Xiomara Palacio, la titiritera pequeña
y grande

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Recientemente el periódico Granma publicó la noticia: el Foro Títeres en femenino, del Centro de Documentación de las Artes de los Títeres de Bilbao, España, que lidera la incansable Concha de la Casa, le concedió a la conocida actriz titiritera Xiomara Palacio el Premio Internacional Mariona Masgrau. Mientras leía con regocijo la información—cualquier titiritero cubano que haya cruzado en activo la frontera entre el siglo XX y el XXI sabe muy bien de quién se está hablando y cuánto ha contribuido ella con su arte a la cultura toda de nuestro país— no estaba solo, a mi alrededor se encontraba el elenco más joven de Teatro de Las Estaciones que oscila entre los 17 y los 35 años, junto a los miembros fundadores que ya frisamos los 50 y algo más. Algunos de ellos habían escuchado su nombre en las grandes celebraciones (es miembro de honor de UNIMA Cuba, se le dedicó el Taller Internacional de Títeres de Matanzas en la edición del año 1998), la conocían en persona por su presencia en foros teóricos, la televisión o algún trabajo de doblaje para los medios audiovisuales, pero nunca la habían visto actuar. Por lo que a pesar de reconocer que de seguro merece este honroso galardón, que lleva el nombre de otra entrañable mujer, de origen catalán, a la que tuve el placer de conocer por única vez en 1988, no tenían la referencia vívida de la inconmensurable labor artística de Xiomara.

Imagen: La Jiribilla
Xiomara Palacio y Pinocho
 

De golpe vinieron a mí un sinfín de imágenes que la reflejan, como retratos en acción que poseen color, sonido y movimiento. No pude disfrutar de la primera etapa creativa de esta mujer menuda, nacida en Remedios, Villa Clara en 1942. Cuentan que llegó a La Habana en 1957, por lo que visualizo a una muchachita de 15 años llegando a la gran ciudad con un montón de sueños e ilusiones. Xiomara reconoce hoy no haber estado interesada para nada en el mundo de los retablos, tal vez por prejuicios o desconocimiento, pero que una vez cercana a los títeres ocurrió entre ella y el género un enamoramiento deslumbrante e intenso.

De seguro que mucho de lo que aprendió al lado de una actriz y profesora inmensa como la española Adela Escartín, y luego en la desaparecida Academia de Arte Dramático de La Habana, le sirvió para lograr trabajos  interpretativos que la desmarcaron del criterio, más o menos generalizado, acerca del pobre trabajo histriónico de los que se dedican a trabajar con muñecos. Artistas como la Palacio le han dado con su decir y gracia natural una patada contundente a cualquier razonamiento como este, que tiene mucho de ignorancia sobre la manifestación titiritera. Los Camejo y Carril no erraron al seleccionarla para el nuevo elenco fundado como Teatro Nacional de Guiñol, en 1963.

Nacido en el año en que Xiomara se integra a la tropa radicada en el edificio Focsa, no pude ver ninguno de los trabajos que la hicieron destacarse como joven promesa de la escena nacional al lado de los grandes maestros del retablo cubano. Tampoco la vi trabajar en los viajes de esta agrupación a mi natal Santiago de Cuba. Solo conozco de manera testimonial, por ella misma o por sus contemporáneos, los comentarios elogiosos de sus papeles en La loca de Chaillot, de Giradoux, como Gabriela, la loca de Passy; su Jicotea en Chicherekú, espectáculo de Pepe Carril sobre temas recogidos por la etnóloga Lidia Cabrera; la graciosa Escoba de La Cenicienta; la Praxagora de Asamblea de mujeres, tras el paso brillante de Asseneh Rodríguez en el personaje protagónico, brillo que la pequeña titiritera, según cuentan no oscureció; Brígida en Don Juan Tenorio, de Zorrilla, en soberbio montaje de Carucha Camejo; hasta llegar a uno de sus roles preferidos: la Cucarachita del cuento tradicional, dramatizado por Abelardo Estorino; Cazuelita cocina bueno de La loma de Mambiala; la Oshún de Shangó de Ima, de Carril; Lota en La corte del faraón, otro tanto anotado en la esplendente carrera como directora artística de Carucha Camejo y otro personaje inolvidable asumido por la menuda remediana; Pinocho, Celestina, el gemelo Kainde en Ibeyi Añá, dirigido por Pepe Camejo. Nada de eso pude aplaudir de forma tácita, pero se lo agradezco sinceramente, porque ayudó a construir las bases sólidas, para que aspiráramos desde esta franja de tierra en medio del Mar Caribe, a tener un teatro de títeres de la mayor calidad.

Imagen: La Jiribilla
La cucarachita Martina
 

Mi llegada al Instituto Superior de Arte de La Habana, en 1982, me propició conocer en las tablas a la premiada, deleitarme con sus personajillos de La lechuza ambiciosa, en puesta en escena de Armando Morales, con quien conformara un invencible dúo durante largo tiempo. Su Jutía en Liborio, la jutía y el majá, fue una lección de animación y gracejo criollo a mares; con su tierno Caspy, en La nana, montaje de Raúl Guerra, tuve que ir tras el retablo para comprobar que no era un niño de verdad. La recuerdo vital  y cubanísima en su papel de Blanquita, una gallina sometida por Mandamás, según la historia de Dora Alonso, dirigida por Eddy Socorro. No había tarde o mañana de fin de semana que no me escapara al Guiñol para ver a Xiomara, a Ulises, a Armando, a Isabel, entre otros juglares que me ayudaron con su ejemplo interpretativo a inclinar la balanza en mi decisión de entregarme al mundo los muñecos una vez graduado. Hasta directora artística se volvió la Palacio y luego directora general de la compañía nacional. Qué bueno que no abandonó nunca el escenario y que pude aplaudirla, ahora sí,  en su magnífica creación de Ze Chupanza, según la versión brasileña de Don Quijote, del dramaturgo Oscar Von Pfhul, bajo el mando de Roberto Fernández. Este personaje le valió el  Premio de Actuación Femenina en el Festival Internacional de Teatro para Niños auspiciado por la Unicef, en Lima, Perú, 1990. Otros galardones nacionales, viajes, reconocimientos vendrían en tropel a coronar su muy completa trayectoria profesional.

Es el joven director Raúl Martín quien la vuelve a poner en el tope de la interpretación en el teatro para niños y jóvenes cubano con su alabado montaje de Fábula del insomnio, de Joel Cano. Xiomara, entre los jóvenes de las escuelas de arte, canta, ríe, sufre y se reta así misma a los 50 años para salir una vez más victoriosa y respetada. Los 90 fueron un período duro para todos los que permanecimos aquí, también para ella. Una creadora inquieta que extendió puentes hacia otras estéticas, otros teatros, todo para no morir. En ese fuego recibe y entrega pedazos de su talento pero no desmaya. Aquí  permanecerá y permanece. La recuerdo con su teatrino ambulante, a caballo por todo el territorio, ofreciendo lo que ella tan bien sabe hacer. Me veo a su lado, en la función homenaje por los 30 años del Teatro Papalote, interpretando ambos los personajes de la pieza de René Fernández La amistad es la paz.

Imagen: La Jiribilla
Fábula del insomnio
 

Estrena junto a Armando Morales la Suite concertante para dos titiriteros, viaja por el mundo, algo que le encanta hacer a todos los saltimbanquis de la vida, es lo que la hace mantenerse activa y siempre sorprendente. Uno de los momentos más duros para ella, y para todos, será su despedida, en los comienzos de la nueva centuria, del Teatro Nacional de Guiñol. Muchos somos los que extrañamos su timbre característico en las representaciones de la salita que fundaran los Camejo y Carril, mas la alegría volverá con su incorporación al pujante Teatro Pálpito, para estrenar Con ropa de domingo, de Maikel Chávez. Su actuación en ese premiado montaje nos hizo evocar su existencia toda en el arte teatral, su paso firme, arriesgado y potente, como solo saben hacerlo los que son de verdad.

Imagen: La Jiribilla
Con ropa de domingo
 

Con Xiomara me he reído y me he molestado, es dueña de respuestas chispeantes, de una fina ironía que parecen haberle legado los cientos de títeres que se ha calzado en tantísimos años. Tiene una personalidad campechana, que conserva la hospitalidad de los remedianos en medio de lo gris que suele ser el comportamiento de los que viven en las grandes urbes; cocina como una maga de los calderos, la he admirado como esposa, madre y abuela. Pero ninguna de estas cualidades mortales y maravillosas representan tanto como su entrega total al arte titiritero. Este premio llega para hacer justicia a una profesión signada por la quimera de dar vida, de hacer felices a los demás. En tiempos en que las utopías han pasado de moda, ella sigue el ideal de su corazón y planea una nueva vuelta al retablo, eso me han dicho, hace mucho que no hablo con ella. Ojalá sea verdad, por el bien de todos los que aman los títeres.

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