Ernán, Bach y los negros se divierten

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

George Gershwin estudiaba a fondo las corales de Bach para hallar caminos a la canción popular del momento. Ravel cayó rendido ante las sonoridades de Nueva Orleans. Stravinsky escribió una obra para big band. Bill Evans recreó pasajes de un concierto de Haydn. Chopin y Rachmaninov entran con frecuencia en las improvisaciones de Chucho Valdés. Leo Brouwer dedica una obra para cuarteto de jazz y orquesta a la memoria de Charles Mingus y otra con variaciones para la guitarra sobre un tema de Django Reinhardt.

Con estos pocos ejemplos quiero decir que los entrecruzamientos entre el jazz y los “clásicos” vienen de muy lejos en Cuba y otros parajes, de modo que la novedad de Sacrilegio (dos CD y un DVD), de Ernán López-Nussa, la celebrada producción que obtuvo el Gran Premio Cubadisco 2014, no hay que buscarla en la apropiación jazzística que el pianista cubano hace de obras de íconos de la música de concierto producida en Occidente en el último medio milenio, sino en el carácter y alcance de esa proyección.

Imagen: La Jiribilla

Si bien los dos fonogramas conforman una unidad, cada uno posee perfiles diferenciados. Rondó honra uno de los formatos mínimos de mayor tradición en el jazz: el trío de piano, contrabajo y batería; el primero en su liderazgo melódico-amónico y los otros dos instrumentos como base rítmica. Molto vivo, sin dejar de focalizar el trabajo en el trío, se abre a percusiones de origen afrocubano y a la voz.

La selección de los compositores que constituyen el punto de partida para emprender la aventura sonora resulta elocuente. En el principio, Johann Sebastian Bach, el gran paradigma. En la música del alemán se resume la ciencia y el arte de las variaciones, el contrapunto y las variantes constructivas armónicas más avanzadas de su época y que constituyeron la base de la  invención sonora que sobrevino hasta nuestros días. En Rondó, Ernán retoma pasajes del Concierto italiano y el preludio y fuga de una de sus corales más frecuentadas. Luego Beethoven, a partir de una de sus obras cumbres para el piano, la “Patética”, y junto a este Cervantes y White, quienes no por gusto en su afirmación nacionalista transmutaron el espíritu romántico que aprendieron de Europa en pura sustancia criolla.

Molto vivo regresa a otra de las fuentes imprescindibles, el pianismo occidental, Domenico Scarlatti, y se expande hacia el romanticismo chopiniano y schumanniano, introduce a Lecuona y a Leo Brouwer, y hasta se da el gusto de lanzar un guiño hacia los estudiantes del instrumento al apelar a una cita escolar de Czerny.

El denominador común de la producción pasa por la perspectiva del pianista en su trato con las partituras originales. Casi siempre, en un primer momento, se aviene a una lectura directa, diríase fiel, del referente histórico, para después, en una ordenada y a veces sorprendente transición, releer (reinventar) la obra, a partir de muy diversos puntos de vista, no necesariamente vinculados al ejercicio pianístico, puesto que otorga suficientes márgenes de autonomía discursiva a sus acompañantes.

Imagen: La Jiribilla

Esto solo es posible dada la personalidad musical y la calidad intrínseca del equipo: los percusionistas Enrique Plá —de probado magisterio y experto en la comunión de la música de concierto con el jazz, tal como lo recordamos en su incursión por la obra de Claude Bolling—, Ramsés Rodríguez, Ruy Adrián López-Nussa, José Luis Quintana —en sus días iniciáticos trabajó el jazz con Felipe Dulzaides—, Adel González y en la vertiente folclórica Dreiser Durruthy y Pancho Terry; el flautista Orlando Valle (Maraca); y las voces de María Felicia Pérez, directora del coro Exaudi, y el trovador Kelvis Ochoa, quien con mucho ingenio se las arregló para sobreponerle una letra a un vals de Chopin.

¿Invenciones sobresalientes? Todas, pero en especial “Afroscarlatti”, con salidas y entradas, yuxtaposiciones y confluencias entre los tambores batá y las invocaciones litúrgicas de origen yoruba y el cruce improvisado del canto y el teclado, experiencia que solo puede compararse al proyecto Lambarena y que nos trae a la memoria el legado de Fernando Ortiz, aquel que nos advirtió cuánta auténtica aportación había en la herencia africana que recibimos, y el de Alejo Carpentier en Concierto barroco, cuando el negro Salvador Golomón le puso una batería rumbosa de fierros de cocina a las fugas de Vivaldi interpretadas por las muchachitas del veneciano Ospedale della Pietà.

De regreso al inicio de esta nota, no es de extrañar que un día Ernán se nos aparezca con otros “sacrilegios” a base de Ravel, Stravinsky, Villa-Lobos, De Falla y más de Brouwer. Lejos de profanar, sus versiones consagran otra dimensión de la música.

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