Resurrección, reclamo para el Cementerio General de La Reina

Jorge Sariol • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor

 

Acaba de cumplir 175 años. Y no es poco si además tenemos en cuenta que ningún otro compite con él.

No pretende rivalizar con su vecino el Tomás Acea, en la misma Perla del Sur; con el santiaguero Santa Ifigenia o el augusto Cristóbal Colón, de La Habana. Cuando más, pudiera rivalizar con el Cementerio de Espada, pero este ya no existe; solo quedan de él unos pocos muros y las marcas de sus nichos, que miran hacia un lugar indefinido entre el Malecón y la calle San Lázaro.

En cambio, el Cementerio General de La Reina, en Cienfuegos, conserva buena parte del patrimonio, extraordinario aunque venido a menos, no solo por el paso del tiempo y el tránsito lóbrego de la muerte.

En su frontispicio se lee una frase que en su momento pareciera una advertencia y tantos años después resulta una admonición: OSSA ARIDA, AUDITE VERBUM DOMINI —Huesos resecados, oíd la palabra del Señor— (Ezequiel 37)[1].

Imagen: La Jiribilla

Y la frase, recordatorio o admonición, venga de quien venga, pide a gritos el rescate del lugar, proceso que ya ha comenzado, pero largo y costoso, el transcurso tendrá muchos escollos para la resurrección.

Inaugurado el 21 de junio de 1839 y declarado Monumento Nacional el 30 de enero de 1990, se llamó de La Reina, según algunos que se remiten a un plano de 1841, pues al ensancharse la vía para el paso de los cortejos fúnebres y denominarse Paseo de la Reina, el nombre pasó al camposanto. Queda claro que este “huerto del Señor” fue primero que el susodicho paseo y la duda crece ante la afirmación de otros tantos que aseguran que debe su nombre porque por su avenida principal se paseaban la Reina del Carnaval y sus Damas de Honor.

Sea cual sea la verdad, es único en Cuba, y su origen fue gracias al florecimiento económico de la zona en el siglo XIX.

Imagen: La Jiribilla

Cuenta que su antecesor estaba situado en la manzana Santa Elena-Velazco-Santa Cruz-Casales, pero una idea —higiénico-sanitaria se diría hoy— aconsejó trasladarlo hacia el actual emplazamiento para poner distancias entre los ciudadanos y posibles fuentes de enfermedades contagiosas. Y el territorio es hoy abrigo también de un populoso barrio llamado, naturalmente, barrio o reparto de Reina.

La soberana que pudiera haber inspirado los epítetos fue Isabel II de España, de la que se afirma, provocó la Primera Guerra Carlista no más subir al trono y que en 1870 abdicara al trono a favor de su hijo Alfonso XII; probablemente nunca se enteró del egregio cementerio —ni de la calle y mucho menos del populoso barrio cienfueguero— con los que se pretendía homenajearle.

Sin embargo, abundan las leyendas celestiales y las anécdotas terrenales en torno a la necrópolis. Entre las primeras descuella el mito de la bella durmiente, una historia shakesperiana de amor y muerte, pero con trasfondo real en la común entonces muerte por eclampsia urémica[2], verdadera razón por la que murió, según dicen, María Josefa Álvarez Mijares y Miró, una hermosa muchacha de 24 años, simbolizada en la estatua emplazada sobre una tumba en la sección D.

Imagen: La Jiribilla

Otros cuentan que en días de los fieles difuntos, los chinos llevaban dulces a sus muertos, ocasión que aprovechaba un tropel de muchachos, dados al divertido deporte del “mataperrismo”, para saborearlos.

El lugar se dispone a partir de un rectángulo de unos 124 metros de largo por 82 de ancho, dos cuarteles (Norte y Sur) y un patio central primigenio de cuatro secciones, rodeado de muros que a su vez contienen —o contuvieron— nichos verticales.

Imagen: La Jiribilla

El Cementerio General de La Reina, como se le llama oficialmente, es un museo a cielo abierto de arte estatuario de alto vuelo, con profusión de tarjas y lápidas finamente labradas, que como subtitulaje de una vieja película muda, cuentan parte de la trama de la ciudad de Cienfuegos y de Cuba.

“Escuchad el verbo de quienes claman la resurrección del sitio” parece ser la idea que una voz remota susurra al oído de cada visitante, por encima del mundanal ruido de la vida en el barrio cienfueguero de la Reina.


[1] Célebre frase del profeta Ezequiel, en alusión a la respuesta de Dios al desaliento y a la desesperanza. Se afirma que el texto no sugiere la idea de un cementerio, sino un campo de batalla: «El Señor me hizo pasar entre ellos en todas direcciones; los huesos cubrían el valle, eran muchísimos y estaban completamente secos. Me dijo: “¿Crees tú que estos huesos pueden volver a tener vida?” Yo le respondí: “Señor, tan solo tú lo sabes.” Entonces el Señor me dijo: “Habla en mi nombre a estos huesos. Diles: ‘Huesos secos, escuchad este mensaje del Señor.
[2] Fuente: lafernandina.blogia.com/.../022702--la-bella-durmiente-del-cementerio.

 

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