Lorca y Villafañe, los dueños
del mes de junio

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

No quiero que junio pase de largo sin recordar a dos grandes defensores del arte titiritero: Federico García Lorca y Javier Villafañe. Federico ve la luz en Granada, España, el 5 de junio de 1898. Javier el 24 de junio de 1909, en Buenos Aires, Argentina, apenas a unos días de romper el verano.

Uno y otro amaron la literatura, se convirtieron en poetas, narradores y dramaturgos. Ambos fueron principalmente apreciados por solo una zona de sus aportes artísticos. Federico por su llamado “teatro mayor”, el cual lo  convirtió en dramaturgo de referencia del siglo XX. Doña Rosita la soltera, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba y Yerma, entre otras,  han sido más valoradas que sus textos para teatro de figuras El maleficio de la mariposa, La tragicomedia de Don Cristóbal y la Señá Rosita, Los títeres de cachiporra o el Retablillo de Don Cristóbal. Cuestión de criterios. Estas piezas “menores” tienen su propia gracia, no tienen por qué parecerse a sus dramas para actores. Son obras de onda raíz popular, con historias de cuernos y mentiras, sendero por donde entroncan con los escritos del autor argentino.

Imagen: La Jiribilla
Ilustración creada por Zenén Calero para la pieza teatral
Divina titiritada de Ulises Rodríguez Febles
 

Con Javier Villafañe sucede lo contrario, sus creaciones literarias para el retablo La calle de los fantasmas, El soldadito de guardia, El caballero de la mano de fuego o El panadero y el diablo, entre otras, han sido generalmente más estimadas que sus libros de poemas y cuentos sobre hombres y mujeres cotidianas. Publicaciones como De puerta en puerta, La maleta, Historias de pájaros, El gran paraguas o La cucaracha, lo hicieron merecedor de varios premios de poesía, y en 1986, junto a los textos para figuras, del Premio Nacional de Literatura.

Cuentan, y el propio Javier lo ha dejado dicho por escrito, que el andaluz influyó mucho en su dedicación a los títeres, sobre todo por la función que ofreció en el Teatro Avenida, en su visita a Buenos Aires, en 1934. Se vieron solo una vez y Villafañe no lo olvidó nunca, como tampoco Federico el paso de un titiritero ambulante que hacía representaciones en los poblados de su natal Granada.  Los dos reconocen haber jugado al teatro de muñecos en la infancia. Lorca imitaba a todos los de su familia tras las telas de un improvisado escenario. El latinoamericano, calzaba sus manos con un par de medias y utilizaba sábanas a modo de retablo.

Los dos se echaron al camino en carromatos, ansiosos de compartir y mostrar las bondades del teatro. El camión-escena itinerante del grupo La Barraca, del español, sirvió como espacio para la representación de textos clásicos, en un afán por difundir entre las masas populares las obras de Cervantes, Calderón de La Barca o Lope de Vega. El bonaerense se embarcó con otro amigo en La Andariega, una carreta que deambuló por plazas, escuelas y barrios. Lo mismo enseñaba a leer poesía que a hacer títeres.

Imagen: La Jiribilla
La carreta de Lorca y Villafañe, de Zenén Calero, ilustración creada para la pieza teatral
Divina titiritada de Ulises Rodríguez Febles
 

El repertorio para figuras de los dos, es uno de los más representados en el retablo nacional. Solo una vez estuvieron en nuestro país, y no precisamente como titiriteros. Lorca  en 1930, invitado por la Institución Hispano-Cubana de la Cultura, para dar conferencias sobre el arte de la escritura en La Habana y otras ciudades de la Isla. Villafañe fue convidado por la Casa de Las Américas, en 1975, como jurado del prestigioso premio literario que convoca esa entidad. Quedaron prendados en su visita por la ciudad de Santiago de Cuba. El escritor granadino compuso su famoso poema “Son de negros en Cuba”, inspirado en esa cálida villa del oriente. El argentino reconoció que de su viaje a nuestro territorio, lo que más le había emocionado fue su visita a la capital santiaguera. Una pequeña se le acercó y le dijo que si daba su palabra de regresar para enseñar a los niños de allí a hacer títeres, ellos serían sus monitores, que no prometiera volver si no iba a hacerlo, pues desde ese mismo instante lo iban a estar esperando.

El músico Manuel de Falla, los escritores Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti, el cineasta Luis Buñuel y el pintor Salvador Dalí, entre otras figuras ilustres, fueron amigos cercanos de Federico. Lo mismo sucede con el compositor Atahualpa Yupanqui, los escritores Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y el pintor Cándido Portinari, por solo mencionar algunas personalidades de renombre de las relacionadas con Javier. Los dos, desde la amistad o el propio quehacer artístico, formaron parte de la vanguardia cultural de sus respectivos países y del mundo.

Lorca funda, en 1927, con sus amigos intelectuales, la revista literaria Gallo. Villafañe, obsesionado desde niño con los cuentos del rey del corral, escribe el libro de poemas El gallo pinto. Como nota curiosa, la Casa de Las Américas le otorga en la década del 90, el mismo año de su muerte, el Premio Gallo de La Habana. El 19 de agosto de 1936 y el primero de abril de 1996,  acogerían el  último suspiro del dúo. Dos cifras con seis, como espejos que reflejan miradas, pasiones, tristezas y sueños similares, las ansias de vivir a tope todos los amaneceres, atardeceres y anocheceres del planeta, sin dejar de disfrutar ni un solo instante. Todo lo que los separa, pues también fueron cabeza y cola en muchos aspectos, los une en múltiples coincidencias, cual guiño de algún Dios todopoderoso o de San Simeón El Salo, patrón de los titiriteros.

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