Entrevista con Augusto Blanca

Los tarareos para Isabella o tarareos íntimos
de Augusto y Rosy

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

El trovador Augusto Blanca, fundador del Movimiento de la Nueva Trova, está de cumpleaños: este 24 de junio cumple sus 69 y, quizá, para celebrarlos se ha hecho un especial regalo: la reciente presentación en el Teatro Nacional de Guiñol de La Habana el CD Tarareos para Isabella, que incluye 14 temas.

Imagen: La Jiribilla

Sin duda, Augusto es un hombre de nuestra cultura —músico, compositor, diseñador, (algo de dramaturgo) y artista de la plástica. Pero, sobre todo: trovador. Con él conversamos informalmente, ¿habrá otra forma de hacerlo con este hombre que aún mantiene el aire del campo que trajo desde su Banes natal?: imposible. El diálogo —que tocó otros temas— comenzó, justamente por Tarareos para Isabella.

“Este trabajo surgió cuando fue a nacer nuestra primera nieta —ahora tiene nueve años— y Rosy, que es su abuela y yo, sabíamos que no íbamos a estar en el momento del alumbramiento y comenzamos a pensar en qué podríamos regalarle que no fuera material.

“Aprovechando la facultad que tenemos para hacer canciones, empezamos a valorar la idea de regalarle unos ‘canticos’ cortos y empezamos a jugar e hice una cuarteta al gato, luego al perro, al gallo, a la chiva, a las mariposas, al burro, al sapo… y cuando empezó a caminar aquella idea, Rosy comenzó a poner voz a las cuartetas y yo la música.

“Cuando teníamos el trabajo concluido pensé que era necesario ponerle dramaturgia y, como son animalitos domésticos, lo organizamos desde el amanecer hasta la noche como si fuera el transitar de un día en la vida de un niño. Hicimos una maqueta y se la mandamos a mi hijo y su esposa —aún ella estaba embarazada— para que le fuera poniendo esa música a Isabella antes de que naciera.  Pasó el tiempo, y un día Rosy me dice que sería bueno volver a grabarlo todo para que otros niños lo disfruten y no quede como algo solamente de la familia.  Contactamos con Martha Bonet, de Producciones Colibrí, a quien le gustó la idea y nos invitó a grabarlo de inmediato.

Imagen: La Jiribilla

“Me reuní con un pequeño equipo de trabajo —integrado por Emilio Vega, Pancho Amat y  Dayron Ortega— y desde el comienzo fue una fiesta. A medida que se desarrollaba el trabajo se nos ocurrió invitar a un grupo de niños. Aprovechando que mis nietas estaban de visita en Cuba, las llevamos a los Estudios Abdala y, junto a otros niños que trabajan con el Grupo Okantomí, empezaron a improvisar y pusieron las voces ¡en un solo día!  Quedé muy satisfecho con los resultados porque no queríamos hacer un disco con los niños cantando —eso se ha hecho con anterioridad y de manera magistral—; queríamos hacer algo menos pretencioso, más espontáneo y que, fundamentalmente, ellos imitaran los sonidos de los diferentes animales.

Uno de los valores agregados de Tarareos para Isabella es su diseño…  

El diseño surgió casi de manera espontánea también y son dibujos que realizaron los pequeños  que participaron en el disco: hicieron su propia interpretación de las cuartetas y luego, la diseñadora puso su impronta. Quiero aclarar que no es un disco de Augusto Blanca cantando canciones infantiles. No: somos dos abuelos cantándole a su nieta y, por extensión, a todos los niños. El efecto que da el disco es que un niño tomó un libro y comenzó a garabatear sobre él. Martha Díaz (Rirri), se encargo de la dirección de los niños y de la animadora, y las fotos son de Iván Soca.

¿Todos los tarareos son de su autoría? 

Menos una cita que se hace al final —cuando termino de cantar la última décima— que todos los niños entonan el ‘arrorró mi niño’, que es una canción anónima y es el cierre, el que indica que ya hay que ir a dormir.  

Es un trovador que se ha caracterizado por tener una relación estrechísima con el mundo del teatro, ¿por qué esa necesidad?

De niño, mi primera vocación fue el teatro. Los reyes magos me traían juguetes, pero yo mismo me inventé un retablo, pero lo más interesante es que nunca había visto un teatro. Agarré el fondo de un taburete roto que había en mi casa y armé una especie de teatrico y con pomos —que eran los personajes— y cordeles hacía mi propia obra, pero como no tenía público colocaba un espejo al frente y yo era mi propio público e incluso ¡me aplaudía mucho!

Cuando tenía unos nueve años —allá en oriente, en Banes, mi pueblo— participé en un grupo de teatro con mis amiguitos. En mi casa se respiraba un ambiente de cultura y mi mamá era profesora de pintura por lo que tenía mucha relación con el mundo de la plástica y a mi padre le encantaba la música, aunque no se dedicó a ella. De pequeño me encantaba imitar a Joselito, un cantante español muy de moda en esa época que tenía una voz muy fina; a esa edad, me pusieron mi primer profesor de guitarra que, la verdad, lo llegué a odiar porque las clases siempre interrumpían mis juegos. Desde entonces, el teatro viene acompañándome.

Imagen: La Jiribilla

Tuvo el privilegio de nacer en un hogar con sensibilidad hacia el arte.

No solamente en mi casa, sino también en Banes que era un pueblito muy culto y, en aquel momento, tenía una sala de teatro y varios grupos, una institución de Pro-arte donde se enseñaba ballet y se fomentaba mucho la poesía. De ahí, es Gastón Baquero y Luis Augusto Méndez, entre otros destacados intelectuales, es decir, había como un caldo de cultivo para el desarrollo artístico, pero no había una escuela de arte como tal. Esa fue la razón por la que mi madre, a los 16 años me envió hacia Santiago de Cuba.

Y ahí directo a la Casa de la Trova, que según ha dicho fue su segundo nacimiento.  

Efectivamente, cuando me senté en un taburete de la Casa de la Trova, que por cierto, aún existe, sentí un estremecimiento.

¿Un estremecimiento?

Fue un descubrimiento; me ocurrió lo mismo que a las personas que gracias a la Operación Milagro recuperan la vista luego de 20 años sin ver: me quitaron las vendas. Sentí que me entró el mundo. Tuve el honor, el placer y el privilegio de ver cantar, en vivo, al Trío Matamoros y a Sindo Garay, entre muchos otros. En aquel momento vivía en un reparto de Santiago  de Cuba y a las diez de la mañana ya estaba en la Casa de la Trova porque las clases en la Escuela de Artes Plásticas comenzaban a las cinco de la tarde.

Su paso por el Cabildo Teatral de Santiago fue también un momento importante.

Muy importante. Yo llegué a Santiago de Cuba para hacer unas pruebas que estaban realizando para venir a estudiar escenografía a La Habana, pero llegué un día después. Y siempre digo que afortunadamente me retrasé porque, quizá, mi historia sería otra y me hubiera perdido los 22 años que viví en Santiago, que fueron fundamentales.

En esos 22 años estuvo en el Cabildo Teatral de Santiago, en el Guiñol y en el Grupo Okantomí

¡Exacto! Hice de todo; lo primero fue que integré una orquesta naciente que dirigía un primo: la Orquesta Típica Juventud —charanguera— en la que tiraba mis pasillos e iba salseando por todos los carnavales de oriente, que como se sabe son muy famosos. Eso fue hasta el año 1972, momento hasta el que  me mantuve en la orquesta, pero a la par estaba estudiando artes plásticas y en paralelo cursaba la enseñanza preuniversitaria. Cuando concluí el pre, me hice mecánico tornero y no me gradué por un semestre. Del Cabildo pasé a trabajar al Conjunto Dramático de Oriente, que fue otro de mis descubrimientos: el teatro de verdad.

Es diseñador de escenografía, de vestuario, de luces y, además, músico, ¿cómo combinaba las especialidades?

Cuando me gradué de la escuela de arte, opté por una plaza de escenógrafo en el Conjunto Dramático de Oriente, pero había tres directores: Raúl Pomares, Miguel Lucero y un argentino llamado Adolfo Gutkin, que era muy exigente. Recuerdo que lo primero que me dijo fue: “el escenario hay que ganárselo” y mi primer trabajo como escenógrafo fue enderezar clavos y trabajar con los tramoyistas; aprendí a montar telones, a hacer attrezzos, a colocar las luces en las balas… luego que asimilé toda la mecánica del teatro fue que comencé a hacer mis primeras escenografías y a la par, cantaba.

Más adelante —junto a María Eugenia García y Adolfo Gutkin, quien me veía constantemente con la guitarra— empezamos a inventarnos una manera de hacer teatro que derivó en Teatrova, gestado en el Conjunto Dramático de Oriente.

Aún hoy pinta y diseña, pero indudablemente la música ha tenido mucho más protagonismo en su vida.

Estando en Santiago viene para La Habana y en la Escuela Nacional de Arte comencé a estudiar escultura, pero con la idea de, posteriormente, pasarme para la especialidad de pintura. Un profesor, que siempre me veía cantando e improvisando tríos con otros alumnos, me llamó y me dijo: “fíjate, en vez de por las tardes verte tallando madera, te veo tocando la guitarra y en la vida puedes tener muchas afinidades, pero tienes que concentrarse en una sola cosa porque sino no vas a ser ni una ni otra”. Ese consejo me sirvió de mucho. Me encanta la pintura, hago algo de vez en cuando, sobre todo cuando estoy muy saturado de sonido, pero francamente me sucede poco porque estoy, contantemente, escuchando música. Pinto pequeños formatos sin mucha disciplina ni horarios ni constancia.

En la dramaturgia también ha incursionado. Concibió  Romance de Arlequín y Corista, que fue una obra muy importante en su momento y adaptó Momo. 

Momo fue una versión que hice con la actriz Corina Mestre. Los conocimientos que me transmitió Adolfo Gutkin fueron imprescindibles. La mayoría de las obras del Conjunto eran de creación colectiva y Gutkin estuvo con nosotros hasta los años 80 —ahora vive en Lisboa, Portugal, y aún continúa haciendo teatro.  De tanto verlo trabajar y crear de manera colectiva, un día me lancé y salió Romance de Arlequín y Corista y, luego llegó la adaptación de Momo.

Recuerdo a Momo que fue una obra hermosísima, ¿no ha pensado retomarla teniendo en cuenta que hay una generación de niños que no la ha visto?

Hay algunas ideas, sobre todo, porque Momo es una obra que tiene mucha vigencia. Momo nos trajo satisfacciones y nos divertimos muchísimo: era una hora y 30 minutos sobre el escenario haciéndolo todo; yo interpretaba doce personajes diferentes y Corina más de veinte, apoyados en las máscaras y otros recursos teatrales. Momo  nació en pleno período especial, todo era reciclado y pegado con un ungüento hecho a partir de harina de trigo. Eran los años 90 y atravesábamos un momento muy difícil en el que no había absolutamente nada material. Momo fue una fiesta creativa, imaginativa, y sobre todo para el alma.

Entre otros trabajos discográficos tiene Regalo, Un puñado de semillas, Este árbol que sembramos, el que dedicó a la poesía de Rubén Martínez Villena,  ¿cuál es el disco que no ha realizado y que sueña?    

¡En la casa tengo unas cuantas maquetas! A mí me gusta trabajar por series, etapas o ciclos. Ya me di el gusto de grabar 27 poblinas —de las 37 que tengo—; se hizo el primer volumen y ahora estoy en la fase de mezcla del segundo, también con Producciones Colibrí. Eso mismo me encantaría hacerlo con las trovadas —que son canciones que tienen que ver con mi paso por Santiago de Cuba, aunque ya hay un disco que se llama Luna trovera, que tiene más o menos esa intención y con Regalos que son las canciones que tienen la constante de ‘quiero’ y que todas están dedicadas a Rosy —ya son 46 años de matrimonio y sería demasiado—, pero se haría una selección de esos ‘regalos’.

¿Y esa costumbre de trabajar por series no vendrá de las artes plásticas?

Aunque soy muy desorganizado para muchas cosas, sé donde tengo cada casete y últimamente estoy digitalizando todo el material. Estoy seguro que hay canciones que jamás interpretaré, pero creo que es importante tener todo ese material ordenado y salvado. Por ejemplo, me encanta musicalizar y tengo más de 60 sonetos de diferentes autores musicalizados, desde los clásicos españoles Federico García Lorca y Rafael Alberti hasta el cubano y contemporáneo Waldo Leyva.

Hace unos años los trovadores musicalizaban muchos poemas y eso se ha ido perdiendo, ¿por qué?

Efectivamente eso era frecuente. Recuerdo que en los años 70 en la santiaguera Casa Heredia —antes de que oficialmente se llamara Movimiento de la Nueva Trova—  eran habituales los encuentros entre poetas y trovadores. Todos los viernes teníamos tertulia.

Sinceramente, no sé por qué ese vínculo se ha perdido porque siempre la trova y la poesía han estado muy unidas. Indudablemente, esa imbricación derivó e influyó en excelentes textos de canciones de la nueva trova cubana. 

Otro aspecto importante es que cuando un texto adquiere una segunda condición a partir de la música —porque definitivamente la poesía tiene su propia música dentro— tiene más posibilidades de llegar a la gente rápidamente. Un ejemplo claro es cuando el catalán Joan Manuel Serrat comenzó a musicalizar la poesía de Antonio Machado y Miguel Hernández, todo el mundo salió a buscar esos libros y a devorarlos.

Esa creo, también fue la idea de Silvio Rodríguez con su útil intento y anhelo de hacer este trabajo con la poética de Rubén Martínez Villena. La colección completa es un lujo porque son diferentes generaciones releyendo y musicalizando a un poeta de la dimensión de Villena. Creo que se ha hecho justicia y, tal vez, otro de los aspectos interesantes es que una misma canción ha sido musicalizada por dos trovadores y el resultado es totalmente diferente y eso tiene que ver, creo, con la lectura que hace cada generación. La colección cuenta con los diseños de Roberto Fabelo: una joya. La  historia va a tener que agradecerle a Silvio esta iniciativa.

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