya pesaba sobre su quehacer poético. En 1959 muchos daban por muerto al Gastón Baquero poeta. Convertido en poderosa figura del Diario de la Marina, ya Virgilio Piñera había dictado en 1943 su acta de defunción cuando le vio convertirse  en periodista influyente, mediante una célebre carta donde lo acusa de ser uno de los “perros de lujo” del viejo mandato. Así le dijo: “Hoy ya eres el periodista Gastón Baquero, Premio Justo de Lara; que asiste a banquetes martianos a Pinar del Río para hacer el panegírico de Mañach; que forma en la ronda de la mascarada martiana para aplaudir la idea de una que se dice escritora mexicana. Y así por este camino. Claro que otro no tan rosado como éste era, por ejemplo, el de Espuela de Plata o el de Clavileño; jamás ninguno de los señores que ahora te premian te hubiese premiado por un ensayo como el titulado “Los Enemigos del Poeta”. Las razones son obvias. Ha sido necesario que descendieses hasta Varona para ser comprendido y estimado”.

La dura carta de Virgilio llegaba a las manos de Baquero a solo un año de que se editaran Saúl sobre la espada y Poemas, los libros que lo definieron como parte de la generación de Orígenes. Luego, vendrían un par de textos en la famosa revista que Lezama y Rodríguez Feo crearan en 1944 (y cuyos 70 años este país desmemoriado no parece querer recordar hoy), y silencio. Gastón Baquero, tras las aventuras de Clavileño, Espuela de plata y Orígenes, estaba en las páginas rancias del Diario de La Marina, y obraba desde ahí para que Lezama ganara algún dinero por la redacción de sus crónicas, insólitas por sí mismas, y doblemente raras en aquel periódico. Pero ni un poemario más. Cuando Max Henríquez Ureña lo aborda en su Panorama histórico de la literatura cubana, a inicios de los 60, lo califica de meteoro. Su labor literaria parecía haber concluido. Tampoco Vitier, en Lo cubano en la poesía, pasaba de la esperanza de que, algún día, el poeta Gastón Baquero pudiera resucitar.

La resurrección, sin embargo, ya estaba ocurriendo. Como Jorge Luis Borges, el propio Piñera o Tennessee Williams, Baquero estaba regresando a la poesía tras un largo tiempo en que parecían interesarle otras cosas, y en su etapa final nos dejó saber qué poemas guardaba en su mente y en su memoria. En el exilio, dejó a un lado el tono sabrosamente barroco de sus versos más extensos, y la sobriedad que aprendió en Unamuno hizo su palabra más seca; no por ello menos prodigiosa. En 1960 edita Poemas escritos en España, y en 1966 llega Memorial de un testigo, gracias a la editorial Rialp, en su serie Adonais. Para los poetas de la península que alcanzaron a leerlo, el volumen fue un deslumbramiento. En Cuba apenas se le recordaba en aquel tiempo, como tampoco se mencionaba ya al Diario de La Marina, periódico cuya revisión cabal es otra de las cuentas pendientes de nuestra memoria nacional. Se cuenta que la soldadesca que irrumpió en su morada, después que la abandonó, se entretuvo jugando al tiro al blanco lanzando al aire los volúmenes de su exquisita colección de discos. Privado de esas placas, Baquero tal vez reinventó su propia música, hilándola con sus viejos y nuevos poemas, como demostraría mucho tiempo después en su Autoantología comentada, en la cual, para disgusto de muchos, no incluyó sus “Palabras escritas en la arena por un inocente”: uno de los mejores ecos de la poesía imaginista y T. S. Eliot en lengua hispana.

Luego, el tiempo. Y en 1984, llega Magias e invenciones, suerte de recorrido amplio y jugoso por toda la poesía de este hombre alto, negro, homosexual discreto (véase la referencia sutil al tema en “Palabras de Paolo al hechicero”, sobre un tema de Dante), que se ganó la vida como periodista, y mantuvo sus convicciones políticas hasta el final, aunque dejándose saber en Cuba de la mano de poetas que, como Alberto Lauro, Alberto Acosta-Pérez, Efraín Rodríguez Santana y por supuesto Bladimir Zamora, le rindieron el tributo de la visita y la lectura provechosa. El mundo poético de Gastón Baquero renació para seducirnos, y aporta un tono, un color, una textura, una dimensión imaginada al ámbito de Orígenes sin el cual ese entorno que Lezama presidió no sería el que ahora percibimos. Aunque, curiosamente, haya sido Baquero el miembro de ese grupo que menos publicara en la famosa revista, “la mejor de la lengua”.

Esos otros poetas fueron sus heraldos en Cuba. Lo leyeron, lo hicieron conocer, labraron la publicación de sus versos entre nosotros. Diez años después de Magias e invenciones, cuando se celebra en La Habana el Coloquio por los 50 años de Orígenes, Baquero está de vuelta al canon. La Gaceta de Cuba publica un número dedicado al acontecimiento y ahí esplende una entrevista que le hiciera Bladimir Zamora, donde Gastón reconoce que se sabe leído en esa Isla a la que jamás regresará. Para lograr tal cosa hubo que luchar con su fama de batistiano, con su reticencia a entender otros procesos, contra el recelo personal de funcionarios y enemigos de distinto rango. Enrique Saínz y Jorge Luis Arcos escriben sobre su legado, mientras El Caimán Barbudo y Ediciones Vigía también lo presentan al lector cubano. En el 2001, tras la muerte de Gastón que sucedió en 1997, Letras Cubanas publica La patria sonora de los frutos: es la confirmación de un retorno apacible y necesario. El tiempo perdido en el diálogo vivo se funde y confunde con el de la lectura impostergable que le debemos.

Fue en esos libros que me prestó Bladimir Zamora que procuré el rostro de Gastón Baquero. Un rostro que a pesar de sus juegos de metamorfosis y culturas, de cruces infinitos y palacios imaginarios, no lograba ocultar su vulnerabilidad, su vibración cercana a la belleza y a la pérdida de la misma, que la poesía trata de salvar desde los tiempos de su querido Anaximandro. En particular uno de sus libros finales me fascinó: Poemas invisibles. Fue el detonante del poema que le dedicara, en 1994, y que en copias manufacturadas, solo tres, hice llegar a algunos amigos. En “Conversación con Gastón Baquero” creo dejé saldada mi deuda no solo con Gastón, sino con el símbolo poderoso y nutricio que es el mundo de Orígenes. Íntimo del cielo, le llamo en uno de esos versos que escribí, casi de madrugada, frente a la máquina de escribir que salvaba mis noches en la antigua Casa del Joven Creador, hoy reducida a uno de esos raros museos que en La Habana Vieja no tienen ni historia propia ni poesía.

Nunca crucé palabras con Gastón Baquero. No tuve ese gusto, el honor de conocer a uno de los mejores conversadores del idioma, como le han calificado quienes sí gozaron de ese placer. Pero el poema que le dediqué tuvo mejor suerte que yo. Gracias a mi amigo Javier de Castro llegó a las manos del poeta. En una carta que Baquero le respondió, llegó a referirse al efecto que ese poema le provocara. Dice: “Gracias por el poema que me dedica su amigo de La Habana. Me ha impresionado mucho y me atrevo a tomarlo como un monólogo confesional mío”. Tal vez haya sido mejor que estas sean las palabras que hayan llegado desde mí al poeta al que ahora recuerdo en su centenario, por encima de recelos, odios, silencios y vacíos inútiles. Los poetas deberíamos más hablar entre nosotros como poetas, sin las máscaras que a ratos no son más que objetos de nuestra vanidad verbal. En todo caso, esas dos líneas suyas me acompañan “cuando arrecia la tormenta”, y en el cielo de Cuba no entreveo señal más esperanzadora que la de nuestra poesía.

En el universo que Gastón Baquero imaginó para nosotros coinciden los rostros de la Biblia, del mundo neoplatónico, del Renacimiento, de la Belle Époque, y tantos más. Un perro se llama Nureyev, en tributo humilde al gran bailarín ruso. Lydia Cabrera y Federico García Lorca están en ese ámbito. Oscar Wilde y Sarah Bernhardt, Durero, Jean Cocteau, Marcel Proust y el Quijote, Lezama e Ifigenia, Garibaldi y Mallarmé. En medio de todo ello, suena el violín de “Joseíto Juai”, Vallejo y Dylan Thomas cruzan cartas y estrofas. Y salta la mariposa negra, la tatagua, como memoria de una Cuba rural, la de su Banes, o el recuerdo de Fina García Marruz. Diestro a la hora de enlazar tiempos y personajes, en el tablero amplio de su poesía también pueden hallarse tesoros en los rincones más humildes, y eso lo demuestran sus sonetos, algunos de los más logrados de nuestra tradición. Sus libros insisten en la independencia de la poesía, en la posibilidad de entender al poeta como dueño de un mundo propio, no atado a leyes ni filosofías demasiado rígidas, sino donde la autonomía de la invención quiebra espejos y unifica extremos en actos de libertades infinitas. Tuvo Baquero ojo sagaz para el trazo amplio y para el gesto mínimo, y de esas ambivalencias, de esos contrastes, brota el prodigio de su escritura, sostenida por ensayos y artículos de no escaso interés. En la Isla donde su voz profunda imaginó el “Testamento del pez” otros poetas han querido organizar su centenario, rememorarlo y releerlo desde el pretexto de una fecha redonda. Carecer de él era un síntoma de pobreza, no solo literaria, que hay que remediar entendiéndolo en su estatura cabal, en sus contradicciones, y en lo que nos heredó, junto a otros nombres, en todas las Cubas posibles, que explican a esa Cuba mayor que se lee desde una perspectiva que suele faltarnos, y que es mucho más abarcadora y múltiple. Lo leemos no en el tiempo de la historia ni en el de su olvido, sino en el tiempo de la poesía. En el tiempo donde su palabra nos hace personajes, no solo lectores, sino figuras imaginadas en el pálpito mismo de su fascinante obra.

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