Selección de poemas

Ian Rodríguez Pérez • Las Tunas, Cuba

LA CONDICIÓN VISCERAL

Es preciso restaurar. Se precisa una estatua ideal y después, y sólo entonces, podrás ocuparte, tendrás a mano todo el tiempo que requieras de las estatuas reales.

    No basta tener la vocación. No basta siquiera dominar los volúmenes y configuraciones que ha venido adoptando el silencio en esas figuras.

    Todas las estatuas fluirán en ti, prestas a extraviarse, a instaurar en tu interior el doble de lo que ha sido su vida o de aquello que pudiera ser entendido como tal.

    Debes asumir ésta, la condición visceral de las estatuas que te visitan, de las estatuas que a ti recurren cuando apenas lo vislumbras, porque a fin de cuentas ¿qué clase de restaurador pudiera ser el que se ocupa de ellas sin mostrar ninguna contrariedad?

 

DONDE EL RESTAURADOR CONFIESA OTRA MÁS DE SUS ATONÍAS

    El restaurador y yo nos conocemos. Alguna vez, por cansancio, dejamos que el corazón vistiera su traje de noche. Yo, y el que restaura, dudábamos de todo, del mar y la luna, de los puertos y de los bajeles que naufragan, del grito y de la piedra: la duda era una manera de elevar la confianza.

    Con el tiempo nos trastocamos. En el fulgor de los espejos intercambiamos máscaras, cicatrices de una guerra a la que no asistimos por cobardía. Yo quisiera que otro, y no él, contara esta historia.

    Fiel a su manía, mi voz restaura. La palabra ajena azota, no lo olviden: es difícil convivir con un ser de tan pésima naturaleza.

 

EXTREMADO ENFLAQUECIMIENTO

Sólo tu restauración podría eximirte. Tu restauración enferma. Tu restauración maleficio. Ah, pero si al menos fueras esa estatua. Si fueses la premonición del volumen. Si pudieras ser su argucia. Festejarías la prontitud del silencio. La domesticada petrificación del alma festejarías. Pero ni restaurando eres: tú sólo puedes existir en la apacible o en la aborrecida mirada de una imagen marmórea. No eres más que esa lúcida inquietud que algunas veces, y sólo a veces, la noche, desde su desequilibrio, inaugura. Ah duele, cómo duele la desmesura, duele ser el restaurador que ya ninguna estatua sueña.

 

DONDE UN RESTAURADOR PROCURA QUE OTRO COMPRENDA CUÁL ES EL MARASMO DE SU OFICIO

El ciego te dirá: “No veas”; un mudo: “Enmudece”; un insensible: “Sé discreto, no exacerbes tu sensibilidad”; el preso: “No te liberes” y el escéptico: “Ten fe”.

    Tú debes tener prejuicios si prejuiciado eres, debes obstinarte si obstinado eres, restaurar, si te asiste esa terrible vocación de corregir aquello a lo que otros no quieren dedicar un tiempo. Hazlo, pero hazlo siempre desde la conformidad contigo mismo.

    Da rienda a tu más espontánea inspiración: desluniza a la luna, acompaña a la soledad, deshumedece a la lluvia, oscurece a la luz, desnuda todo lo ensombrecido e hirsuto; sin saberlo, es lo que te han recomendado ellos con sus proposiciones.

 

DONDE EL RESTAURADOR HABLA DE SUS SUEÑOS MÁS MISERABLES COMO SI SE TRATARA DE MERCANCÍA

Sueño con máscaras. Las más caras que se deslizan y quedan en el vacío. Hay algo en ellas cuando quedan así, que no me atrevo a vislumbrar. Deben ser mis ojos, debe ser por mi voz tan distorsionada desde entonces.

     Sueño máscaras de una sonrisa deslumbrante y un mortecino silencio de ojos torpes, ojos de invierno. Hay en el sueño un viejo tufo de sombras que me recuerdan quién soy, y explican el porqué de un sueño de tan disparatada naturaleza: las máscaras son patrias que –en mi sueño- no dejan de confundirme.

     Sueño máscaras que nunca satisfacen porque me admiran, cuando yo no hago más que soñarlas, como un bufón que jamás ha visto el mar y despierta atado a su cama, ridículo y mortecino, como el silencio que esgrimen las máscaras soñadas.

     Y si despierto, no están. No hay aire ni estruendo; entonces vuelvo a preguntarme dónde estará esa bondad de la que tanto hablan los aedas y rapsodas al escribir sobre la noche en sus himnos, y yo, soñando máscaras insostenibles, máscaras que ya una vez despierto no logran definirse más allá de la mía, disparmente feliz con su molde en la almohada, ésa que exhibe una tristeza que me acusa por soñar sus más baratas reproducciones, las más caras que hoy mismo comenzaré a subastar, en los mercados del mundo.

 

SIETE APOTEGMAS

A un corazón no se puede doblegar, si no se tienen las mismas libertades que él, o más.
***
Para sintonizar el canto oculto de las estatuas no es preciso tener los dedos de Dios.
***
No apruebes la complicidad del viento que balancea al ahorcado suspendido en la noche.
***
Me inquieta ese discurso que esgrime el viento: amonesta al sauce a orillas del río.
***
Tú puedes poner la soledad a tu servicio: no dejes que sea comúnmente doméstica.
***
El amor es el más vulnerable de los mandamientos.
***
Yo no sé qué canta la mano solitaria y muda.

 

 

Especial para La Jiribilla. Estos poemas pertenecen al cuaderno inédito El restaurador.
FICHA
Ian Rodríguez Pérez: Poeta, narrador y crítico literario. Nació en Las Tunas, 1973. Miembro de la UNEAC. Graduado del VIII Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Es miembro del Consejo de Redacción de la revista cultural Ariel  y director de Ediciones Mecenas. Ha publicado los cuadernos de poesía: Velas en torno al corazón demente, 1997; Agudos del silencio, 2000; Cambiar las formas del sueño, 2003;  Nocturnidades, 2007; Esta costumbre de soñar lo mismo, 2009; País de estatuas, 2012 y Los textos de Akenatón, en el 2014. Textos suyos de diversos géneros aparecen en las antologías: Mágica Isla II, Donde el horizonte prohíbe lejanías, Arenas movedizas, Sueños deformados, Liminar, Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, Los parques, Silvio: te debo una canción, Como el aire en las orejas, El libro de los aforismos, Confesiones y La isla en versos. Ha colaborado, entre otras publicaciones periódicas, con: El Caimán Barbudo, Ariel, Conceptos, El Árabe, Calle B, La Letra del Escriba, Umbral, Educación, La Jiribilla y Matanzas. Actualmente es el director del Centro Provincial del Libro y la Literatura de Cienfuegos, provincia donde radica desde 1998. En diciembre de 2013 el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano del Libro le concedieron la Distinción por la Cultura Nacional.

Comentarios

Agradezco mucho a La Jiribilla la publicación de estos textos, para mí es un honor ser sioempre uno de sus más fervientes colaboradores...

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